La IA parece ese contacto que sabe de todo y que está disponible para ti 24/7. Le preguntas algo de trabajo, luego una duda personal y después algo de salud y siempre responde con la misma seguridad.
El problema es que, detrás de esa disponibilidad y aparente seguridad, no hay una persona con estudios o criterios, sino una enorme cantidad de datos bien ordenados. Por eso conviene no cegarse con lo bien que suenan sus respuestas y recordar que pensar y decidir siguen siendo tareas humanas.
Aquí te daremos varias ideas sobre cómo usar esa ayuda sin cegarse, entendiendo qué aporta la tecnología y qué decisiones siguen necesitando pensamiento propio.
Aceptémoslo: La IA ya vive con nosotros
Casi dondequiera que voltees, está la IA. Empiezas a escribir una pregunta y, antes de terminarla, ya tienes una respuesta clara, ordenada y con buen tono. Buscas algo rápido, organizas tus fotos, eliges qué escuchar o qué ver y parece entenderte bastante bien. Eso tiene su lado bueno, porque ahorra tiempo y quita carga mental en un día que ya suele venir lleno.
El tema se vuelve más delicado cuando esa facilidad entra en terrenos personales e incluso de salud. Cada vez más personas consultan a la IA sobre decisiones de trabajo, vínculos afectivos, enfermedades o dudas relacionadas con su bienestar emocional, muchas veces con un nivel de confianza muy alto.
A veces la respuesta calma, porque devuelve palabras que suenan comprensivas y tranquilizadoras, pero no hay una experiencia humana detrás, ni una historia de vida real que sostenga lo que dice.
Por eso conviene no olvidar que la IA puede ayudar a ordenar ideas, sí, pero no piensa como una persona ni se hace cargo de las consecuencias de lo que sugiere.
Entendamos cómo funciona la IA
La IA no razona ni entiende las cosas como lo haría una persona. Lo que hace es trabajar con algoritmos entrenados con cantidades enormes de datos, donde aprende a detectar patrones y a calcular qué respuesta es más probable en cada caso. No sigue reglas cerradas, sino asociaciones estadísticas que se van afinando con el uso.
Hoy usamos sobre todo sistemas diseñados para tareas concretas, como escribir textos, reconocer imágenes o interpretar lenguaje. Funcionan gracias a redes neuronales y modelos de aprendizaje automático que imitan ciertos procesos cognitivos, pero sin conciencia ni criterio propio.
La gran ventaja es tener acceso rápido a información organizada y a ideas que pueden servir como punto de partida, pero cuando se confunde una respuesta bien escrita con una respuesta fiable, aparecen los problemas.
Tener mucha información a mano no asegura mejores decisiones, ya que estos modelos también cometen errores, simplifican y dejan cosas fuera.
Sesgos y límites que conviene tener presentes
Uno de los sesgos más comunes de la IA tiene que ver con algo muy humano: caer bien. Muchas de sus respuestas están pensadas para sonar amables, seguras y bien estructuradas, incluso cuando la información no está completa o directamente es incorrecta. Eso puede dar una falsa sensación de tranquilidad, y en temas de estudio, trabajo o salud, esa confianza extra puede jugar en contra.
A eso se suma que la IA aprende a partir de datos creados por personas, en contextos muy concretos. Esos datos arrastran miradas culturales, sociales y económicas específicas, aunque no siempre se note a simple vista. Y, además, está el fenómeno de inventar información con total seguridad, sin avisar que algo no es verificable. El tono convence, pero el contenido puede fallar.
Por eso conviene no leer cada respuesta como si confirmara lo que piensas o como si fuera neutral. La IA no se detiene a valorar consecuencias, ni dilemas éticos, ni lo que una decisión puede implicar a nivel emocional. Solo reorganiza información previa buscando la opción más probable, no la más adecuada para tu situación concreta.
Por qué cuidar tu pensamiento crítico hoy importa más que nunca
Con la IA pasa algo curioso: cuanto mejor funciona, menos ganas dan de cuestionarla. Responde rápido, ordena ideas y usa un tono que transmite seguridad y eso relaja, porque pensar cansa, y a veces lo único que queremos es una respuesta clara. Pero, ojo, ahí es donde empieza el riesgo. Si cada vez que dudas delegas el razonamiento, tu criterio se va usando menos, casi sin que te des cuenta.
El problema no es apoyarse en la tecnología, sino acostumbrarse a no revisar lo que te devuelve. Cuando aceptas una respuesta sin procesarla, pierdes la oportunidad de entender por qué piensas lo que piensas. Y eso, con el tiempo, hace más difícil explicar, sostener o incluso cambiar de opinión cuando hace falta.
Además, la IA no sabe nada de tu historia, tus valores ni tus límites. Puede sonar empática y coherente, pero no evalúa consecuencias reales ni contextos personales. Solo organiza información que ya existe.
Por eso el pensamiento crítico sigue siendo tan necesario: es lo que te permite usar la Inteligencia Artificial sin entregarle el mando, filtrar lo que sirve y descartar lo que no, y seguir tomando decisiones que de verdad te representen.
Claves para ejercitar el pensamiento crítico cuando reina la IA
Pensar con criterio hoy no quiere decir que debas hacerlo todo a mano ni de desconfiar siempre de la tecnología, sino de participar activamente en las decisiones. Estas claves buscan ayudarte a usar la IA como apoyo, pero sin apagar tu capacidad de analizar, cuestionar y elegir con conciencia.
Entonces, ¿qué puedes hacer? Acá algunas ideas:
1. Usar la IA como borrador, no como cierre
Toma las respuestas como un primer orden de ideas. Léelas, subráyalas mentalmente y pregúntate qué falta o qué sobra. El cierre siempre debería venir de tu propia reflexión.
2. Contrastar fuentes y puntos de vista
Si algo importa, merece más de una referencia. Busca otras miradas, incluso si contradicen lo que leíste primero, porque eso amplía el campo de análisis.
3. Observar cómo te hace sentir la respuesta
Si una respuesta te tranquiliza demasiado rápido, pero evita cualquier tipo de cuestionamiento, es importante frenar. Las emociones también informan sobre posibles sesgos.
4. Formular preguntas más complejas
En lugar de pedir soluciones directas, pregunta por límites, riesgos y supuestos. Eso obliga a un análisis más activo y menos automático.
5. Mantener espacios sin mediación tecnológica
Pensar a solas, escribir a mano o conversar sin apoyos digitales mantiene viva la capacidad de organizar ideas propias, que luego dialogan mejor con la tecnología.
En fin, la Inteligencia Artificial puede ser una gran aliada, siempre que el pensamiento crítico siga ocupando el centro de la escena. Porque decidir, al final, sigue siendo una tarea humana. Y, por cierto, recuerda que en Escuela Europea de Coaching te ofrecemos las herramientas para afilar el pensamiento crítico sin dejar que otros (u otras cosas) piensen por ti.


Newsletter PyM
La pasión por la psicología también en tu email
Únete y recibe artículos y contenidos exclusivos
Suscribiéndote aceptas la política de privacidad















