Esteban tiene sesenta y un años y dirige, desde hace casi veinte, una compañía familiar que él mismo convirtió en un grupo con operaciones en cuatro países.
Su frase favorita, repetida durante años en reuniones de directorio, es siempre una variación de la misma idea: «Yo soy así. A esta edad, no me van a cambiar».
La frase suena a aceptación serena. Casi a sabiduría. Y, sin embargo, funciona también como un cierre de discusión. Lo curioso es que Esteban no está mintiendo ni se está escudando de forma cínica. Cree, genuinamente, que esto es verdad. Y durante buena parte del siglo XX, la propia ciencia le habría dado la razón.

Alejandra Dabos
Alejandra Dabos
Neuro-Liderazgo & Psicoterapia | External Brain Partner para C-Suite
El dogma que la ciencia revisó
Durante décadas, la neurología sostuvo que el cerebro adulto era una estructura terminada. Fue recién a partir de los años sesenta, y con mucha más fuerza desde los años noventa, que una serie de hallazgos fue desarmando esta idea, pieza por pieza, hasta dejarla prácticamente irreconocible.
Las conexiones entre neuronas, una vez establecidas durante la infancia y la adolescencia, se creían relativamente estables el resto de la vida. Los patrones de reacción —cierta forma de enojarse, cierta tendencia a interrumpir, cierta manera de evitar el conflicto— estaban, en un sentido casi literal, tallados en piedra.
Esta idea tenía consecuencias enormes. «Genio y figura hasta la sepultura». Esteban no inventó su frase: la heredó de una cultura entera que asumía, sin cuestionarlo, que el carácter adulto era un punto de llegada, no una estación intermedia.
Lo que la neurociencia moderna vino a corregir es precisamente eso.
Las rutas que se construyen con la repetición
En 1949, el psicólogo Donald Hebb propuso un principio que hoy es uno de los más citados de toda la neurociencia: cuando dos neuronas se activan juntas de forma repetida, la conexión entre ellas se fortalece. Cuanto más transita una señal por un mismo circuito, más eficiente se vuelve ese circuito.
La forma más simple de imaginarlo es pensar en las rutas aéreas de una compañía. Una ruta que se vuela todos los días termina teniendo mejor infraestructura: más frecuencias, procedimientos optimizados, personal entrenado. Una ruta que se vuela una vez al año requiere coordinar todo desde cero.
El cerebro de Esteban, después de sesenta y un años, tiene un número enorme de rutas frecuentes. Cuando algo lo irrita, la respuesta cortante está tan establecida que sale antes de que cualquier otra ruta tenga oportunidad de activarse. No es testarudez. Es infraestructura.
Pero aquí está el punto que el viejo dogma no contemplaba: las rutas que no se usan se desactivan. Y las rutas nuevas, aunque empiecen siendo lentas y costosas, pueden desarrollarse —con tiempo y repetición— hasta convertirse también ellas en rutas frecuentes.
A este fenómeno se lo llama neuroplasticidad. Y su confirmación, con evidencia de imágenes cerebrales, es uno de los giros más importantes de la neurociencia moderna.
El fertilizante que el cuerpo fabrica solo
En 1998, los investigadores Peter Eriksson y Fred Gage publicaron evidencia de que el cerebro humano adulto sigue produciendo neuronas nuevas durante toda la vida, en una región específica llamada hipocampo —la misma estructura responsable de la memoria de largo plazo y la evaluación de decisiones complejas—.
Estas neuronas nuevas no nacen terminadas. Su supervivencia depende en buena parte de una proteína que el propio cuerpo produce: el factor neurotrófico derivado del cerebro, conocido como BDNF.
La investigación sobre el BDNF muestra algo significativo: su producción aumenta con la actividad física de cierta intensidad, con el sueño de buena calidad y se ve directamente perjudicada por el cortisol crónico —la misma hormona que, en exceso, erosiona el hipocampo—.
Lo que esto significa en términos prácticos: la capacidad del cerebro para construir rutas nuevas no es un rasgo fijo. Es una variable que sube y baja según cómo se durmió, cuánto se movió el cuerpo y cuánto cortisol circuló en los últimos días.
Un ejecutivo que lleva semanas sin moverse del escritorio, durmiendo mal y bajo presión constante, no solo toma peores decisiones por fatiga. También está, en ese mismo período, produciendo menos del fertilizante que su cerebro necesita para que cualquier cambio que intente tenga una oportunidad real de consolidarse.
Por qué esto no es una buena noticia simple
Es tentador concluir: «El cerebro puede cambiar a cualquier edad, así que basta con querer cambiar». Pero esa conclusión está incompleta de una manera importante.
La neuroplasticidad no es un interruptor que se activa con la decisión consciente de cambiar. Es un proceso que depende del estado energético del sistema, del nivel de cortisol crónico, de la calidad del descanso.
Y hay una segunda capa: el mismo sistema que tendría que decidir qué ruta cambiar es el sistema que está operando con el mapa desactualizado. Nadie puede ver la parte de atrás de su propia cabeza sin un espejo.
La pregunta, entonces, no es si el cerebro de Esteban puede cambiar, porque se sabe que la respuesta a esa pregunta, hoy, es un sí rotundo respaldado por evidencia.
La pregunta es otra, más específica: ¿qué condiciones determinan si ese cerebro está, en este momento, construyendo rutas nuevas o simplemente repitiendo las rutas de siempre, cada vez con más eficiencia?
Esa pregunta no se puede responder completamente desde adentro del sistema que la genera. Por la misma razón que nadie puede ver la parte de atrás de su propia cabeza sin un espejo: no es un problema de inteligencia ni de voluntad. Es un problema de posición.
Lo más avanzado que existe hoy para resolver exactamente eso es el trabajo del External Brain Partner™: una mirada externa especializada, sostenida, con formación clínica y experiencia en alta dirección, capaz de detectar en tiempo real qué rutas están operando y cuáles podrían construirse. Opera desde afuera de la cabina —la única posición desde la que ese diagnóstico es posible— y acompaña al líder en la construcción de las rutas que su mapa actual todavía no tiene dibujadas.

Alejandra Dabos
Alejandra Dabos
Neuro-Liderazgo & Psicoterapia | External Brain Partner para C-Suite













