En el otoño de 1985, en varias escuelas públicas de Baltimore, un grupo de maestros de primero de primaria empezó a jugar a algo curioso con sus alumnos. Dividían la clase en equipos, escribían unas pocas normas en la pizarra (levantar la mano para hablar, no levantarse sin permiso, no interrumpir a los demás) y, si un equipo acumulaba pocas infracciones durante el juego, ganaba. El premio era modesto: unas pegatinas, unos minutos de tiempo libre. Nadie en aquellas aulas imaginaba que, casi quince años después, un equipo de investigadores volvería a buscar a esos niños, ya convertidos en jóvenes adultos, para comprobar si aquel juego había dejado alguna huella en sus vidas.
La huella apareció, aunque no en todos ni de la misma manera, y volveremos a ella. Pero la escena sirve para plantear una pregunta que hoy resulta más urgente que entonces: ¿qué papel debe jugar la escuela en la salud mental de niños y adolescentes? Durante décadas, la respuesta implícita fue que muy poco. El colegio enseñaba matemáticas y lengua, y el malestar emocional quedaba en casa o en la consulta. Esa frontera se ha ido desdibujando. Hoy hay países con equipos de salud mental dentro de los centros, leyes que obligan a nombrar a un responsable de bienestar y currículos que tratan la gestión emocional como un aprendizaje más.
Ahora bien, no todo lo que se hace en las aulas funciona igual, y algunos programas muy populares han salido peor parados de lo esperado cuando se han puesto a prueba con rigor. En este artículo repasamos ocho iniciativas reales, desde Estados Unidos hasta Chile pasando por Finlandia, Reino Unido, Australia y España: qué pretenden, qué ha observado la investigación y dónde están sus límites. Vamos allá.
¿Por qué la escuela se ha convertido en un lugar clave para la salud mental?
Los datos de la Organización Mundial de la Salud ayudan a situar el problema. Según la OMS, la mitad de los problemas de salud mental comienzan antes de los 14 años, y aproximadamente uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años convive con alguno de ellos. La propia organización reconoce que la mayoría de estos casos no se detectan a tiempo ni reciben ningún tipo de apoyo profesional. Dicho de otro modo, buena parte del malestar psicológico arranca en una etapa de la vida en la que niños y adolescentes pasan más horas en el colegio que en cualquier otro lugar fuera de su casa.
La escuela es, además, la única institución que ve a casi todos los menores, todos los días, durante años. Un docente puede notar que un alumno ha dejado de hablar en clase, que llega cansado cada mañana o que se ha quedado solo en el recreo, señales que a veces pasan desapercibidas en otros contextos. La lógica que comparten casi todos los programas que veremos es la de la salud pública: promoción del bienestar para todo el alumnado, prevención para quienes muestran señales de riesgo y apoyo especializado para quienes lo necesitan. Con ese mapa en mente, resulta más fácil entender qué hace cada iniciativa y qué no se le puede pedir.
Programas que se enseñan en el aula
El primer grupo de iniciativas se dirige a toda la clase, sin señalar a nadie. Son los llamados programas universales: se imparten a todo el alumnado, igual que una asignatura, y su objetivo es fortalecer habilidades y mejorar el clima del grupo antes de que aparezcan las dificultades. Tienen una ventaja evidente, ya que nadie se siente etiquetado por participar, y un reto metodológico considerable: sus efectos suelen ser pequeños en cada alumno, aunque pueden ser relevantes cuando se suman miles de estudiantes.
1. La educación socioemocional como parte del currículo
Desde los años noventa, la organización estadounidense CASEL ha impulsado un marco para enseñar lo que en inglés se conoce como social and emotional learning. Su propuesta agrupa cinco competencias: conocerse a uno mismo, regular las propias emociones y conductas, comprender a los demás, relacionarse de forma sana y tomar decisiones responsables. La idea ha cruzado fronteras con facilidad. En España, por ejemplo, la LOMLOE incorpora la educación emocional y en valores como contenido transversal, de modo que no depende de una asignatura concreta, sino que debería atravesar el día a día del aula.
La evidencia más citada procede de un metaanálisis publicado en 2011 por Joseph Durlak y su equipo, que reunió 213 programas escolares con más de 270.000 estudiantes. Los alumnos que participaron mostraron mejores habilidades socioemocionales, menos problemas de conducta y menos malestar emocional que los grupos de comparación. En esa misma revisión, los participantes mejoraron su rendimiento académico en 11 puntos percentiles, un dato que suele sorprender a quienes ven estas clases como tiempo restado a las materias "serias". Conviene, eso sí, leer la letra pequeña: muchos estudios se realizaron en Estados Unidos y los resultados se debilitaban cuando la aplicación en el aula era irregular.
2. El Juego del Buen Comportamiento
Volvamos a Baltimore. El Good Behavior Game no habla de emociones ni pide a los niños que pongan nombre a lo que sienten. Se trata de una estrategia de gestión del aula en la que el maestro organiza a la clase en equipos y refuerza el cumplimiento de unas pocas normas compartidas. La presión del grupo, en lugar de ir contra quien se porta mal, se orienta a que todo el equipo consiga el objetivo. Una de las hipótesis estudiadas es que este formato entrena la autorregulación en una etapa en la que los niños aún están aprendiendo a controlar sus impulsos.
El equipo de Sheldon Kellam, de la Universidad Johns Hopkins, siguió a aquellos alumnos hasta que cumplieron entre 19 y 21 años. Los chicos que habían mostrado más agresividad en primero de primaria y participaron en el juego presentaban, de jóvenes, menores tasas de problemas relacionados con el alcohol y otras drogas y de conducta antisocial que los de los grupos de comparación. El hallazgo es llamativo, pero tiene matices importantes: los efectos se concentraron en un subgrupo concreto y no en toda la clase, y evaluaciones posteriores en otros países han obtenido resultados más modestos. La investigación no permite afirmar que el juego, por sí solo, cambie trayectorias vitales.
3. KiVa contra el acoso escolar
En 2006, la Universidad de Turku, con financiación del Ministerio de Educación de Finlandia, empezó a desarrollar un programa contra el acoso escolar que en 2009 se extendió a escala nacional. Su nombre, KiVa, juega con una palabra finlandesa que significa algo así como "agradable" o "bonito". Incluye clases para el alumnado, materiales en línea y un protocolo para que un equipo del centro gestione los casos concretos cuando aparecen.
Su rasgo más distintivo está en el enfoque. KiVa no se centra solo en el agresor y la víctima, sino sobre todo en los testigos, es decir, en esos compañeros que ríen, miran hacia otro lado o se callan. Los diseñadores partían de investigaciones que habían observado que el acoso tiende a mantenerse cuando el grupo lo tolera. Un ensayo a gran escala publicado en 2011 por Antti Kärnä y su equipo, con alumnado de 4.º a 6.º curso, registró reducciones en la victimización y en las conductas de acoso respecto a los centros de comparación. Los efectos fueron menores en los cursos de secundaria, y la experiencia en otros países ha mostrado resultados variables.
4. Youth Aware of Mental Health
Este programa, desarrollado por investigadores del Instituto Karolinska de Suecia y de la Universidad de Columbia, propone a los adolescentes unas cinco horas de talleres repartidos en varias semanas. En lugar de clases magistrales, el núcleo son juegos de rol en los que los propios alumnos debaten sobre el estrés, las crisis vitales, cómo reconocer cuándo un amigo lo está pasando mal y cómo pedir ayuda. Lo dirigen instructores formados, no el profesorado habitual, con la intención de que los estudiantes hablen con más libertad.
Su aval procede del estudio europeo SEYLE, publicado en The Lancet en 2015, que incluyó a más de 11.000 estudiantes de 168 centros en diez países. Un año después de la intervención, los centros que aplicaron Youth Aware registraron aproximadamente la mitad de nuevos intentos de suicidio e ideación suicida grave que los centros de control. Las otras dos intervenciones evaluadas en el mismo ensayo no mostraron diferencias significativas. Los propios autores señalan limitaciones, como que se trata de eventos poco frecuentes y medidos mediante cuestionarios, pero el estudio es uno de los más sólidos sobre prevención en el ámbito escolar.
Programas que cuidan a quienes rodean al alumnado
El segundo grupo de iniciativas no se dirige directamente a los estudiantes, sino a los adultos y estructuras que los rodean. Parte de una intuición sencilla: un niño puede pasar meses en un aula sin que nadie sepa qué hacer con lo que le ocurre, no por falta de interés, sino por falta de herramientas, tiempo o personal. Estos programas intentan formar a los docentes, incorporar profesionales al centro o crear figuras responsables del bienestar del alumnado, con resultados y niveles de evidencia muy diversos.
5. Primeros auxilios psicológicos para docentes
El programa Mental Health First Aid nació en Australia en el año 2000, impulsado por la educadora Betty Kitchener y el investigador Anthony Jorm. La comparación con los primeros auxilios físicos es deliberada: igual que no hace falta ser médico para saber colocar a alguien en posición de seguridad, la idea es que cualquier adulto pueda aprender a reconocer señales de malestar, acercarse sin juzgar, escuchar y orientar hacia la ayuda profesional. No se trata de que los profesores hagan de psicólogos, sino de que sepan dar el primer paso. Versiones adaptadas para entornos educativos se utilizan hoy en numerosos países.
En 2010, Jorm y su equipo publicaron un ensayo con profesorado de secundaria del sur de Australia. Los docentes formados mejoraron sus conocimientos sobre salud mental, redujeron sus actitudes estigmatizantes y se sentían más seguros a la hora de ayudar a un alumno. También ofrecieron más información a sus estudiantes sobre dónde buscar apoyo. Sin embargo, en el periodo estudiado no se detectaron cambios en la salud mental del alumnado. Es un resultado honesto y útil: formar a los adultos mejora su preparación, pero eso no basta por sí solo para modificar cómo se encuentran los estudiantes.
Te recomendamos leer: 7 consejos para dar Primeros Auxilios Psicológicos
6. Equipos de salud mental dentro del colegio
Inglaterra ha optado por una apuesta estructural: los Mental Health Support Teams, equipos que trabajan dentro de los centros educativos desde 2019. Están formados por profesionales específicamente formados, los llamados Education Mental Health Practitioners, con supervisión clínica. Ofrecen apoyo breve a alumnos de entre 5 y 18 años con dificultades leves o moderadas, ayudan a los centros a diseñar un enfoque de bienestar que implique a toda la comunidad educativa y facilitan el contacto con los servicios sanitarios cuando hace falta algo más.
La expansión ha sido rápida. Según los datos publicados por el Departamento de Educación británico en junio de 2026, estos equipos ya cubren al 60% del alumnado de Inglaterra, unos 5,8 millones de estudiantes, y al 79% de los alumnos de secundaria de centros públicos. El Gobierno se ha comprometido a alcanzar a todo el alumnado antes de 2030. La cobertura, con todo, es desigual entre regiones y menor en la etapa posterior a los 16 años. Además, buena parte de la evaluación disponible procede de encuestas a los propios centros, que valoran positivamente el servicio, mientras los estudios independientes sobre su impacto en el bienestar de los alumnos siguen en marcha.
7. El coordinador de bienestar y protección
España ha elegido otra vía. La Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia (LOPIVI), aprobada en 2021, establece en su artículo 35 que todos los centros educativos con alumnado menor de edad, sean públicos, concertados o privados, deben contar con un coordinador o coordinadora de bienestar y protección. Entre sus funciones figuran promover la formación en prevención y detección de la violencia, coordinar los protocolos ante casos de acoso, ser una persona de referencia para el alumnado y fomentar un clima de buen trato en el centro.
La figura supone un cambio relevante, ya que por primera vez la ley sitúa el bienestar del alumnado como una responsabilidad con nombre y apellidos dentro de cada colegio. En la práctica, sin embargo, son a menudo docentes quienes asumen estas tareas además de su carga lectiva habitual, y colectivos como los educadores sociales y los colegios profesionales de psicología reclaman perfiles con formación específica. Conviene subrayar que no es un servicio de atención psicológica, sino una figura de coordinación, y que todavía no existen evaluaciones sistemáticas sobre su impacto.
8. Habilidades para la Vida
En Chile, la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (JUNAEB) puso en marcha en 1998 el programa Habilidades para la Vida, hoy organizado en tres niveles que abarcan desde la educación infantil hasta el final de la secundaria. Trabaja en centros financiados por el Estado con alto nivel de vulnerabilidad social y combina varias líneas de acción: talleres para el conjunto del alumnado, cuestionarios a docentes y familias para identificar a los niños que pueden necesitar más apoyo, actividades de autocuidado para el profesorado y coordinación con la red local de salud.
Su principal singularidad es la continuidad: pocos programas públicos de salud mental escolar en América Latina han mantenido una presencia tan prolongada y a tan gran escala. Diversas evaluaciones han asociado la participación en el programa con mejoras en la adaptación escolar de los alumnos, aunque gran parte de estos estudios son observacionales y no permiten establecer una relación causal clara. Su cobertura, además, depende de los presupuestos anuales y no llega a todos los centros que podrían beneficiarse.
Lo que no siempre funciona: la lección del mindfulness en el aula
Durante la última década, el mindfulness o atención plena entró en miles de colegios con una reputación excelente y estudios piloto prometedores. Para comprobarlo a gran escala, un equipo dirigido por Willem Kuyken, de la Universidad de Oxford, diseñó el ensayo MYRIAD, con 84 centros de secundaria del Reino Unido y 8.376 alumnos de entre 11 y 14 años. La mitad de los centros recibió diez lecciones de mindfulness impartidas por docentes formados durante meses, y la otra mitad mantuvo la educación socioemocional que ya ofrecía.
Los resultados, publicados en 2022, fueron recogidos por medios como The Guardian con titulares contundentes. Un año después, no había pruebas de que el programa de mindfulness fuera superior a lo que las escuelas ya hacían. Los autores concluyeron que, tal como se aplicó, no estaba indicado como intervención universal. Eso no significa que la atención plena sea inútil: muy pocos alumnos practicaron en casa y algunos análisis sugieren beneficios para el profesorado y el clima del centro. La lección es otra: una intervención con buena prensa y estudios pequeños favorables puede no resistir una evaluación rigurosa.
¿Qué nos enseñan las escuelas sobre la salud mental infantil?
Si volvemos a la pregunta inicial, el recorrido por estos ocho programas ofrece una respuesta con matices. La escuela puede ser un buen lugar para cuidar la salud mental de niños y adolescentes, sobre todo cuando trabaja con el grupo y no solo con el individuo, cuando forma a los adultos que acompañan al alumnado y cuando se conecta con los servicios sanitarios. Los programas con mejores resultados comparten rasgos poco espectaculares: continuidad en el tiempo, aplicación cuidadosa y objetivos concretos. Lo que observamos en las aulas sugiere que el bienestar emocional se construye en el día a día de un entorno compartido, no solo en una consulta.
También conviene reconocer los límites. La mayor parte de la evidencia procede de países de renta alta, los efectos suelen ser modestos para cada alumno y dependen mucho de cómo se aplique cada programa en cada centro. Ninguna escuela puede sustituir a un sistema sanitario con recursos ni a una familia que acompaña. Quizá la imagen más elocuente siga siendo la de aquellas aulas de Baltimore: unas normas en la pizarra, unas pegatinas y unos maestros dispuestos a probar algo nuevo. La investigación posterior demostró que no era una solución mágica, pero también que lo que ocurre en un aula de seis años puede importar más de lo que creemos.
Este artículo tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la orientación de un profesional de la psicología. Si un niño, un adolescente o un adulto atraviesa un malestar persistente, es recomendable buscar apoyo profesional. En situaciones de crisis, en España está disponible el 024 (línea de atención a la conducta suicida, gratuita y operativa las 24 horas) y el 112 para emergencias. En otros países, el directorio internacional findahelpline.com recoge las líneas de ayuda disponibles.











