Durante mucho tiempo, una parte importante del acompañamiento psicológico ha puesto el acento en comprender el origen del malestar: de dónde viene un miedo, qué lo activó, qué historia personal lo sostiene o qué significado tiene para la persona. Ese trabajo puede ser profundamente valioso, porque poner palabras a lo que nos ha pasado y a lo que nos ocurre es vital para ordenar la experiencia interna.
Sin embargo, cada vez más corrientes de la psicología han mostrado que comprender no siempre basta. Hay miedos, bloqueos y patrones que no cambian solo porque sepamos explicarlos. A veces necesitan ser desaprendidos y reaprendidos a través de experiencias nuevas, graduales y seguras.
Desde este enfoque, la pregunta no es únicamente «¿por qué me pasa esto?», sino también «¿hacia dónde quiero ir?», «¿qué necesito practicar?», «¿qué experiencia nueva puede ayudar a mi cerebro y a mi cuerpo a comprobar que ahora es diferente?».
Porque, en muchos procesos de cambio, no tenemos que esperar a estar completamente bien para empezar a actuar. A veces es precisamente la acción, bien acompañada y suficientemente segura, la que nos permite volver a estar bien.
Una mujer que sabía conducir llevaba meses sin atreverse a coger el coche. En una sesión de coaching, volver al volante se convirtió en mucho más que una práctica: fue una experiencia de aprendizaje. No necesitaba que alguien le explicara su miedo una vez más. Necesitaba comprobar, en primera persona, que todavía podía hacerlo. Nota: los datos de la situación han sido modificados para preservar la confidencialidad de la persona acompañada.
Una propuesta diferente
—Hola, Isabel. ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
Era aproximadamente nuestra cuarta sesión. Trabajaba con ella y con su marido dentro de un mismo proceso de coaching. Algunas sesiones eran para él y otras para ella. Con el paso de las semanas habíamos construido un espacio de confianza suficiente para hablar de lo que realmente importaba.
Sabía que conducir era uno de los retos que ella llevaba tiempo evitando. No era una cuestión de capacidad: sabía conducir. Tenía carné y una vida cotidiana en la que el coche podía facilitarle muchas cosas. Sin embargo, hacía meses que el miedo había ido estrechando su autonomía.
Aquel día decidí proponerle algo distinto.
—¿Sabes qué me gustaría hacer hoy? A ver qué te parece.
Me miró con curiosidad.
—¿Qué?
—Me encantaría que nos diéramos una vuelta en tu coche. Tú conduces, yo voy de copiloto y, cuando terminemos, volvemos aquí.
Sonrió con cierta sorpresa. No dijo que no, pero tampoco dijo que sí de inmediato.
—Uy… espera. No sé si tengo las llaves. Voy a llamar a mi marido para ver dónde las ha dejado.
Marcó su número, escuchó unos segundos y me dijo:
—Dice que están en casa.
—Perfecto. Entonces vamos hasta tu casa, cogemos el coche y nos damos ese paseo.
De camino, me comentaba que su marido, con el afán de ayudarla a superarse, la solía acompañar en sus «prácticas» cada vez que cogía el coche, pero acababan discutiendo porque se sentía juzgada y más torpe aún: «Frena… embrague, cuidado… semáforo rojo… más lenta…».
En apariencia, la escena era muy sencilla: ir a buscar unas llaves, subirse a un coche, conducir unos kilómetros y volver. Pero, en realidad, allí iba a ocurrir algo más profundo.
Nos subimos al coche…
—Espera, Cris… ¿cómo era? Acelerador… freno… embrague… —me decía mientras acomodaba el asiento a la altura del volante y me miraba entre seria, apurada, sonriente y muy nerviosa.
—Eso mismo —le dije—. Y respiré hondo, expectante :). Pero recuerdo que estaba yo muy tranquila para lo que era la situación y confiando en que ella no solo iba a salir airosa, sino que iba a disfrutar mucho de la experiencia.
Cuando entender no basta
Se suele pensar que las personas cambian cuando comprenden lo que les ocurre. Y comprender importa. Sí. Poner palabras a una experiencia, identificar un miedo o reconocer una pauta de evitación puede ser un primer paso muy valioso. Pero entender un problema y sentirse capaz de afrontarlo no son exactamente lo mismo.
Albert Bandura, psicólogo canadiense-estadounidense, referente mundial en aprendizaje social y autoeficacia, explicó cómo las personas construyen confianza al comprobar que son capaces de actuar con éxito. Llamó autoeficacia a la creencia de que somos capaces de afrontar con éxito una situación concreta. No se trata de una autoestima general ni de repetirnos frases motivadoras, sino de una convicción práctica: «Puedo hacer esto». Según Bandura, una de las fuentes más importantes de esa confianza son las experiencias de dominio, es decir, haber pasado por una situación y haber comprobado que se podía resolver.
Aquella mañana mi objetivo no era convencerla de que podía conducir. Si le hubiera repetido una y otra vez «tú puedes» en el sofá de mi gabinete, quizá se habría sentido animada durante unos minutos, pero no necesariamente preparada para volver a ponerse al volante. Necesitaba otra cosa: una experiencia que contradijera, poco a poco, la historia que el miedo llevaba tiempo contándole.
Cada maniobra bien resuelta, cada semáforo, cada giro y cada kilómetro recorrido se convertían en una prueba silenciosa. No estaba aprendiendo a conducir. Estaba recuperando la confianza en que todavía sabía hacerlo.
Conversando con el miedo
Pero seguía quedando una pregunta importante. Si ella sabía conducir y podía razonar que probablemente no iba a ocurrir nada grave, ¿por qué el miedo seguía apareciendo cada vez que pensaba en ponerse al volante? Faltaba una conversación con él.
Me viene a la cabeza el neurocientífico Joseph LeDoux, estudioso de cómo el cerebro aprende el miedo. Sus investigaciones han ayudado a comprender que las respuestas emocionales no se modifican solo porque la parte racional de la mente llegue a una conclusión tranquilizadora. El cerebro necesita experiencias nuevas para actualizar lo que espera que ocurra.
Por eso, la evitación resulta tan engañosa. A corto plazo produce alivio: si no conduzco, dejo de sentir ansiedad. Pero, precisamente porque evito conducir, mi cerebro pierde la oportunidad de comprobar que también puede salir bien. La investigación sobre exposición y aprendizaje inhibitorio ha mostrado que el cambio no consiste en borrar el miedo, sino en generar nuevos aprendizajes de seguridad que puedan competir con la respuesta anterior.
Volviendo a Isabel, aquella sesión pretendía ofrecer justo esa oportunidad. No se trataba de empujar, forzar ni dramatizar el reto. Se trataba de crear una experiencia suficientemente segura para que la mente pudiera aprender algo nuevo: «Sí, miedo, estás aquí, pero voy a conducir contigo de compañero; te propongo estar tranquilito un rato. Duérmete mientras». Y el miedo se apaciguó.
El cuerpo también toma nota
Mientras avanzábamos por la ciudad, empecé a percibir pequeños cambios en Isabel. La tensión inicial disminuía. Las decisiones surgían con más naturalidad. La conducción empezaba a parecerse de nuevo a algo conocido. No había desaparecido todo el respeto, pero sí empezaba a debilitarse la asociación automática entre conducir y peligro.
En este sentido, y volviendo a otro de los autores que me acompañan en mi desempeño profesional, Antonio Damasio, neurólogo y neurocientífico portugués, referente mundial en el estudio de las emociones, la conciencia y la toma de decisiones, propuso, a través de la hipótesis de los marcadores somáticos, que las emociones y las señales corporales forman parte de nuestros procesos de decisión.
El cuerpo no es un mero espectador de lo que pensamos: registra experiencias y participa en la manera en que interpretamos la siguiente situación. Por este motivo, en muchos procesos de cambio, no basta con que la cabeza diga «no pasa nada». El cuerpo necesita comprobarlo. Necesita respirar dentro de la situación, atravesarla y permanecer el tiempo suficiente para recibir otra información: que la persona puede decidir, puede corregir, puede detenerse si lo necesita y puede volver a intentarlo.
El cambio empezaba a suceder no porque hubiéramos encontrado una explicación brillante, sino porque su mente, su cuerpo y su experiencia estaban recibiendo una señal diferente. Estaba conduciendo de nuevo.
Saber qué hacer no siempre significa poder hacerlo
Muchas personas llegan a un proceso de acompañamiento diciendo una frase que casi todos hemos pronunciado alguna vez: «Sé perfectamente lo que debería hacer». Y, aun así, no consiguen hacerlo. Saben que deberían poner un límite, llamar a alguien, iniciar un proyecto, tomar una decisión o exponerse poco a poco a una situación que llevan tiempo evitando. Lo saben. Pero no siempre pueden pasar a la acción.
Daniel Kahneman, psicólogo israelí-estadounidense, premio Nobel de Economía, popularizó la idea de que buena parte de nuestras decisiones no se toman desde un razonamiento lento y plenamente consciente, sino desde automatismos, intuiciones y atajos mentales construidos por la experiencia previa.
Esto no significa que pensar no importe. Significa que pensar no siempre gobierna todo lo que hacemos. En la vida cotidiana, muchas veces actuamos desde memorias emocionales, hábitos y mecanismos de protección que se activan antes de que podamos razonar con ellos. Por eso, cuando una persona se bloquea, no siempre necesita más explicaciones. A veces necesita una experiencia pequeña, concreta y posible que le permita empezar a actuar de otra manera.
Aprender viviendo
En el transcurso de aquella sesión experiencial comprendí que el aprendizaje más importante no se había producido mientras hablábamos en la consulta semanas antes. La conversación había sido necesaria, claro: había creado sentido, confianza y dirección. Pero el verdadero giro apareció cuando salimos del despacho e Isabel se sentó al volante y condujo.
Esta idea conecta con el modelo de aprendizaje experiencial de David Kolb. Según su propuesta, aprendemos a través de un ciclo en el que la experiencia concreta, la reflexión, la comprensión y la acción se alimentan mutuamente. Dicho de otro modo: no aprendemos solo pensando ni solo haciendo. Aprendemos cuando vivimos algo, lo observamos, lo comprendemos y nos atrevemos a probar una forma nueva de actuar.
Aquel trayecto tuvo valor precisamente porque no fue una demostración externa. Fue una experiencia propia. Después pudo comprenderla, integrarla y repetirla. Y esa repetición es esencial: la confianza rara vez vuelve de golpe; suele volver kilómetro a kilómetro.
La seguridad de sentirse acompañada
Ahora bien, la experiencia por sí sola tampoco garantiza el aprendizaje. La manera en que alguien nos acompaña durante ese proceso puede marcar una gran diferencia.
Carl Rogers, psicólogo estadounidense, una de las grandes figuras de la psicología humanista y creador de la terapia centrada en la persona, basada en la empatía, la aceptación incondicional y la confianza en la capacidad de crecimiento del ser humano, y autor del maravilloso libro El proceso de convertirse en persona, defendió que las personas cambian mejor cuando se sienten aceptadas, comprendidas y no juzgadas.
Durante aquel recorrido, yo no evaluaba continuamente su conducción ni corregía cada pequeño detalle. Mi papel no consistía en ocupar el volante desde el asiento del copiloto. Consistía en transmitir calma, estar disponible y sostener un espacio en el que pudiera volver a confiar en sí misma.
En coaching y en psicología positiva hablamos mucho de acompañar. Aquella mañana volví a comprender que acompañar significa, muchas veces, saber estar sin invadir; sostener sin sustituir; confiar en la capacidad de la otra persona incluso cuando ella todavía duda de sí misma.
Autoliderazgo: recuperar el volante era recuperar mucho más
En un momento del recorrido, Isabel me dijo: «¿Podemos pasar por la guardería de mi hijo para aprender el camino por si tengo que venir en coche algún día?». Entonces entendí que el objetivo nunca había sido simplemente conducir de nuevo. Lo que quería recuperar era la tranquilidad de saber que, si su hijo la necesitaba, podría llegar hasta él sin depender de nadie.
La Teoría de la Autodeterminación, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, señala que la motivación humana se fortalece cuando se satisfacen tres necesidades psicológicas básicas: autonomía, competencia y vínculo. Aquella decisión reunía las tres. Nadie eligió el recorrido por ella. Era ella quien volvía a tomar una decisión. Estaba comprobando que era competente. Y el sentido de aquel esfuerzo estaba unido a un vínculo profundamente importante: su hijo.
He leído con mucho interés la obra de Viktor Frankl, que, desde diferentes perspectivas, nos hace tomar consciencia de la importancia del sentido en los momentos difíciles. Cuando una persona conecta con un para qué, encuentra más recursos para sostener el cómo. En este caso, la meta no era conducir por conducir. Era recuperar una libertad que tenía un significado concreto en su vida cotidiana.
Y es que, a veces, no recuperamos solo una habilidad. Recuperamos una parte de nuestra libertad. Yo llamo a esto autoliderazgo.
El asiento del copiloto
Isabel me dejó en casa; lo fuimos acordando por el camino:
—Si te parece, me dejas en la consulta y vas tú sola a casa. Cuando llegues, me envías un mensaje.
Le pareció bien. Parecía segura, contenta y sonriente. Subía yo las escaleras de casa cuando recibí su mensaje.
—Ya he llegado.
Era una frase breve. Apenas tres palabras. Sin embargo, contenía mucho más que la confirmación de que había terminado un trayecto. Era la prueba de que había recuperado una parte importante de su autonomía.
Con el paso del tiempo he vuelto muchas veces a aquella escena. No porque una persona volviera a conducir, sino porque resume muy bien cómo entiendo el proceso de acompañar a alguien en un momento de cambio.
Durante aquel recorrido yo ocupaba el asiento del copiloto. No llevaba el volante. No decidía el destino. No aceleraba por ella. No frenaba por ella. Simplemente estaba allí. Esto es coaching para mí.
Con frecuencia pensamos que ayudar consiste en dar respuestas, ofrecer consejos o indicar cuál es el mejor camino. A veces puede suceder. Sin embargo, los cambios más profundos rara vez aparecen porque otra persona «guía» nuestra vida —ahora me viene a la cabeza que, en la España de los años 60, conducir se decía también «guiar»—. Quizá aquella mañana se trataba precisamente de eso: de volver a guiar el coche, pero también de recuperar dirección en su propia vida.
Al final, las personas no cambiamos únicamente cuando entendemos. Cambiamos cuando vivimos experiencias capaces de transformar aquello que creemos posible sobre nosotros mismos.
Quizá por eso sigo recordando aquel mensaje.
—Ya he llegado.
Y cada vez que vuelvo a leerlo pienso lo mismo: no me estaba diciendo solo que había llegado a casa. Me estaba diciendo que había vuelto a confiar en sí misma.

Cristina Santolaria De Castro
Cristina Santolaria De Castro
Especialista en toma de decisiones, autoconfianza y cambio, psicología positiva aplicada.









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