¿Cómo se forma el apego evitativo en la infancia?

Qué papel tiene el cuidado en la crianza, qué señales se pueden notar y cómo fortalecer el vínculo.

Apego evitativo
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El apego evitativo se forma en la infancia cuando el niño aprende, a lo largo de muchas interacciones, que mostrar malestar o pedir consuelo no le acerca a sus cuidadores. Se ha asociado con un cuidado que responde poco o con rechazo a sus necesidades emocionales. Las familias pueden notarlo en niños que no piden ayuda aunque la necesiten.

«Mi hijo se porta fenomenal: se pasa la tarde jugando solo en su habitación y no molesta nada». Es probable que hayas oído una frase así, quizá con algo de envidia si tu hijo reclama tu atención a cada momento. La buena noticia es que es normal y sano que los niños busquen a sus cuidadores, pidan compañía y «den guerra». La menos conocida es que un niño que nunca pide nada no siempre es un niño que no necesita nada.

Este artículo se centra en cómo se forma el apego evitativo durante la niñez y en qué pueden hacer las familias. Si buscas una explicación general de qué es y cómo se manifiesta en niños y adultos, puedes consultar nuestra guía sobre qué es el apego evitativo y si se puede cambiar.

¿Cómo se forma el apego evitativo en la infancia?

El apego evitativo se va formando a partir de la experiencia repetida del niño con sus cuidadores: si al buscar consuelo encuentra distancia, impaciencia o rechazo, aprende a no mostrar lo que necesita para mantener la cercanía. Es una adaptación del niño a su entorno, no un defecto de carácter.

El apego es el vínculo emocional que el niño establece con sus figuras de cuidado principales, sean la madre, el padre u otras personas. Ese vínculo le sirve de base segura desde la que explorar el mundo y de refugio al que volver cuando algo le asusta o le duele. A partir de él, el niño va aprendiendo qué puede esperar de los demás y de sí mismo.

La psicóloga Mary Ainsworth y su equipo describieron en 1978 los primeros patrones de apego observando cómo reaccionaban bebés de alrededor de un año ante breves separaciones y reencuentros con su madre. Los bebés que clasificaron como evitativos apenas protestaban al separarse y tendían a ignorar a su madre al volver. Ainsworth observó que sus madres se mostraban, con más frecuencia que las de otros bebés, poco receptivas ante sus peticiones de contacto.

En la práctica, esto suele traducirse en experiencias cotidianas como estas:

  • El niño llora y se le pide que deje de llorar, sin que nadie se interese por lo que le pasa.
  • Se refuerza que «no moleste» y se le reconoce sobre todo cuando no muestra emociones.
  • Se le manda a su habitación para que se calme solo cada vez que está alterado.
  • Las emociones como la tristeza o el miedo se ridiculizan o se minimizan.

Con el tiempo, el niño puede aprender que mostrar sus emociones aleja a los demás y que es más seguro valerse por sí mismo. A menudo empieza a usar el razonamiento para no sentir, o a comportarse según lo que cree que esperan sus cuidadores.

Conviene matizar dos cosas. La primera, que la relación entre el cuidado y el apego es real pero no total: un metaanálisis de Marianne De Wolff y Marinus van IJzendoorn, publicado en 1997 en Child Development, encontró una asociación moderada entre la sensibilidad de los padres y la seguridad del apego, lo que indica que intervienen también otros factores, como el temperamento del niño o el contexto de la familia. La segunda, que el apego no se forma por un episodio aislado, sino por la repetición de muchas interacciones. Ningún padre responde perfectamente siempre, y no hace falta.

¿Qué señales pueden notar las familias?

Algunas señales que pueden notar las familias son que el niño rara vez pide consuelo, que parece indiferente cuando sus cuidadores se van o vuelven, o que le cuesta expresar tristeza o miedo. Son pistas para observar con atención, no un diagnóstico.

Entre los comportamientos que pueden llamar la atención:

  • No busca a sus cuidadores cuando se hace daño, está enfermo o tiene miedo.
  • Muestra poca reacción al separarse o al reencontrarse con ellos.
  • Prefiere jugar solo de forma casi constante, también en situaciones nuevas o difíciles.
  • Le cuesta poner nombre a lo que siente o lo niega («no me pasa nada»).
  • Rechaza el contacto físico o el consuelo cuando está alterado.
  • Se muestra muy autosuficiente para su edad.

En otros casos, el malestar aparece de forma indirecta: conductas más agresivas, problemas para comer, pesadillas o dificultades para relacionarse con otros niños. Estas señales pueden tener muchas causas distintas, y ninguna por sí sola indica un tipo de apego. Solo un profesional puede valorar el vínculo de un niño con sus cuidadores, a través de observación y entrevistas.

¿Por qué un niño «tranquilo» y autónomo no siempre está bien?

Porque mostrarse tranquilo no siempre significa estar tranquilo. Algunos estudios han observado que los niños con apego evitativo pueden parecer indiferentes ante una separación mientras su cuerpo muestra señales de estrés.

En un estudio clásico publicado en 1977, Alan Sroufe y Everett Waters registraron el ritmo cardíaco de bebés durante separaciones y reencuentros con su madre. Los bebés evitativos, que aparentaban calma, mostraban un aumento de la frecuencia cardíaca parecido al de los bebés que lloraban. Años después, Gottfried Spangler y Klaus Grossmann observaron en Child Development (1993) que los niveles de cortisol, una hormona relacionada con el estrés, aumentaban en bebés con apego inseguro tras estas situaciones. La lectura más prudente es que la ausencia de protesta no equivale a la ausencia de malestar.

Que un niño sepa entretenerse solo es una habilidad valiosa. Lo que conviene observar es si también sabe pedir ayuda cuando la necesita, y si lo hace con naturalidad.

¿Cómo pueden los cuidadores mejorar el vínculo?

La clave es sintonizar con el niño: prestar atención a lo que siente detrás de su conducta, acompañarle cuando está alterado y responder a sus necesidades emocionales de forma cálida y predecible. Nunca es tarde para empezar.

Los niños aprenden a regular sus emociones primero con ayuda de un adulto, lo que se conoce como corregulación, y solo con el tiempo lo consiguen por sí mismos. Piensa en cómo te sentirías si llegaras muy enfadado a casa y, al intentar contarlo, te dijeran «no me hables hasta que te calmes». A un niño, que todavía está aprendiendo a calmarse, le puede pasar algo parecido.

Algunas ideas para el día a día:

  • Acompaña en lugar de aislar. Cuando esté alterado, quédate cerca y ayúdale a calmarse antes de hablar de lo ocurrido.
  • Ponle nombre a lo que siente. «Parece que estás triste porque se fue tu amigo» le ayuda a reconocer sus emociones.
  • Mira más allá de la conducta. Si no quiere comer o se porta de forma agresiva, pregúntate qué puede estar sintiendo antes de castigar.
  • Dedica tiempo en exclusiva. Ratos de juego sin pantallas, en los que sea él quien marque el ritmo.
  • Cuida el contacto. Mirar a los ojos, sonreír, cantar o abrazar, si el niño lo acepta, ofrece una base de calma y seguridad.
  • Evita usar pantallas u objetos como forma principal de calmarle. Pueden ayudar en un momento puntual, pero no sustituyen la presencia de un adulto.
  • Repara cuando te equivoques. Todos los padres pierden la paciencia alguna vez; volver a acercarse y reconocerlo también enseña.

Programas como el Círculo de Seguridad, desarrollado por Kent Hoffman, Glen Cooper, Bert Powell y Robert Marvin, ayudan a los cuidadores a entender las necesidades emocionales de sus hijos. Un estudio publicado en 2006 en el Journal of Consulting and Clinical Psychology observó que, tras participar en él, aumentaba la proporción de niños con apego seguro. Del mismo modo, un metaanálisis de Marian Bakermans-Kranenburg, Marinus van IJzendoorn y Femmie Juffer, publicado en 2003 en Psychological Bulletin, concluyó que las intervenciones breves y centradas en la sensibilidad de los padres pueden mejorar el vínculo.

A veces, lo que dificulta conectar con los hijos es la propia historia de los padres. Una revisión de van IJzendoorn publicada en 1995 en Psychological Bulletin observó una asociación entre cómo los adultos recuerdan y narran su propio apego infantil y el tipo de apego de sus hijos. Esa relación no es inevitable, pero si sientes que tu historia te pesa, trabajarla con un profesional puede beneficiaros a ti y a tu hijo. Puedes leer más sobre cómo influye el apego evitativo en la vida adulta.

¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional?

Conviene consultar si te preocupa el vínculo con tu hijo, si notas que evita sistemáticamente buscar consuelo o expresar emociones, o si aparecen señales de malestar como problemas de sueño, de alimentación o de relación que se mantienen en el tiempo. También si sientes que tu propia historia te impide conectar con él.

El apego no es un destino. Un metaanálisis de R. Chris Fraley publicado en 2002 en Personality and Social Psychology Review encontró una estabilidad moderada del apego desde la infancia hasta la edad adulta, lo que significa que puede cambiar con las experiencias posteriores. Un acompañamiento psicológico puede ayudar a la familia a entender lo que ocurre y a fortalecer el vínculo.

Si quieres saber más sobre las posibles consecuencias de este patrón a largo plazo, puedes leer sobre los problemas psicológicos asociados al apego evitativo. Y para una visión completa del apego evitativo en niños y adultos, vuelve a nuestra guía principal sobre el apego evitativo.

Si buscas orientación, puedes encontrar un psicólogo especializado en infancia y familia en el directorio de Psicología y Mente de México, España o Colombia.

Este contenido es divulgativo y no sustituye la valoración de un profesional de la psicología.

  • Ainsworth, M. D. S., Blehar, M. C., Waters, E. y Wall, S. (1978). Patterns of Attachment: A Psychological Study of the Strange Situation. Lawrence Erlbaum.
  • Bakermans-Kranenburg, M. J., van IJzendoorn, M. H. y Juffer, F. (2003). Less is more: Meta-analyses of sensitivity and attachment interventions in early childhood. Psychological Bulletin, 129(2), 195-215.
  • De Wolff, M. S. y van IJzendoorn, M. H. (1997). Sensitivity and attachment: A meta-analysis on parental antecedents of infant attachment. Child Development, 68(4), 571-591.
  • Fraley, R. C. (2002). Attachment stability from infancy to adulthood: Meta-analysis and dynamic modeling of developmental mechanisms. Personality and Social Psychology Review, 6(2), 123-151.
  • Hoffman, K. T., Marvin, R. S., Cooper, G. y Powell, B. (2006). Changing toddlers' and preschoolers' attachment classifications: The Circle of Security intervention. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 74(6), 1017-1026.
  • Spangler, G. y Grossmann, K. E. (1993). Biobehavioral organization in securely and insecurely attached infants. Child Development, 64(5), 1439-1450.
  • Sroufe, L. A. y Waters, E. (1977). Heart rate as a convergent measure in clinical and developmental research. Merrill-Palmer Quarterly, 23(1), 3-27.
  • van IJzendoorn, M. H. (1995). Adult attachment representations, parental responsiveness, and infant attachment: A meta-analysis on the predictive validity of the Adult Attachment Interview. Psychological Bulletin, 117(3), 387-403.

Preguntas frecuentes

El apego evitativo puede formarse cuando, a lo largo de muchas interacciones, el niño aprende que mostrar malestar o pedir consuelo no le acerca a sus cuidadores. Si encuentra distancia, impaciencia o rechazo, puede dejar de mostrar lo que necesita para mantener la cercanía. Es una adaptación a su entorno, no un defecto de carácter.

Puede que el niño no busque a sus cuidadores cuando se hace daño, está enfermo o tiene miedo, o que muestre poca reacción ante separaciones y reencuentros. También puede preferir jugar solo de forma casi constante, negar lo que siente, rechazar el consuelo o mostrarse muy autosuficiente para su edad. Son pistas para observar, no un diagnóstico, ya que estas señales pueden tener causas distintas.

Mostrarse tranquilo no siempre significa estar tranquilo. Un estudio observó que bebés con apego evitativo que aparentaban calma ante separaciones mostraban un aumento de la frecuencia cardíaca parecido al de los bebés que lloraban. Otro estudio encontró un aumento del cortisol tras estas situaciones en bebés con apego inseguro, no específicamente evitativo. La ausencia de protesta no equivale a la ausencia de malestar.

Pueden sintonizar con lo que siente el niño, acompañarlo cuando está alterado y responder a sus necesidades emocionales de manera cálida y predecible. También pueden poner nombre a sus emociones, dedicarle tiempo de juego en exclusiva, cuidar el contacto si lo acepta y reparar el vínculo cuando se equivocan. Las intervenciones breves centradas en la sensibilidad de los padres pueden mejorar el vínculo.

El apego no se forma por un episodio aislado, sino por la repetición de muchas interacciones. Un metaanálisis encontró una asociación moderada entre la sensibilidad de los padres y la seguridad del apego, lo que indica que también intervienen factores como el temperamento del niño o el contexto familiar. Todos los padres pueden perder la paciencia alguna vez, y volver a acercarse y reconocerlo también enseña.

Conviene consultar si preocupa el vínculo con el hijo, si evita sistemáticamente buscar consuelo o expresar emociones, o si hay problemas de sueño, alimentación o relación que se mantienen en el tiempo. También puede ser adecuado pedir ayuda si la propia historia de los padres dificulta conectar con el niño. Un profesional puede valorar el vínculo mediante observación y entrevistas.

Sí, el artículo señala que el apego no es un destino. Un metaanálisis de R. Chris Fraley encontró una estabilidad moderada del apego desde la infancia hasta la edad adulta, lo que significa que puede cambiar con experiencias posteriores. Un acompañamiento psicológico puede ayudar a la familia a entender lo que ocurre y fortalecer el vínculo.

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Lidia García Asensi. (2018, marzo 8). ¿Cómo se forma el apego evitativo en la infancia?. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/desarrollo/apego-evitativo-durante-ninez

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