En teoría, nadie tiene tanto acceso a la información relevante sobre el "Yo" como uno mismo: somos conscientes de las acciones que llevamos a cabo cuando estamos despiertos, y muchas de las acciones que realizamos permanecen ocultas a la mirada de los demás. Sin embargo, en la práctica no es tan sencillo.
En primer lugar, las acciones no tienen por qué ser fáciles de interpretar objetivamente. Y en segundo lugar, nuestra manera de percibir nuestro Yo se ve influida por dinámicas sociales como, por ejemplo, los roles de género.
Esto hace que muchas mujeres se sientan perdidas a la hora de establecer una relación con su propio autoconcepto. Conocer quiénes somos realmente no es sencillo, y tampoco lo es saber qué queremos realmente, cuáles son nuestros valores, y qué parte de nuestros aparentes deseos son, en realidad, fruto de la presión social. Por eso, la autocompasión se convierte en algo muy valioso para aquellas que necesitan reconectar con su propia identidad de una manera emocionalmente saludable... Y esto es algo que aplican en su trabajo profesionales como la entrevistada de hoy: Pamela Arluciaga.
Entrevista a Pamela Arluciaga: los procesos de psicoterapia y autocompasión para mujeres
Pamela Arluciaga es Psicóloga titulada por la Universidad de Chile, terapeuta holística especializada en la atención a mujeres y autora del libro El camino de Magdalena, que está pensado como un recurso de autoayuda para mujeres que mantienen una relación poco funcional con su propio "Yo". En esta entrevista con ella, hablamos sobre las ideas clave que ha plasmado en las páginas de esta obra.

Pamela Arluciaga
Pamela Arluciaga
Psicóloga U. de Chile y Terapeuta Holística
En tu libro planteas una pregunta que consideras clave: “¿Desde qué lugares has estado sosteniendo tu autovaloración como mujer?”. ¿Por qué es clave empezar por ahí?
En la sociedad que vivimos, las mujeres aprendemos a crear un autoconcepto y una valoración de nosotras mismas anclada en el cumplimiento de estándares de belleza, mandatos familiares y el desempeño de roles tradicionales, más allá del sentido interior que ellos puedan tener para nosotras… o incluso, a pesar de que no lo tengan.
Te cuento una historia personal:
Alrededor de los 30 años, con mis 3 hijos pequeños y en pausa laboral de maternidad, visité a un terapeuta. En la primera sesión me preguntó: ¿Cómo estás, Pame? Y yo respondí cómo estaban mis hijos, cómo iba la casa y en qué estaba mi esposo. Él insistió: “Pero tú Pame, ¿cómo estás tú?”. Honestamente no supe qué responder. Creo que ni siquiera entendí la pregunta en ese momento.
Años más tarde pude ver que me había diluido completamente en mis “roles”. Había pasado de ser la “hija de”, a ser la “esposa de” y luego “la madre de”… ¡Pero no tenía idea de quién era yo misma más allá de esas etiquetas!
Entonces, cuando hablamos de autovaloración personal, es clave entender cómo el contexto en que vivimos ha moldeado profundamente nuestras necesidades emocionales, nuestras aspiraciones personales y también nuestra autoimagen y amor propio. Creo que, como profesionales de la salud mental, tenemos el deber de asumir que no se trata de un tema individual, sino contextual, cultural. Necesitamos dejar de remitir a lo individual un signo propio y resultante de una construcción colectiva.
En esta línea, quisiera recomendar fervientemente la lectura de El mito de la normalidad del Dr. Gabor Maté, médico de familia y sobreviviente del holocausto, cuyo subtítulo es muy elocuente: Trauma, enfermedad y curación en una cultura tóxica.
¿Qué significa realmente tener una relación armónica con una misma más allá de conceptos como autoestima o amor propio?
Tener una relación armónica con nosotras mismas significa ser capaces de sostenernos amorosamente a través de los procesos de transformación, de sanación y de aprendizaje que son parte necesaria de la vida y del desarrollo emocional de las personas.
También significa comprender, hacer parte de la ecuación digamos, que como mujeres tenemos un camino de vida marcado por la exigencia temprana y por la demanda constante de atención/cuidados hacia otros que nos condicionan a postergarnos, a esforzarnos mucho más para obtener validación y a descuidar -o incluso a desconocer- nuestras propias necesidades tanto emocionales como materiales.
Así, desarrollar una relación armónica con nosotras mismas implica en primer lugar poder mirar todo esto con lucidez, para luego comenzar un proceso de re-aprender, de re-conocer, de re-cordar y de legitimar nuestras necesidades auténticas.
Desde tu punto de vista como psicóloga, ¿qué es la autocompasión y por qué puede ser más transformadora que la autoexigencia en los procesos de cambio?
En primer lugar es necesario establecer que la autoestima es una noción que se basa en el rendimiento y la comparación con otros. Desde ese lugar, es una cualidad relativa y dependiente de lo que hacen esos otros y no una cualidad propia y personal.
La autocompasión por el contrario, al ser una disposición interior que no necesita pruebas de valor o evidencia de merecimiento para existir, es un soporte mucho más sólido para los procesos de transformación y sanación emocional. Es un punto de partida, no un resultado posterior.
Dicho de otra manera, la autocompasión no se basa en el logro de estándares o metas, sino en una disposición amorosa a sostenernos mientras transitamos procesos que incluyen momentos de “fallas” y etapas donde los resultados no son aún los que esperamos.
La autocompasión inaugura un espacio de aceptación radical y de amor incondicional a quienes somos esencialmente, donde nos permitimos ir a nuestro ritmo, donde dejamos de compararnos y donde comenzamos a mirar nuestra fragilidad como algo digno de cuidado; y ya no como un defecto, objeto de condena o castigo.
Esto no es sólo una afirmación casual o anecdótica. Existen estudios que respaldan la mayor eficacia de autocompasión en el aprendizaje. Recomiendo en ese sentido un hermoso artículo del año 2011, publicado en la revista Spirituality & Health, llamado “Auto-Compasión; El Secreto de la Acción Empoderada en el Aprendizaje” de la investigadora Emma Seppälä. Ella es Ph.D., conferencista y docente en la Escuela de Negocios de Yale y autora de 3 libros.
¿Qué tipo de heridas de la infancia suelen influir más en la forma en que una mujer se percibe a sí misma?
Existe un patrón que veo a menudo en consulta y que afecta principalmente a mujeres adultas que crecieron siendo “niñas buenas”. Se trata de la mujer que se cuestiona, siente culpa o se avergüenza cuando no obtiene aprobación externa, cuando no rinde al máximo en su trabajo o cuando deja de darlo todo en los vínculos y éstos empiezan a derrumbarse.
En ella vive aún la niña pequeña que tuvo que gestionar el caos de un hogar disfuncional, inseguro emocional y/o físicamente, donde faltó un adulto consistente y amoroso que hiciera espacio para sus necesidades.
Esa niña, hoy crecida, sigue sacrificando su bienestar emocional por la armonía con otros, se ha vuelto complaciente y se ha desconectado de sí misma como parte de un mecanismo que la ayudó a sobrevivir emocionalmente.
Muchas veces, incluso, esa mujer es incapaz de ver este patrón hasta que “estalla” una crisis de pánico, una depresión o episodios de alta ansiedad (insomnio, somatizaciones). Esas son señales claras del altísimo costo interior que ha tenido para ella sostener a otros y mantener la paz: dejar de escuchar y atender sus propias necesidades.
Esta mujer suele percibirse a sí misma como una persona muy fuerte e independiente, que está siempre disponible para otros y que no necesita mucho de ellos. Se ha hecho necesaria y apoya su autovaloración en esta dinámica.
Esa estrategia -en el tiempo- se transforma en algo mucho más importante: se vuelve identidad. Una identidad construida en torno a un mecanismo de sobrevivencia emocional, cuando no había opción.
En el presente sí la hay, pero muchas veces no se percibe así. O bien se percibe, pero no hay capacidad emocional para soltarlo.
Y es comprensible que pueda sentirse muy amenazante, porque “Si no soy así de fuerte, si no soy realmente así de independiente y autónoma… ¿Entonces qué/quién soy?”
En ese momento, la autocompasión es indispensable para acompañar la transformación hacia una versión de ellas mismas más verdadera, más integrada y más madura emocionalmente.
¿Qué papel juegan los mandatos culturales y el orden patriarcal en la desconexión con una misma?
Como decía anteriormente, nuestra cultura como entorno de construcción de identidad personal, juega un rol clave en la “desconexión” interior que se aprecia en las mujeres hoy en día.
Vivimos en una cultura que se sostiene en nuestra noción de insuficiencia y no merecimiento a través de la generación y oferta de productos, metas y procesos que supuestamente nos ayudan a cerrar esa brecha de amor propio.
Muchas de las carreras más exitosas se han construido sobre heridas personales y colectivas, y todo pareciera sugerir que las personas deberíamos enfocarnos al objetivo de conseguir más de esos supuestos apoyos (sucedáneos de amor propio) para -por fin- sentirnos a gusto con nosotras mismas.
La fórmula que se nos ofrece es una autoestima alta como resultado de lo que hago, logro o adquiero (títulos, propiedades, artículos de consumo diversos). Pero en la práctica no funciona así. Y ese esfuerzo se transforma en una yincana que pocas personas pueden resistir en el largo plazo sin enfermar emocional y/o físicamente.
Volviendo a tu pregunta, lo diría así: muchas mujeres viven en función del logro de objetivos estándares, teórica y culturalmente deseables, que pueden no hacerles ningún sentido… pero ¿cómo saberlo?, si además de ello prevalece una enorme dificultad (desconexión) para comprender y validar sus propios deseos y necesidades genuinas.
Mi impresión es que -afortunadamente- comienza a ser evidente para muchas personas que ese empeño, ese enfoque exitista de nuestra sociedad, está dejando más huellas de dolor y trauma que cualquier otra cosa.
Necesitamos hacer espacio interior para evaluar en consciencia cuánto bienestar y salud mental estamos dispuestas a transar por conseguir lo que se supone -culturalmente- que deberíamos lograr.
¿Qué prácticas pueden ayudar a una mujer a empezar a tratarse con más respeto y amabilidad?
Me parece que todas las prácticas que aporten a construir o a reforzar un eje emocional interior son de gran ayuda.
Me refiero a técnicas que favorecen la regulación emocional como la meditación y el mindfulness, por ejemplo. O el yoga y la conexión con la naturaleza.
Desde mi experiencia, recomiendo una práctica muy simple que puede colaborar enormemente a la necesaria re-conexión de las mujeres con su mundo interior: el journaling.
Su valor reside en que nos ayuda a nombrar nuestras emociones, a identificar nuestros estados emocionales y, desde ahí, a darles legitimidad en nuestro mundo subjetivo, interior.
Nombrar lo que nos sucede es el primer paso para transformarlo o integrarlo, según sea el caso.
En segundo lugar, y esta es una recomendación que doy frecuentemente en sesiones, sugiero crear un ritual apreciativo de sí mismas que reemplace la larga lista de pendientes e insuficiencias que las mujeres solemos repasar cotidianamente: lo que aún no hemos hecho, lo que dijimos que haríamos y no hemos cumplido, lo que sería bueno y aún nos falta.
Dejar de esperar que el otro reconozca mis virtudes, gestos o acciones y empezar a ser nosotras mismas quienes vemos todo eso, darnos el reconocimiento interior que merecemos, convertirnos en nuestras más fieles aliadas -especialmente en momentos de dificultad- es de por sí una acción reparadora y un factor protector de nuestro bienestar emocional.
Sin embargo, me parece necesario aclarar que sólo eso, por sí mismo, puede no resultar suficiente en todos los casos.
La experiencia clínica me muestra a diario que muchas mujeres traen heridas muy profundas de autovaloración y que requieren apoyo profesional para superarlas, a través de procesos psicoterapéuticos basados en el respeto, la validación y también, por cierto, la compasión.

















