Cuando la psicología empezó a estudiar científicamente la inteligencia a principios del siglo XX, lo hizo especialmente estudiando sus efectos en el contexto de las escuelas. Las primeras pruebas que medían algo equiparable al cociente intelectual eran vistas como herramientas para "clasificar" niños y niñas y detectar casos en los que sería necesario dar un apoyo especial causado por niveles bajos de aptitudes intelectuales.
Esta manera de entender la inteligencia, sin embargo, no ha estado libre de críticas. Una de ellas es que ofrecía una visión demasiado simplista y cuantitativa acerca de las distintas capacidades cognitivas del ser humano. Y otra era que pecaba de girar alrededor del sistema educativo contemporáneo, en el que la infancia y la adolescencia se llevan casi todo el protagonismo. ¿Qué pasa con los adultos que tienen capacidades cognitivas extraordinarias y que van más allá de lo que mide un test de CI? Hoy, hablamos de ello con la psicóloga Marian Batle.
Entrevista a Marian Batle: la realidad incomprendida de los adultos con altas capacidades
Marian Batle Izquierdo es psicóloga general sanitaria experta en terapia cognitivo-conductual y terapias contextuales, así como directora de Pensaments Psicólogos Mallorca. Con más de dos décadas de experiencia trabajando en el ámbito de la salud mental, ha desarrollado un especial interés en el mundo de las altas capacidades, sobre el cual circulan muchos mitos. En esta charla abordamos las altas capacidades en la población adulta y las consecuencias sociales de invisibilizar las experiencias asociadas a esta realidad.
¿Consideras que las altas capacidades siguen siendo una realidad poco comprendida en la adultez, incluso dentro del ámbito de la salud mental?
Sí. Durante muchos años las altas capacidades han estado relacionadas con el ámbito educativo. Muchas veces las evaluaciones se realizaban sobre aquellos alumnos que obtenían mejores resultados. Hoy sabemos que las personas con altas capacidades no tienen por qué obtener resultados académicos brillantes, así que son muchos los adultos que no han podido entender lo que les pasaba. Además, hablamos de personas que muchas veces han aprendido a pasar desapercibidas (sobre todo las mujeres), a enmascarar rasgos y a encajar a costa de mucho desgaste.
En consulta esto complica bastante las cosas. A eso se suma que sigue faltando formación específica. En clínica se pone mucho el foco en detectar síntomas y no tanto en entender lo que hay detrás.
Muchas veces se habla de las personas con un alto nivel de inteligencia como si fueran una élite privilegiada que no está en disposición de “quejarse” porque, por ejemplo, el sistema educativo no se adapta a sus necesidades. ¿Crees que una parte de la sociedad considera que la gente con altas capacidades no tiene nada a reivindicar?
Creo que a veces sí, porque se sigue confundiendo capacidad con facilidad. Que una persona tenga un potencial alto no significa que su experiencia vital haya sido fácil, ni que el entorno haya entendido lo que necesitaba. Hay mucho desconocimiento y, cuando falta información, los prejuicios ocupan ese espacio. Entonces puede aparecer la idea de que “si es tan inteligente, ya sabrá apañárselas sola”, y eso distorsiona por completo la realidad. Tener altas capacidades no te coloca por encima del malestar, al revés, muchas veces te deja más expuesto.
¿En qué errores nos lleva a caer el asumir que las altas capacidades solo son “un alto nivel de CI”?
Nos lleva a simplificar algo que es mucho más complejo. El CI aporta información, pero por sí solo se queda corto. En las altas capacidades también entran en juego la creatividad, la curiosidad, la alta sensibilidad, la motivación, la forma de implicarse en una tarea y la relación que todo eso tiene con el contexto. Reducirlo a un número hace que se pierda lo esencial. No es lo mismo una persona con un CI muy alto, desmotivada, bloqueada o desconectada de lo que hace, que otra con una puntuación menor pero con muchísima curiosidad, compromiso y capacidad de sostener el esfuerzo. El potencial no depende solo de una cifra. Depende de cómo se articula todo y de si el entorno facilita o refuerza el desarrollo de esa persona.
En tu experiencia, ¿cuáles son los trastornos psicológicos que suelen ser confundidos con las altas capacidades y llevan a diagnósticos erróneos?
Veo que se confunde bastante con trastornos del estado de ánimo, TOC y con ansiedad social, sobre todo si la evaluación se hace deprisa y sin mirar bien el conjunto.
La intensidad emocional, la aceleración mental, la necesidad de entender, o el cansancio social pueden interpretarse mal si se observan fuera de contexto. Por eso el diagnóstico diferencial es tan importante. Una cosa es que haya un trastorno y otra que ciertos rasgos del perfil estén siendo leídos como psicopatología cuando en realidad responden a otra lógica.
¿Consideras que hay un cierto patrón común en los rasgos emocionales que suelen presentar los adultos con altas capacidades que han pasado desapercibidos durante años? ¿Es habitual el sentimiento de culpa?
Sí. Hay rasgos que se repiten bastante: mucha empatía, mucha profundidad a la hora de pensar y sentir, necesidad de entender lo que les pasa, autoexigencia alta y una sensación de no terminar de encajar. La culpa también aparece a menudo. Culpa por sentirse distintos, por cansarse de determinadas dinámicas, por necesitar más espacio o por haber pasado años intentando ser como se esperaba para sentirse aceptados.
Hablando más en términos clínicos, ¿qué tipo de alteraciones psicopatológicas pueden surgir cuando las necesidades relacionales de una persona con altas capacidades no han sido atendidas o tomadas en serio?
Lo que suele aparecer es un estado de alerta y activación mantenido en el tiempo: ansiedad, síntomas depresivos, sentimientos de soledad, baja autoestima, inhibición emocional, burnout, vínculos muy marcados por la adaptación al otro...
También veo mucho agotamiento por enmascarar su forma de pensar, de sentir o de relacionarse, intentando medir lo que se dice, lo que se muestra y hasta la intensidad de lo que se vive.
¿Qué debería cambiar en la formación de los profesionales de la salud mental para mejorar la detección y el acompañamiento de este perfil?
Creo que hace falta más formación específica y mejores diagnósticos diferenciales. Hace falta entender que las altas capacidades van mucho más allá del CI y que en los adultos no suele presentarse de una forma clara.
También conviene mirar mejor la función que cumplen determinadas conductas. Preguntarse qué hay detrás de esa intensidad, de esa aparente desconexión, de ese cansancio social o de esa necesidad de entenderlo todo. Y hace falta escuchar mejor la historia de vida. Cómo aprendía esa persona, cómo se relacionaba, qué le aburría, qué la saturaba, qué partes de sí misma ha ido escondiendo para encajar. Esa información es muy valiosa.
¿Cómo es el proceso terapéutico cuando una persona adulta descubre que tiene altas capacidades y va resignificando su historia personal de manera retrospectiva?
Suele ser un proceso muy movilizador, porque de repente muchas piezas encajan. La persona empieza a entender quién es, cómo funciona y por qué ha vivido determinadas cosas como las ha vivido. Y a partir de ahí puede aceptarse de una manera mucho más profunda.
En terapia, el trabajo empieza justo ahí: en conocerse y en entenderse bien. Y, solo cuando eso ocurre, trabajamos lo que necesita con sus propias herramientas, a su velocidad —que muchas veces es más rápida—, desde la empatía y en la dirección de sus objetivos. Es entonces cuando puede resignificar su historia, potenciar sus capacidades y desarrollar habilidades que hasta entonces habían quedado en un segundo plano.


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