Esta es una pregunta que muchas personas se hacen. Tienen trabajo, personas que las quieren, amigos, proyectos y una vida que, desde fuera, parece estable. Sin embargo, viven con una sensación de inquietud que no consiguen explicar.
Les cuesta relajarse, dan demasiadas vueltas a las cosas, anticipan lo que podría salir mal o sienten que necesitan tenerlo todo bajo control. A veces, la ansiedad aparece incluso en momentos en los que, aparentemente, no está ocurriendo nada.
Y entonces llega la culpa: «No hay ninguna razón para estar mal». «Hay personas que están mucho peor que yo». «Debería sentirme bien».
Pero que no encontremos un motivo evidente para nuestra ansiedad no significa que esta no tenga sentido. A veces, para comprender lo que nos ocurre en el presente, necesitamos entender también cómo hemos aprendido a sentirnos seguros a lo largo de nuestra vida.
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Silvia Crespo Flores
Silvia Crespo Flores
Psicóloga Sanitaria
Cuando la ansiedad no habla solo del presente
La ansiedad forma parte de nuestro sistema de protección. Tiene una función muy importante: prepararnos para responder cuando percibimos una amenaza.
El problema aparece cuando esa alarma se activa con demasiada frecuencia, incluso cuando no estamos en peligro. Podemos saber racionalmente que todo está bien y, sin embargo, sentir tensión en el cuerpo, anticipar problemas, preocuparnos constantemente o ser incapaces de desconectar.
Y aquí hay una diferencia importante: saber racionalmente que estamos seguros y sentirnos seguros no siempre son la misma cosa.
Nuestra manera de reaccionar ante el mundo se construye también a partir de nuestras experiencias.
Por eso, en lugar de preguntarnos únicamente «¿cómo puedo hacer que desaparezca la ansiedad?», quizá podamos hacernos otra pregunta: «¿Qué sentido tiene que haya aprendido a funcionar de esta manera?»
Cuando estar alerta fue una forma de protegerte
A lo largo de nuestra vida no solo aprendemos conocimientos. También aprendemos qué necesitamos hacer para sentirnos queridos, aceptados o seguros.
Algunas personas aprendieron muy pronto a estar pendientes del estado de ánimo de quienes tenían alrededor. Otras descubrieron que equivocarse podía tener consecuencias difíciles de soportar y desarrollaron una gran autoexigencia. Algunas se acostumbraron a ser «las fuertes», a no dar problemas o a cuidar de los demás. Otras aprendieron que recibir reconocimiento estaba muy relacionado con hacerlo bien, cumplir expectativas o ser quienes los demás necesitaban que fueran.
No es necesario haber vivido una experiencia especialmente traumática para aprender a funcionar de esta manera. A veces no hay un gran acontecimiento que lo explique, sino pequeñas experiencias que se repiten durante años y van moldeando la forma en la que aprendemos a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
Así, anticiparse, controlar, exigirse o estar muy pendiente de los demás puede convertirse en una manera de protegerse y sentirse seguro. Incluso es posible que durante algún tiempo haya funcionado.
La dificultad aparece cuando seguimos necesitando esas mismas estrategias, aunque nuestras circunstancias hayan cambiado, o cuando aquello que un día nos protegió empieza a tener un coste demasiado alto.
«Sé que ahora estoy bien. Entonces, ¿por qué no consigo sentirme bien?»
Porque nuestras formas de protegernos no desaparecen automáticamente cuando cambian las circunstancias.
Podemos tener una relación estable y temer constantemente que algo cambie. Podemos tener un buen trabajo y vivir preocupados por cometer un error. Podemos disponer de tiempo para descansar y sentir culpa cuando no estamos siendo productivos. Podemos saber que no necesitamos tenerlo todo bajo control y, aun así, sentir mucha inquietud cuando aparece la incertidumbre.
Es como si una parte de nosotros continuara comportándose según unas reglas que aprendió hace tiempo: «No bajes la guardia». «No es suficiente». «No falles». «Encárgate de todo». «No molestes a los demás con lo que necesitas». «Lo que sientes está mal». «No eres importante».
No porque queramos vivir así, sino porque quizá durante mucho tiempo esa fue nuestra manera de protegernos.
La culpa de sentirse mal cuando «no falta nada»
Una de las experiencias más dolorosas asociadas a la ansiedad es pensar que no tenemos derecho a sentirnos mal, como si el sufrimiento funcionase mediante comparaciones.
Tener cosas buenas en nuestra vida no impide que existan necesidades emocionales que no estamos atendiendo, conflictos internos o maneras de relacionarnos con nosotros mismos que nos generan sufrimiento.
Además, cuando nos repetimos «no debería sentirme así», por un lado, estamos invalidando algo que puede ser importante y merece ser escuchado y, por otro lado, nos estamos culpando por algo que ni elegimos ni podemos controlar. Ya no solo sentimos ansiedad, también nos juzgamos por sentirla.
Por eso, a veces el primer cambio no consiste en conseguir que la ansiedad desaparezca, sino en dejar de tratarnos como si aquello que sentimos fuese absurdo.
Comprender antes que combatir
Cuando sentimos ansiedad, es lógico querer eliminarla cuanto antes. Intentamos distraernos, controlar los pensamientos, mantenernos ocupados o convencernos de que «no pasa nada».
Algunas herramientas para aliviar o regular la ansiedad pueden ser útiles. Pero no siempre necesitamos únicamente aprender a sentir menos ansiedad. A veces necesitamos comprender por qué nuestra manera de estar en el mundo nos exige permanecer constantemente en alerta.
Quizá llevas mucho tiempo intentando no decepcionar a nadie. Quizá te resulta difícil poner límites. Quizá necesitas tener las cosas bajo control para sentirte tranquilo. Quizá estás acostumbrado a cuidar de los demás, pero te cuesta reconocer qué necesitas tú. Quizá eres mucho más amable con los demás que contigo mismo.
O quizá todavía no sabes qué hay detrás de tu ansiedad. Y no necesitas saberlo antes de empezar terapia. Descubrirlo puede formar parte precisamente del proceso.
¿Cómo puede ayudar la terapia?
En terapia no se trata únicamente de aprender estrategias para controlar la ansiedad. Para mí, también es importante que puedas ir descubriendo qué necesitas tú ahora y encontrar otras formas de estar contigo que tengan más sentido para ti y generen menos malestar.
Un lugar donde explorar qué situaciones activan tu ansiedad, qué ocurre en tus relaciones, cómo te hablas cuando algo sale mal, qué necesidades has aprendido a dejar en segundo plano y qué formas de protegerte continúan funcionando aunque ya no las necesites de la misma manera.
Desde una perspectiva integrativa y relacional, no se trata de considerar la ansiedad como una parte defectuosa de ti que haya que eliminar. Se trata de comprender qué función y qué historia ha tenido.
Porque quizá la autoexigencia te ayudó a sentirte valioso. El control pudo darte seguridad. Estar pendiente de los demás pudo ayudarte a mantener vínculos importantes. Y ser fuerte pudo ser la manera que encontraste para seguir adelante cuando necesitabas hacerlo.
Comprenderlo no significa resignarse a continuar viviendo así. Significa poder empezar a preguntarte: «¿Necesito seguir protegiéndome hoy de la misma manera?»
Y desde ahí pueden empezar a construirse otras formas de relacionarte contigo, con los demás y con aquello que sientes.
Si te has sentido identificado con lo que has leído y quieres comprender mejor qué hay detrás de tu ansiedad y empezar a relacionarte contigo de una manera diferente, la terapia puede ser un buen lugar para hacerlo. Si sientes que es tu momento, puedes ponerte en contacto con nosotras y valorar juntos cómo podemos acompañarte.
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Silvia Crespo Flores
Silvia Crespo Flores
Psicóloga Sanitaria
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