Este trastorno de la percepción sobre uno mismo tiene efectos muy dañinos.

En una época en la que el culto a la imagen es cada vez más evidente, se nos hace tristemente fácil acostumbrarnos a reacciones conductuales desadaptativas por parte de amigos, conocidos, etc. Dicho culto implica, en parte, asociar nuestra autoestima a nuestra imagen física, y dado que esta no siempre se corresponderá con el ideal de belleza impuesto de turno, podemos asumir que dicho autoestima se puede ver fácilmente comprometido.

Entre las reacciones a las que nos referimos podemos encontrar un desembolso económico considerable en prendas de vestir, cosméticos o estética en general, que nuestro estado de ánimo pase a depender de la aprobación de los demás, o incluso establecer relaciones afectivas tóxicas. Pero estas conductas apartadas de una salud mental impoluta pueden acabar desembocando en serias patologías, como pueden ser la anorexia, la bulimia, o la vigorexia.

Una percepción distorsionada de uno mismo

La vigorexia es un trastorno mental caracterizado por el desempeño de una actividad física desproporcionalmente exigente, en ocasiones unida al consumo de suplementos vitamínicos o anabolizantes y una imagen distorsionada del propio cuerpo.

Dicha distorsión suele ir orientada a percibir el propio cuerpo más delgado o débil del real (de forma contraria al caso típico de la anorexia, donde el paciente percibe tener un peso mayor del real), y suele implicar una eterna inconformidad con el propio cuerpo, cuya consecuencia más inmediata es que las conductas desadaptadas en relación con el ejercicio físico tiendan a mantenerse indefinidamente, así como la sensación de insatisfacción con el propio cuerpo.

Además, la vigorexia puede dejar secuelas físicas y psicológicas, en forma de alteraciones del crecimiento, incapacidad para volver a desarrollar una práctica deportiva de forma sana…

Estas conductas son esencialmente las mismas de cualquier deportista, solo que llevadas al extremo, y todos conocemos a personas que, a nuestro juicio, dedican un gran número de horas al gimnasio, por lo que, ¿cómo podemos diferenciar la vigorexia de un simple entrenamiento exigente?

¿Cómo distinguirlo de la exigencia deportiva?

Como cualquier trastorno, la vigorexia lo será en tanto en cuanto las conductas relacionadas supongan un deterioro significativo en la vida del deportista. Si dedica menos tiempo a sus obligaciones (académicas o laborales) del que destine a entrenar, si altera la calidad de sus relaciones sociales, sus horas de sueño, o si se ve afectada su salud, a través de un entrenamiento inadecuado (por su peso, edad, condiciones físicas, etc.) o del consumo de sustancias.

Debido a la gran presión social que existe y a los refuerzos asociados a la práctica deportiva, la vigorexia es un trastorno que implica un componente de adicción, por lo que la mayoría de las veces el deportista no será consciente de tener un problema, o sienta que le merece la pena convivir con ese problema mientras consiga sus desadaptativos objetivos.

Es por eso que debemos estar muy atentos a la manifestación de los primeros síntomas del trastorno, antes de que este se establezca y vaya cada vez a más, ya que en cualquier intervención a nivel psicológica es de vital importancia la motivación del paciente por resolver el problema correspondiente.

El tratamiento psicológico

La gente no cambia si no quiere. Y cuando quiere, a la gente le supone un trabajo o un entrenamiento sistemático en diferentes técnicas derivadas de la psicología, que en este caso irían, sobre todo, orientadas a, por una parte, corregir la visión distorsionada del propio cuerpo a través de técnicas relacionadas con la reestructuración cognitiva, esto es, “desmontando” aquellas creencias irracionales que estén manteniendo las conductas a modificar. “Soy un enclenque” tiene que dar paso a “Pero X kg”, tengo “x índice de masa muscular o de grasa corporal”, “estoy por encima de la media”, etc.

Por otro lado, modificar el patrón de conductas desadaptativas a través del establecimiento de objetivos a corto plazo, buscando mantener la motivación por el cambio (“he conseguido entrenar menos, puedo hacerlo”) y manejando las contingencias entre dichas conductas y las consecuencias de las mismas, ya sean refuerzos (las que facilitan que las conductas asociadas se repitan en el futuro) o castigos (aquellas que disminuyen estas probabilidades).

Pero lo más importante, es conseguir generar un pensamiento crítico, que nos proteja del bombardeo mediático de una forma limitada de entender la belleza porque esta, nunca mejor dicho, está en el interior.