La manera de relacionarnos con nuestros éxitos dice mucho de nosotros. Unsplash.

La educación de los valores en el contexto deportivo que desarrollamos en la UPAD Psicología y Coaching suele moverse siempre por los mismos contenidos: respeto, compañerismo, responsabilidad, esfuerzo, humildad… La mayoría de estos valores tienen un nombre tan intuitivo que incluso los benjamines a quienes instruimos en los mismos aciertan a dar una definición improvisada. Sin embargo, hay uno de ellos que representa la excepción que confirma la regla, y no es otro que el de la humildad.

Y es que, a veces incluso a los adultos se nos escapa qué es eso de la humildad, y más aún: por qué puede ser importante en el deporte o en la vida, porque, como dijo aquel, “¿demasiada humildad no es buena?”.

¿Qué es la humildad en la educación deportiva?

La humildad es definida como el conocimiento del alcance de las propias habilidades, es decir, saber lo buenos que somos y en qué podemos mejorar. Esto significa que reconocer un mérito personal en público no es una falta de humildad (quizás lo sea de modestia). De hecho, una negación explícita de un gran logro, sí puede interpretarse, irónicamente, como una falta de humildad.

Pero entonces ¿es humildad ir diciendo a cada persona que me cruce el gran regate que realicé el otro día? ¿Es humildad celebrar un gol bailando delante de todo el mundo? ¿Es humildad comparar a un compañero o rival mi palmarés con el suyo?

Todos podemos entender rápidamente que, hacer de menos los méritos de otro deportista no es una conducta deportiva y, aunque puede estar relacionada con la humildad, quizás lo esté más con el respeto.

Por otro lado, si decimos que ser humilde es ser consciente de los éxitos tanto como de los errores, sí que se puede deducir que hablar de dichos éxitos con naturalidad sí que puede estar relacionado con la humildad, siempre que no alardeemos de ellos. Sin embargo, la línea entre el alardeo y la naturalidad siempre se encontrará difusa, por lo que este sería un criterio ambiguo que quizás nos valiera para filosofar en este pequeño artículo, pero no para educar, en este valor tan importante, a nuestros jóvenes deportistas en formación.

El criterio que resuelve este agujero en la definición, sería que ese conocimiento de logros y habilidades a mejorar, no dependiera de la opinión de los demás. Yo puedo hacer una jugada espectacular, pero si tengo la necesidad de validarla a través de mis compañeros, rivales o espectadores, no estaré siendo humilde. Si necesito hacer una celebración exagerada para conseguir una mayor atención sobre mi gol, no estaré siendo humilde. Si me pregunta un compañero, un rival, un amigo (o un periodista) sobre dicho gol, y expreso mi opinión sincera sobre el mismo, entonces sí estaré siendo humilde. Si celebro el gol con mis compañeros, como cualquier otro que haya marcado, sí estaré siendo humilde.

Por eso, en aras de optimizar el valor de la humildad, es importante generar y fortalecer la autoestima, ya que, siguiendo la lógica de nuestro discurso, aquella será una consecuencia de esta última.

La gestión de la autoestima

Es común que las personas que más alardean sobre sus logros, aspecto o méritos lo hagan enmascarando una baja autoestima, como si se tratase de una sobrecompensación a modo de mecanismo de defensa del mismo. Y es que, es cierto que una de las fuentes de la autoeficacia es el feedback que recibimos de los demás, por lo que puedo manipular ese feedback, o mi percepción del mismo, para proteger mi autoestima.

Sin embargo, la solución más sana pasa por conseguir un autoestima fuerte, que no necesite protección y que, por tanto, no dependa de los demás. Por ello, es de vital importancia educar a las personas en formación a obtener dicho autoestima a través de datos objetivos que hablen por sí mismos de sus méritos, así como ser muy concienzudos con cómo reforzamos la obtención de dichos méritos.

De esta forma, si nuestra autoestima depende exclusivamente de los objetivos que consigamos y de nuestro margen de mejora, tendremos una autoestima fuerte que no dependerá de la valoración de los demás y, a su vez, no necesitaremos desplegar conductas contrarias a la humildad para percibir dicho autoestima. Por lo tanto, entendiendo la humildad de esta manera, diría que no solo demasiada humildad sí es buena, sino que es, sobre todo, sana.