Entrevista a Marina Berenguer: cuando la psicóloga se convirtió en paciente

Una mirada personal y profesional al cáncer de mama, la vulnerabilidad y el aprendizaje de vivir.

Entrevista a Marina Berenguer: cuando la psicóloga se convirtió en paciente

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Recibir un diagnóstico de cáncer altera mucho más que la salud física. De pronto, aquello que parecía estable (los planes, la identidad, los vínculos o incluso la propia imagen) tiene que convivir con una incertidumbre difícil de anticipar. Y cuando quien atraviesa ese proceso es también psicóloga, surge una experiencia singular: las herramientas que durante años se han utilizado para acompañar a otros deben ponerse a prueba en primera persona.

"Las lecciones que el cáncer de mama me enseñó sobre la vida"

De todo ello hablaremos con Marina Berenguer, psicóloga especializada en terapia cognitivo-conductual y psicooncóloga, que ha vivido en primera persona un cáncer de mama.

Marina Berenguer Roig

Marina Berenguer Roig

Psicóloga. Psicooncóloga

Profesional verificado
Cáceres
Terapia online

¿Qué suele ocurrir psicológicamente en los primeros días o semanas tras recibir un diagnóstico de cáncer de mama?

Recibir un diagnóstico de cáncer de mama supone un antes y un después. La primera reacción suele ser una mezcla de incredulidad, miedo e incertidumbre. Pero, además de la preocupación por la enfermedad, aparece una pregunta que invade casi todo: «¿Y ahora qué?».

De repente, la vida necesita reorganizarse. Empiezan las pruebas, las consultas médicas, los tratamientos y la necesidad de adaptar el trabajo, la familia y las rutinas. Esa sensación de que todo cambia de un día para otro puede generar una gran pérdida de control.

Es muy frecuente que la mente intente adelantarse constantemente al futuro, imaginando escenarios que todavía no han ocurrido. Esa anticipación, aunque es una reacción humana, suele aumentar el sufrimiento porque nos hace vivir una y otra vez situaciones que aún no existen.

Como psicóloga, siempre explico que no hay una forma correcta de reaccionar. Cada persona vive este impacto de manera diferente. Y, como mujer que también ha pasado por un cáncer de mama, sé que, en esos primeros momentos, más que necesitar todas las respuestas, necesitamos sentir que no tenemos que recorrer ese camino solos y que podemos ir afrontándolo paso a paso.

¿Cuáles son las reacciones emocionales más frecuentes que experimentan las pacientes y que a menudo sorprenden incluso a ellas mismas?

Una de las cosas que más sorprende a muchas mujeres es dejar de reconocerse emocionalmente. No solo tienen que afrontar el impacto psicológico del diagnóstico, sino también los cambios físicos y hormonales derivados de los tratamientos, que pueden influir de forma muy intensa en el estado de ánimo.

Es frecuente experimentar una tristeza profunda sin un motivo aparente, una irritabilidad difícil de controlar, episodios de ansiedad, una sensación de vulnerabilidad constante o un agotamiento físico y mental que va mucho más allá del cansancio habitual. Muchas mujeres llegan a preguntarse: «¿Qué me está pasando? Yo antes no era así». Y esa pregunta suele generar incluso más angustia.

Como psicóloga, siempre intento explicar que estas reacciones no significan que la persona sea más débil o que esté perdiendo el control. Son la consecuencia de un proceso muy exigente, en el que se combinan el impacto emocional del cáncer con los efectos de tratamientos que, en muchos casos, provocan una menopausia inducida y cambios hormonales muy intensos.

Como paciente, hubo algo que me ayudó mucho: observarme sin juzgarme. Empecé a darme cuenta de que, tras la administración de mi tratamiento hormonal, aparecía un patrón que se repetía prácticamente en cada ciclo. Había uno o dos días en los que las emociones se intensificaban enormemente: una tristeza muy profunda, momentos de ira que no encajaban con mi forma habitual de ser, ansiedad, una sensación de desbordamiento emocional y un agotamiento tan intenso que mi cuerpo solo me pedía descansar.

Comprender ese patrón cambió mi manera de vivirlo. Empecé a entender que era una respuesta temporal de mi organismo a un tratamiento que, aunque tenía efectos difíciles, también estaba formando parte de mi proceso de curación. Ese cambio de mirada me permitió tratarme con mucha más compasión y dejar de luchar contra unas emociones que, en realidad, también formaban parte del camino. Me ayudó mucho integrar en mí una frase que era: «No eres tú, es la medicación que te está curando, aguanta».

Desde tu perspectiva de psicóloga, ¿qué aspectos psicológicos del diagnóstico suelen quedar invisibilizados porque toda la atención se centra en el tratamiento médico?

He tenido la suerte de estar rodeada de excelentes profesionales y siempre me he sentido muy bien atendida desde el punto de vista médico. Precisamente por eso creo que mi reflexión no pretende señalar una carencia, sino poner en valor algo que también forma parte del tratamiento y que, a veces, pasa más desapercibido: el cuidado emocional.

Cuando recibes un diagnóstico de cáncer de mama, no solo se enfrenta el cuerpo a una enfermedad. También se enfrenta la mente a una realidad completamente nueva. Cambia la imagen que tienes de ti misma, aparece la incertidumbre, se paralizan proyectos y, durante un tiempo, sientes que tu vida queda en pausa mientras todo gira alrededor del tratamiento.

Como psicóloga, echo en falta que se normalicen más las reacciones emocionales que muchas mujeres vamos a experimentar durante el proceso. Que alguien te explique que puede haber momentos de una tristeza muy intensa, cambios de humor, ansiedad, agotamiento emocional o la sensación de no reconocerte. Que te diga que no significa que estés perdiendo el control, sino que es una respuesta esperable ante una situación extraordinaria y, en muchos casos, también consecuencia de los cambios hormonales que producen los tratamientos.

Cuando un profesional pone palabras a lo que probablemente vas a sentir antes incluso de que ocurra, sucede algo muy importante: dejas de pensar que hay algo malo en ti. Comprendes que no estás sola, que no eres la única y que lo que estás viviendo tiene una explicación. Esa validación emocional alivia muchísimo y hace que la persona se sienta segura para expresar cómo se encuentra, sin miedo a sentirse juzgada o incomprendida.

También hay una parte muy silenciosa de este proceso. Muchas mujeres, mientras intentan gestionar su propio miedo, procuran también sostener emocionalmente a las personas que aman. No porque alguien se lo pida, sino porque el amor hace que quieras transmitir tranquilidad a tus hijos, a tu pareja, a tus padres o a tus hermanos. Intentas que ellos sufran un poco menos, al mismo tiempo que tú estás aprendiendo a sostenerte por dentro.

Estoy convencida de que la atención psicológica no compite con el tratamiento médico; lo completa. Porque detrás de cada diagnóstico no hay solo una paciente. Hay una mujer con una historia, una familia, unos miedos, unos sueños y una forma única de vivir este proceso. Y sentirse comprendida, escuchada y acompañada también forma parte de cuidar.

¿Cómo afectan los tratamientos oncológicos a la identidad, autoestima y la sensación de control sobre la propia vida?

Los tratamientos oncológicos no solo afectan al cuerpo, también tienen un impacto profundo en la identidad, en la autoestima y en la percepción de control sobre la propia vida. Cuando una persona atraviesa un proceso de cáncer, no solo se enfrenta a un diagnóstico, sino a una transformación de la imagen que tiene de sí misma.

Hay cambios físicos que son muy visibles y que pueden suponer un gran impacto emocional: la pérdida del cabello, de las cejas, de las pestañas, los cambios en la piel, la sequedad, el envejecimiento aparente provocado por algunos tratamientos o, en algunos casos, la pérdida de un pecho. Y estos cambios no son únicamente externos, porque están conectados con aspectos que muchas mujeres sienten como parte de su identidad femenina.

Es muy frecuente llegar a mirarse al espejo y sentir que esa imagen no representa quién eres. Pero uno de los trabajos psicológicos más importantes en este proceso es comprender que nuestra identidad nunca ha estado únicamente en nuestra apariencia. Seguimos siendo la misma persona: con nuestros valores, nuestra historia, nuestra forma de amar, nuestras fortalezas y todo aquello que nos hace únicos. La enfermedad puede modificar nuestro cuerpo, pero no puede borrar nuestra esencia.

Además, creo que hay otro aspecto muy importante: la autoexigencia con la que muchas mujeres vivimos nuestros diferentes roles. Queremos seguir siendo madres, hijas, parejas, profesionales… Queremos cuidar a los demás y, en muchas ocasiones, no porque sintamos una obligación, sino porque nace del amor profundo que sentimos hacia las personas que forman parte de nuestra vida. Queremos transmitir que seguimos ahí, que nuestra luz no se apaga con la enfermedad.

Pero uno de los grandes aprendizajes que puede aportar un proceso así es entender que cuidarnos a nosotras mismas también es una forma de cuidar a quienes queremos. En mi caso, siempre había sido una persona que intentaba estar presente en cada momento importante de mis hijos. Recuerdo incluso haber recorrido cientos de kilómetros después de una sesión de quimioterapia para no perderme un partido de baloncesto de mi hijo. En ese momento lo hice desde el amor más absoluto.

Sin embargo, con el tiempo aprendí algo fundamental: mi valor como madre no dependía de estar físicamente en cada instante. Mis hijos ya tenían mi amor, mi acompañamiento, mis enseñanzas y mi presencia emocional construida durante años. Priorizar mi salud no significaba quererles menos ni ser una peor madre; significaba enseñarles también la importancia del autocuidado y del respeto hacia uno mismo.

También intenté que mis hijos vivieran este proceso desde un lugar de comprensión y fortaleza. Cuando compartí con ellos la noticia desde el principio, buscamos una manera de explicarlo que les permitiera entender que cada efecto secundario, aunque fuera difícil, también era una señal de que estábamos luchando contra la enfermedad. Creamos una metáfora familiar: ese «bicho» que estaba dentro del cuerpo lo llamamos Moquete, como el personaje de Los Cazafantasmas, y todos formábamos parte de un equipo que aportaba algo para combatirlo: los profesionales sanitarios con sus tratamientos, la familia con su apoyo y yo con mis herramientas psicológicas, mis cuidados y mi actitud.

Porque el cáncer puede generar una sensación muy intensa de pérdida de control, como si la vida se quedara en pausa durante un tiempo. Parece que esos años que tenías planificados se congelan y que tienes que detener todo aquello que eras antes. Pero, con el acompañamiento adecuado, descubres que no se trata de dejar de vivir, sino de aprender a vivir de otra manera.

El verdadero objetivo no es recuperar exactamente la persona que eras antes, sino integrar esta experiencia dentro de tu historia y descubrir que sigues estando ahí. Que puedes seguir teniendo proyectos, ilusión, alegría y ganas de vivir. Que la enfermedad puede formar parte de tu camino, pero nunca debe convertirse en la definición de quién eres.

¿Consideras que, debido al papel de los roles de género, muchas mujeres sienten la necesidad de mostrarse fuertes todo el tiempo, incluso cuando están emocionalmente desbordadas?

Sin duda. Aunque cada familia es diferente y cada vez existen modelos más igualitarios, creo que muchas mujeres seguimos sintiendo, de una forma casi inconsciente, la responsabilidad de sostener emocionalmente a quienes nos rodean. Somos madres, parejas, hijas, profesionales… y hemos aprendido a cuidar, organizar, anticiparnos a las necesidades de los demás y mantener la estabilidad de la familia. Cuando aparece una enfermedad como el cáncer de mama, ese papel no desaparece de un día para otro. Muchas veces seguimos intentando proteger a quienes queremos incluso cuando somos nosotras quienes más necesitamos ser cuidadas.

Además, esos roles no surgen de la nada. En gran parte son el reflejo de los modelos con los que hemos crecido. Sin darnos cuenta, muchas veces repetimos patrones que vimos en nuestras madres o en las mujeres que nos educaron: esa forma de priorizar a los demás, de responsabilizarnos del bienestar de toda la familia y de pensar antes en las necesidades ajenas que en las propias.

En mi caso, esa experiencia también me regaló algo muy valioso. Mi madre y yo siempre hemos tenido una relación muy cercana, de enorme confianza y complicidad. Pero la enfermedad nos unió todavía más. Pudimos disfrutar, sí, disfrutar de estar juntas, de compartir conversaciones, silencios, abrazos y momentos sencillos que, probablemente, en otro momento de la vida habríamos dado por hechos. El cáncer me enseñó que incluso en medio de la dificultad también existe espacio para la gratitud y para descubrir una forma diferente de vivir el presente junto a las personas que más quieres.

Yo también viví esa presión. Quería seguir siendo la madre que transmite seguridad a sus hijos, la esposa que acompaña a su marido y la psicóloga que sabe gestionar las emociones. Pero hubo momentos en los que también necesitaba que alguien me sostuviera.

Al principio del diagnóstico, el entorno suele volcarse contigo. Recibes llamadas, mensajes y un apoyo inmenso. Sin embargo, el cáncer de mama no es una carrera de velocidad, sino una maratón. Cuando terminan la cirugía o la quimioterapia, muchas personas sienten que todo ha pasado. Pero la realidad es muy distinta. Continúan los tratamientos hormonales, los efectos secundarios, las revisiones, el miedo a la recaída y ese lento proceso de volver a reconocerte física y emocionalmente. Mientras para el entorno la vida parece haber recuperado la normalidad, para muchas mujeres la batalla continúa durante años.

Por eso creo que la comunicación dentro de la familia es fundamental. No solo debemos expresar cómo nos sentimos las pacientes; también es importante escuchar cómo lo viven quienes nos quieren. El cáncer no lo atraviesa una sola persona; de una forma u otra, lo vive toda la familia.

Con mis hijos decidí hablar con naturalidad, adaptando la información a su edad, respondiendo a sus preguntas y validando también sus emociones. No quería únicamente que comprendieran a su madre; también necesitaba comprender cómo estaban viviendo ellos el miedo a perderla. Creo que una familia se fortalece cuando todos encuentran un espacio seguro para expresar sus miedos, su tristeza y su vulnerabilidad.

Hubo un momento que simboliza muy bien mi forma de afrontar esta etapa. Mientras esperábamos los resultados de unas pruebas muy importantes, coincidió mi cumpleaños. Eran quince días de incertidumbre para todos. Podíamos quedarnos paralizados esperando una llamada o decidir cómo queríamos vivir ese tiempo. Elegí lo segundo. Organicé un taller de pintura y reuní a mis hijos, a mi marido, a mi hermana, a mis sobrinos y al resto de mi familia. Quería regalarles un momento de unión, de creatividad, de conversación y de alegría. La espera iba a durar exactamente lo mismo, pero nosotros sí podíamos elegir qué hacer con esos días. Aquella experiencia me recordó que el presente sigue existiendo incluso cuando el futuro nos asusta.

Mi familia ha sido uno de los grandes pilares de este camino. Me he sentido profundamente cuidada, querida y acompañada. Supieron comprender muy bien mi manera de afrontar la enfermedad. Yo no quería que todo girara alrededor del cáncer; necesitaba que también hubiera espacio para la alegría, para celebrar cada pequeño avance y para seguir creando recuerdos bonitos. Cada buena noticia, cada paso adelante y cada etapa superada la vivimos como una celebración. No porque negáramos el miedo, sino porque decidimos que el miedo no iba a robarnos la capacidad de seguir viviendo.

Con mi marido también vivimos un aprendizaje muy profundo. Yo siempre he sido una persona muy cariñosa, muy activa y muy pendiente de cuidar a quienes quiero. Incluso durante la enfermedad seguí preocupándome por cómo estaba él, porque muchas veces olvidamos que la pareja también atraviesa su propio proceso de miedo, incertidumbre e impotencia.

Cada uno afrontó esta etapa desde sus fortalezas. Yo necesitaba expresar lo que sentía y encontrar refugio en la cercanía emocional. Él, en cambio, cuidaba de una forma mucho más práctica: investigando sobre mi enfermedad, buscando información fiable, aprendiendo qué podía ayudarme y qué decisiones podían beneficiarme. Esa era su manera de decirme, cada día: «Estoy contigo». Con el tiempo comprendimos que ninguna forma de cuidar era mejor que la otra. Simplemente eran diferentes. Como pareja aprendimos a encontrar un equilibrio. Él desarrolló más su capacidad para expresar sus emociones y yo comprendí que el amor también se demuestra en los pequeños gestos, en la presencia silenciosa y en la dedicación constante. Creo que ambos crecimos mucho como pareja durante este proceso.

Mi profesión también tuvo un papel muy importante. En muchos momentos sentí que no solo era la paciente, sino también la psicóloga de mi propia familia. Intenté acompañar emocionalmente a mis hijos, a mi marido, a mi madre, a mis hermanos y a mis amigas, ayudándoles a comprender lo que estábamos viviendo y ofreciéndoles herramientas para afrontar sus propios miedos.

Pero esa experiencia también transformó profundamente mi forma de ejercer la psicología. Decidí no esconder a mis pacientes que estaba atravesando un cáncer. Al contrario, sentí que podía convertir esa vivencia en una oportunidad para seguir ayudando desde un lugar aún más humano. Mientras yo iba aprendiendo a afrontar cada etapa del proceso, también adaptaba esas reflexiones, esas herramientas y esas estrategias de afrontamiento a la realidad de cada uno de mis pacientes. No porque sus problemas fueran iguales al mío, sino porque el sufrimiento, el miedo, la incertidumbre o la pérdida adoptan muchas formas, y haberlas vivido en primera persona me permitió comprenderlas con una profundidad distinta.

Mis pacientes tampoco quedaron al margen de este camino. Me emocionó profundamente el cariño, el respeto y el interés con el que vivieron mi proceso. Sentí que formaban parte de una etapa muy importante de mi vida y, al mismo tiempo, ellos sintieron que seguíamos aprendiendo juntos. Mi experiencia personal, unida a mi formación como psicóloga, enriqueció mi manera de acompañarlos y reforzó algo en lo que siempre he creído: que la autenticidad, cuando se ejerce con responsabilidad y dentro de los límites profesionales, también puede convertirse en una poderosa herramienta terapéutica.

Quizá la mayor enseñanza que me deja todo esto es que incluso los psicólogos necesitamos permitirnos ser vulnerables. No siempre tenemos que sostener a los demás. También necesitamos sentirnos sostenidos.

Hoy creo que la verdadera fortaleza no consiste en no llorar ni en demostrar que podemos con todo. La verdadera fortaleza consiste en permitirnos pedir ayuda, aceptar que otros nos cuiden y comprender que el cáncer no afecta únicamente a quien recibe el diagnóstico; transforma también a la pareja, a los hijos, a la familia, a los amigos e incluso a la forma en que entendemos nuestra profesión y nuestra vida. Cuando ese camino se recorre desde la comunicación, la empatía, el amor y la presencia mutua, el sufrimiento no desaparece, pero deja de vivirse en soledad. Y esa ha sido, sin duda, una de las lecciones más valiosas que me ha regalado esta experiencia.

¿Qué dificultades suelen surgir en torno a la sexualidad y la intimidad, y por qué es un tema del que se habla tan poco?

Creo que la sexualidad después de un cáncer de mama empieza mucho antes de la intimidad con la pareja. Empieza delante del espejo, en la relación que una mujer tiene consigo misma.

Cuando una mujer deja de reconocerse físicamente, cuando ve una cicatriz, una mastectomía, un cuerpo debilitado por los tratamientos o siente que ha perdido parte de su feminidad, es fácil que aparezcan pensamientos muy duros hacia sí misma. Y esos pensamientos terminan influyendo en cómo se siente, en cómo se relaciona con su cuerpo y, por supuesto, en cómo vive la intimidad.

Por eso considero que el primer paso no es preguntarse si la pareja seguirá viéndote atractiva, sino aprender a mirarte tú con el mismo cariño, la misma comprensión y la misma ternura con la que mirarías a una amiga que hubiera pasado por lo mismo. Somos capaces de tratar con mucha compasión a los demás y, sin embargo, nos juzgamos con una dureza enorme. Ahí comienza un trabajo psicológico fundamental.

En mi caso hubo momentos en los que lloré delante del espejo. Hubo momentos en los que me sentí menos atractiva, en los que me costó aceptar algunos cambios físicos o en los que la debilidad muscular me hizo sentir que había perdido parte de la mujer activa y deportista que siempre había sido. Soy persona y sería poco honesta decir que eso no ocurrió.

Pero también decidí aplicar conmigo misma todo aquello que llevaba años enseñando a mis pacientes. Como psicóloga especializada en terapia cognitivo-conductual, sabía que los pensamientos son el origen de nuestras emociones y, en gran medida, de nuestras conductas. Por eso hice un esfuerzo consciente por reconstruir mi diálogo interno, por dejar de mirar únicamente aquello que había cambiado y volver a contemplarme como un todo. Yo seguía siendo la misma mujer, con los mismos valores, la misma capacidad de amar, la misma esencia y la misma belleza, aunque mi cuerpo hubiera cambiado.

Creo que ahí está una de las claves. Cuando una mujer consigue reconciliarse con su propia imagen, esa seguridad también se proyecta en la relación de pareja. Si yo no me siento digna de ser querida o deseada, es muy fácil interpretar cualquier gesto desde la inseguridad. Sin embargo, cuando aprendes a aceptarte, también permites que el otro te quiera desde ese mismo lugar.

En mi caso, la intimidad con mi marido no se vio limitada por el miedo al rechazo. Al contrario. Vivimos esta etapa con mucha naturalidad, con mucha ternura e incluso con sentido del humor. En algunos momentos nos reíamos juntos de los cambios físicos, no desde la burla, sino desde la aceptación. El humor fue una forma muy bonita de quitarle poder al miedo.

Es cierto que los tratamientos pueden influir en el deseo sexual. La menopausia inducida, la medicación hormonal o el cansancio pueden disminuir la libido. Pero la sexualidad es mucho más amplia que el deseo espontáneo. También es mirarse, abrazarse, acariciarse, sentirse cerca, compartir ternura y mantener viva la conexión emocional. A veces cambia la forma de iniciar la intimidad, pero eso no significa que desaparezca.

Mi marido tuvo un papel muy importante durante todo este proceso. Nunca dejó de hacerme sentir querida, atractiva y deseada. Compartió conmigo el miedo a la enfermedad, pero nunca permitió que ese miedo eclipsara nuestra relación. Si algo le agradezco especialmente es todo lo que creció emocionalmente durante esta etapa. Aprendió a expresar más lo que sentía, a comunicar mejor su afecto y a comprender qué necesitaba yo emocionalmente más allá de los aspectos prácticos de la enfermedad. Ese aprendizaje fortaleció profundamente nuestra relación.

Creo que muchas mujeres hablan poco de este tema porque, sencillamente, casi nadie les pregunta. Durante el tratamiento toda la atención se centra, lógicamente, en curar la enfermedad. Pero pocas veces alguien se detiene a preguntar cómo se siente esa mujer con su cuerpo, con su autoestima o con su vida íntima. A eso se suma la vergüenza, el miedo a sentirse incomprendida o la falsa idea de que preocuparse por la sexualidad es algo secundario cuando lo importante es sobrevivir. Y, sin embargo, la sexualidad también forma parte de la salud, de la identidad y de la calidad de vida.

Como psicooncóloga, escucho con frecuencia a mujeres que se sienten solas en este aspecto. Muchas creen que ya no volverán a sentirse atractivas o que su pareja dejará de mirarlas igual. Mi mensaje para ellas es que no permitan que una cicatriz defina su valor. El cáncer puede cambiar un cuerpo, pero nunca podrá borrar la esencia de una mujer. La feminidad, el atractivo y la capacidad de amar y de ser amada no viven en un pecho, ni en una cicatriz, ni en un espejo. Viven en la persona que sigue existiendo detrás de todo eso.

Y si tuviera que resumir todo lo que he aprendido durante este proceso, diría que nada de esto ocurre por casualidad. La autoestima, la comunicación, la intimidad, la relación de pareja o la forma en que afrontamos una enfermedad no aparecen de la nada. Son el resultado de un trabajo personal que vamos construyendo a lo largo de la vida.

Por eso creo profundamente en la importancia del apoyo psicológico. Aprender a querernos de una manera saludable, a hablarnos con respeto, a comunicarnos con empatía, a expresar nuestras necesidades sin culpa y a comprender que cada persona interpreta una misma realidad desde su propia historia, sus aprendizajes y sus experiencias cambia por completo la forma en que vivimos las dificultades.

Cuando hacemos ese trabajo interior, no solo mejora la relación con nosotros mismos. También mejora la manera en que amamos, cuidamos y nos dejamos cuidar. Somos capaces de comprender mejor al otro y de ofrecerle aquello que realmente necesita, sin dejar de expresar también lo que nosotros necesitamos.

Esa ha sido, quizá, la mayor enseñanza que me ha dejado el cáncer. La verdadera recuperación no consiste únicamente en sanar el cuerpo; consiste también en cuidar la mente, fortalecer la autoestima, aprender a amar con más conciencia y construir relaciones donde el respeto, la comunicación, la ternura y la empatía sean el refugio incluso en los momentos más difíciles. Porque cuando ese trabajo de fondo existe, no solo afrontamos mejor una enfermedad; afrontamos mejor la vida.

¿Qué errores bienintencionados suele cometer el entorno al intentar apoyar a una mujer con cáncer de mama?

Lo primero que me gustaría decir es que creo profundamente que la inmensa mayoría de las personas actúan desde el amor. Cada uno acompaña con las herramientas emocionales, la historia y los recursos que tiene. Por eso me cuesta hablar de «errores», porque nunca sentí que alguien quisiera hacerme daño. Al contrario. Me he sentido profundamente querida, respetada y acompañada durante todo este proceso.

Sí es verdad que hay frases muy habituales que, aunque nacen con la mejor intención, personalmente no me ayudaban demasiado. Por ejemplo: «Todo va a salir bien». Entiendo perfectamente por qué se dicen, pero nadie puede asegurar cómo va a evolucionar una enfermedad. A mí me transmitían mucha más paz frases como: «Estoy contigo», «No estás sola», «Vamos a recorrer este camino juntos» o «Puedes llorar conmigo si lo necesitas». No intentaban quitarme el miedo; simplemente me hacían sentir acompañada mientras lo atravesaba.

También creo que muchas veces preguntamos: «¿Qué necesitas?». Y, aunque la intención es maravillosa, cuando una persona está emocionalmente desbordada ni siquiera sabe responder. Por eso creo que ayuda mucho más adelantarse con pequeños gestos. Decir: «Mañana te acompaño al hospital», «Te invito a dar un paseo», «Estoy debajo de tu casa, baja, que solo quiero darte un abrazo» o aparecer con una crema porque te has informado de que los tratamientos vuelven la piel más sensible. Son detalles sencillos, pero detrás de ellos hay un mensaje muy poderoso: «He pensado en ti».

Otra frase que escuché muchas veces fue: «No te he llamado porque no quería molestarte». Y entiendo perfectamente que muchas personas lo hagan por respeto. Pero, al menos en mi caso, siempre agradecí una llamada, un mensaje, un café o un abrazo. Me hacía sentir acompañada. Descubrí que el cariño rara vez molesta. Lo que realmente necesitaba era sentir que las personas importantes seguían caminando a mi lado.

También agradecí muchísimo que hubiera personas que me dieran permiso para ser vulnerable. Amigos que me decían: «Si hoy necesitas llorar, llora conmigo». O: «Si hoy sientes rabia o piensas que esto es una injusticia, puedes decirlo sin miedo». No intentaban cambiar mis emociones ni convencerme de que debía ser fuerte. Simplemente me ofrecían un espacio seguro donde podía ser yo, sin máscaras.

Si hay alguien de quien no puedo decir absolutamente ningún error, son mis hijos. Y eso que eran muy pequeños. Ellos me demostraron que la inteligencia emocional no depende tanto de la edad como de cómo aprendemos a vivir las emociones en casa.

Mi hijo pequeño, por ejemplo, afrontaba muchas veces el miedo a través del sentido del humor. Era capaz de hacerme reír a carcajadas incluso en los días más difíciles. Me hacían dibujos de los Cazafantasmas luchando contra «el bicho», transformando algo tan duro en una historia donde siempre había esperanza.

Hubo momentos que nunca olvidaré. Eran ellos quienes me decían: «Mamá, llora si lo necesitas». «Mamá, puedes gritar». «Esto no es justo». O frases que todavía hoy me emocionan: «Mamá, esto no te ha pasado porque hayas hecho algo mal. Tú siempre has hecho deporte, siempre te has cuidado y has comido bien». Incluso llegaron a repetirme una frase que utilizábamos mucho cuando la medicación me provocaba cambios emocionales: «Mamá, no te preocupes, no eres tú; es la medicación». Escuchar eso de unos niños tan pequeños era conmovedor. En lugar de tener miedo a las emociones, aprendieron a comprenderlas.

Desde que eran pequeños he intentado educarlos también emocionalmente. En casa hemos compartido lecturas como Yo de mayor quiero ser feliz, El caballero de la armadura oxidada o La buena suerte. Siempre he querido que los libros fueran una oportunidad para hablar de valores, de resiliencia, de empatía y de cómo afrontar las dificultades de la vida. Cuando llegó el cáncer, todas aquellas conversaciones dejaron de ser teoría y se convirtieron en herramientas reales que pudimos poner en práctica juntos.

Desgraciadamente, han tenido que vivir una experiencia que ningún niño debería vivir tan pronto. Pero también creo que, como familia, supimos transformar esa dificultad en una oportunidad para crecer. Nunca les oculté la realidad, pero tampoco les dejé solos con ella. Les expliqué lo que ocurría adaptándome a su edad, validando sus emociones y enseñándoles que el miedo, la tristeza o la incertidumbre no son emociones que haya que esconder, sino comprender y acompañar.

Como psicóloga, toda esta experiencia ha reforzado una idea en la que siempre he creído: acompañar no significa tener las palabras perfectas; significa saber permanecer al lado del otro. Muchas veces creemos que ayudar consiste en encontrar la frase adecuada, cuando, en realidad, lo que más necesita una persona que está sufriendo es sentir que no tiene que recorrer el camino sola.

Si pudiera dar un consejo a cualquier familiar, pareja o amigo de una mujer con cáncer de mama, sería muy sencillo: no tengas miedo a estar presente. No necesitas encontrar la frase perfecta. Basta con un abrazo sincero, una llamada, un paseo, una comida compartida o un simple «estoy aquí contigo». Porque, al final, lo que más recordamos no son las palabras exactas que nos dijeron, sino cómo nos hicieron sentir.

Y yo tuve la enorme suerte de sentirme profundamente acompañada. Por mi marido, por mis hijos, por mi familia, por mis amigos y también por tantas personas que, con su presencia y su cariño, hicieron que incluso en los días más difíciles nunca sintiera que caminaba sola. Creo que ese ha sido uno de los mayores regalos que me ha dejado esta experiencia: descubrir que el amor no siempre sabe qué decir, pero, cuando está presente, casi siempre sabe cuidar.

¿Cómo puede una mujer reconstruir su proyecto de vida y su identidad después de una experiencia tan transformadora?

Aunque pueda parecer paradójico, una de las mayores enseñanzas que me ha dejado el cáncer ha sido aprender a vivir.

Antes de la enfermedad, como nos ocurre a muchos, vivía inmersa en el «antes» y en el «después»: lo que había hecho, lo que quedaba por hacer, las responsabilidades, los proyectos, las preocupaciones… Siempre había un siguiente paso. El cáncer rompió esa inercia y me hizo comprender que el único lugar donde realmente sucede la vida es el presente.

Hay una leyenda que comparto con mucha frecuencia con mis pacientes y que terminó convirtiéndose en una filosofía de vida para mí: la leyenda de los Ahoras. Habla de un pequeño colibrí que nos recuerda la importancia de despertar a cada instante y de descubrir la magia de lo cotidiano. Mi hermano, sabiendo lo que esa historia significaba para mí, me regaló el símbolo del colibrí. Desde entonces representa ese pequeño «picotazo» que necesito recordar cada día para volver al presente cuando la mente intenta quedarse atrapada en el pasado o adelantarse a un futuro que nadie conoce.

Quise que esa filosofía también estuviera presente durante todo mi tratamiento. Por eso propuse a mi familia y a mis amigos crear una lista de reproducción que llamamos Los Ahoras. Cada uno eligió una canción que representara un recuerdo bonito o un momento especial. También participaron mis hijos. Aquella playlist se convirtió en una forma de celebrar la vida mientras la estaba viviendo, sin esperar a que todo terminara para volver a sonreír.

Hubo una canción que me acompañó especialmente: La fiesta, de Pedro Capó. Su mensaje me emocionaba profundamente porque habla de celebrar la vida mientras estamos aquí. De no esperar al final para reunir a las personas que queremos. Y esa fue exactamente la decisión que tomé: no poner mi vida en pausa hasta curarme, sino seguir creando recuerdos en medio de la tormenta.

Cada mañana sonaba aquella música antes de subirme a la elíptica. Había días en los que el agotamiento era inmenso y las lágrimas aparecían antes que la fuerza. Pero aprendí que la resiliencia no consiste en no llorar. La verdadera fortaleza consiste en permitirte sentir el dolor sin dejar que el dolor sea quien dirija tu vida.

Mis hijos también fueron una parte esencial de este camino. Desde el primer momento decidí compartir con ellos la verdad adaptándola a su edad, porque siempre he creído que la confianza protege mucho más que el silencio. Les expliqué que dentro de mi cuerpo había un «bicho» al que llamamos Moquete, como el personaje de Los Cazafantasmas. Cada tratamiento era una herramienta para combatirlo y cada efecto secundario, incluso la caída del pelo, era también la señal de que ese tratamiento estaba haciendo su trabajo. Todos nos convertimos en un equipo de cazafantasmas: los profesionales sanitarios con la medicina, mi familia con su amor y yo con mi actitud, mis cuidados y mis herramientas psicológicas.

Ellos también me enseñaron una lección que jamás olvidaré. Durante muchos años pensé que ser una buena madre significaba estar presente en todos y cada uno de sus momentos. Llegué incluso a recorrer cientos de kilómetros después de una sesión de quimioterapia para no perderme un partido de baloncesto de mi hijo. Lo hice desde el amor más absoluto. Pero la enfermedad me enseñó que mi valor como madre no dependía de llegar a todo. Mis hijos ya llevaban dentro de ellos todo aquello que realmente quería transmitirles: amor, seguridad, valores y ejemplo. Comprendí que priorizar mi salud no era quererles menos; también era educarles. Les estaba enseñando que cuidarse no es un acto de egoísmo, sino de responsabilidad.

Otra de las cosas más bonitas que me regaló este proceso fue descubrir partes de mí que permanecían dormidas. Siempre he sentido pasión por mi profesión y continué estudiando, formándome y acompañando a otras personas. Pero también necesité encontrar un espacio en el que simplemente pudiera disfrutar. Así apareció la pintura.

Frente a un lienzo en blanco descubrí una paz que no conocía. Pinté el mar porque siempre ha representado para mí la serenidad y la fuerza; esas mareas que llegan con intensidad y después vuelven a la calma, igual que ocurre en la vida. Pinté un colibrí como símbolo de los Ahoras, recordándome que basta un instante para despertar y comprender que lo importante está aquí y ahora. Y pinté un árbol de raíces profundas y tronco firme, porque entendí que nuestras verdaderas fortalezas son nuestra historia, nuestros valores, nuestras creencias y todo aquello que permanece cuando la vida nos pone a prueba. De ese árbol nacían mariposas que emprendían el vuelo, no porque olvidaran lo vivido, sino porque precisamente era esa historia la que les daba la fuerza para seguir adelante.

Como psicóloga, uno de los mayores regalos de esta experiencia ha sido comprobar que mi manera de afrontar la enfermedad también ha podido acompañar a otras personas. Muchos pacientes me han dicho que ver cómo transitaba este proceso, sin negar el dolor pero sin renunciar a la esperanza, les ayudó a mirar sus propias dificultades desde otra perspectiva. Si mi experiencia ha servido para aliviar, inspirar o sostener a alguien en un momento difícil, siento que todo este camino ha adquirido un sentido todavía más profundo.

Y hay algo que me emociona especialmente. Una persona muy cercana a mí encontró, a raíz de todo lo vivido, la valentía para replantearse su propia vida. Llevaba demasiado tiempo instalada en una realidad en la que no era feliz y decidió dejar de posponer su bienestar para apostar por una vida más coherente con quien realmente era. Ver cómo comprendía que la felicidad no puede quedarse esperando indefinidamente y que la vida puede cambiar en un solo instante ha sido uno de los regalos más hermosos que me ha dejado este camino. A veces, sin pretenderlo, nuestra manera de afrontar la vida se convierte en el impulso que otra persona necesita para empezar a vivir la suya con más autenticidad.

Hoy siento que el cáncer me arrebató muchas cosas durante un tiempo, pero también me regaló una mirada completamente diferente sobre la vida. Me enseñó que no podemos controlar cuánto tiempo estaremos aquí, pero sí cómo decidimos vivir el tiempo que tenemos. Que la felicidad no suele llegar el día en que todo se resuelve, sino cuando aprendemos a reconocer la belleza de los pequeños instantes. Y que el mayor regalo que podemos hacernos es dejar de vivir diez pasos por delante de la vida para abrazar plenamente este momento.

Porque, al final, la vida no sucede en el antes ni en el después. La vida sucede, siempre, en el ahora.

Marina Berenguer Roig

Marina Berenguer Roig

Psicóloga. Psicooncóloga

Profesional verificado
Cáceres
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Psicología y Mente. (2026, agosto 7). Entrevista a Marina Berenguer: cuando la psicóloga se convirtió en paciente. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/entrevistas/entrevista-marina-berenguer-cuando-psicologa-se-convirtio-en-paciente

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