Elegimos todos los días. Algunas decisiones son pequeñas; otras parecen capaces de cambiar el rumbo de una vida. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar por qué elegir se volvió una experiencia tan angustiante.
Con el menú en las manos, decimos: «¿Sopa de pollo o bocados de verdura?», y así podemos estar un largo rato. Quizá hoy pensamos demasiado las decisiones y nos conectamos poco con la pregunta sobre qué es lo que queremos o por qué no podemos dejar partir la segunda opción. Analizamos, comparamos, calculamos, leemos, consultamos. No es la decisión, no es el perfeccionismo, no es la incertidumbre; es la dificultad para decirse a uno mismo: «Esto es lo que quiero para mi vida».

Silvana Weckesser
Silvana Weckesser
Magister En Psicología. Especialista en Clínica.Docente Universitaria.Escritora
Aprender a vivir para los demás
Cuando somos niños miramos a quien nos cuida, y está bien: así aprendemos formas de actuar, de pensar, pero, sobre todo, aprendemos cómo hacer que nos quieran. Vamos creciendo y miramos a quienes son mirados. Vivimos siendo para otros, esperando una garantía de amor. Cruzar al mundo adulto es, en cierta manera, comprender que el amor de los demás no alcanza, que lo que aprendimos de otros tal vez tampoco.
Crecer es enfrentarse al duelo de entender que el proceso es más interesante que los resultados, no más fácil. No terminamos de aceptar cuánto miedo nos da vivir, porque vivir es sinónimo de que la posibilidad de equivocarse es un hecho. La dicotomía de hacer una cosa o la otra vive con nosotros; cultivamos la duda, los grises, el dejar para adelante. No nos damos cuenta de que, durante ese tiempo que perdemos, la sopa se enfría.
Dejamos de lado la parte más importante, esa que construye identidad, autoestima, la que nos hace fuertes, no invulnerables, la que nos enseña que levantarse es más valioso que ganar. Ganar es una circunstancia, es una contingencia sujeta a muchos factores; levantarnos depende de nosotros, y ese valor es incuestionable y, como el oro, nunca se corroe.
La paradoja de tener más opciones
Nuestra época celebra la libertad de elegir. Nunca antes habíamos tenido tantas posibilidades para estudiar, trabajar, viajar, formar una pareja, cuidar la salud o proyectar el futuro. Sin embargo, esa expansión de las opciones no parece haber traído la tranquilidad que prometía. Por el contrario, muchas personas describen una sensación persistente de agotamiento, dudas e incertidumbre cada vez que deben tomar una decisión importante.
La explicación más fácil: exceso de alternativas. Cuantas más opciones existen, más difícil resulta compararlas y mayor es el temor a equivocarse. Sin embargo, quizá esa explicación sea insuficiente. Es posible que el malestar no provenga solamente de tener demasiado para elegir, sino de una dificultad más profunda: comprometernos con aquello que realmente queremos.
Porque elegir nunca consiste únicamente en comparar ventajas y desventajas. Elegir también implica asumir una posición frente a la propia vida. Significa aceptar que ninguna decisión podrá conservar abiertas todas las posibilidades y que cada elección dejará, inevitablemente, otras experiencias fuera del camino.
Aquí es donde el miedo muchas veces deja de ser miedo y se convierte en terror. Porque toda elección dice algo mucho más profundo que «prefiero esto». Dice: «Esta será la vida que voy a vivir». Tememos descubrir que ninguna decisión puede garantizarnos la vida correcta, porque el terror de vivir existe cada vez que entendemos que toda elección implica una pérdida. No necesariamente una pérdida dolorosa, pero sí una renuncia. Y tal vez sea precisamente esa renuncia la que cada vez nos cuesta más tolerar.
Cuando lo vivimos de esta manera, lo que tenemos que preguntarnos es: «¿Quién soy en este tema? ¿Soy el protagonista, el que está decidiendo adónde me gustaría llevar mi vida, o soy un sujeto, sujetado por el miedo a perder?».
La búsqueda de la decisión perfecta
La cultura contemporánea parece habernos convencido de que para cada situación existe una mejor opción esperando ser descubierta. El mejor trabajo, la pareja adecuada, el tratamiento más efectivo, la ciudad ideal, el momento perfecto para cambiar. Bajo esa lógica, decidir deja de ser un acto cotidiano para transformarse en una búsqueda casi obsesiva de la alternativa correcta.
El problema es que, cuando la expectativa es encontrar la decisión perfecta, cualquier elección comienza a vivirse como un riesgo excesivo. Ya no alcanza con decidir; sentimos que debemos acertar.
Es entonces cuando aparecen conductas que muchos reconocen en sí mismos: comparar indefinidamente, buscar una opinión más, postergar la decisión, revisar una y otra vez las alternativas o imaginar constantemente qué habría ocurrido si hubiéramos elegido distinto. La incertidumbre deja de ser una condición inevitable de la existencia para convertirse en algo que intentamos eliminar por completo, aun cuando sabemos que eso es imposible.
Detrás de esa búsqueda incesante puede esconderse otra pregunta, mucho menos evidente y bastante más incómoda. No tanto «¿cuál es la mejor opción?», sino «¿qué quiero realmente?». Responder esa pregunta supone un desafío diferente. Ya no alcanza con analizar datos, calcular probabilidades o escuchar recomendaciones. Exige reconocer el propio deseo, distinguirlo de las expectativas ajenas, de las exigencias sociales e incluso del miedo a equivocarse.
En la práctica clínica no es infrecuente encontrar personas que dedican mucho tiempo a evaluar alternativas, pero muy poco a explorar qué sentido tiene cada una para ellas. La decisión termina organizándose alrededor de una pregunta defensiva: «¿Cómo hago para no arrepentirme?», en lugar de otra mucho más difícil de responder: «¿Con qué vida quiero comprometerme?».
Elegir también implica renunciar
La diferencia no es menor. Cuando el objetivo principal es evitar el error, cualquier alternativa parece insuficiente, porque siempre existe la posibilidad de que otra hubiera sido mejor. En cambio, cuando una decisión nace de un deseo reconocido como propio, la incertidumbre no desaparece, pero deja de ocupar el centro de la escena.
Quizá la verdadera dificultad de nuestro tiempo no consista en elegir entre demasiadas opciones. Quizá resida en algo mucho más íntimo: la creciente dificultad para oficializar un compromiso con nosotros mismos, aceptar que ninguna elección ofrece garantías absolutas y reconocer que una vida no se construye manteniendo abiertas todas las posibilidades, sino habitando con convicción aquellas que decidimos hacer nuestras.
Una decisión madura no es aquella en la que desaparecen las dudas. Es aquella en la que el compromiso empieza a pesar más que las alternativas imaginarias.





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