Todas las personas con un cerebro saludable sueñan prácticamente cada noche, incluso si no se acuerdan de ello. Además, diferentes investigaciones sobre el contenido de los sueños muestran que, independientemente de la cultura en la que vivamos inmersos, esas experiencias oníricas tienden a estar relacionadas con lo que nos ha ido ocurriendo en la vida real.
Pero hay otra tendencia general que también parece cumplirse en casi todo el mundo y que resulta especialmente perturbadora: en los sueños, las emociones negativas son sorprendentemente frecuentes: miedo, tristeza, asco… De hecho, según varios estudios, es probable que sean las emociones más comunes al dormir, aunque en muy pocas ocasiones llegan a ser tan extremas como para generar pesadillas que nos despierten.
¿A qué se debe este sesgo hacia lo desagradable? Una de las teorías más recientes e interesantes sobre por qué soñamos ofrece una respuesta a este enigma. Se trata de la teoría de la simulación de amenazas en los sueños, o threat simulation theory, propuesta por el psicólogo y filósofo finés Antti Revonsuo.
¿Qué propone la teoría de la simulación de amenazas en los sueños?
Esta teoría puede resumirse en la siguiente frase: los sueños son el “campo de batalla” perfecto para que nos enfrentemos a situaciones que, en el mundo real, pueden suponer un peligro muy serio para nosotros. Suena sencillo, pero detrás de este planteamiento hay más miga de lo que parece.
Como investigador, Revonsuo ha desarrollado un interés personal en lo que se conoce como estados alterados de consciencia, los cuales pueden ser generados por interacciones artificiales entre el cerebro y sustancias psicoactivas o, en determinadas situaciones, de manera natural, como parte del funcionamiento normal del sistema nervioso. Experiencias como las alucinaciones inducidas, por ejemplo, por el consumo de LSD, muestran que la consciencia humana es algo diferente de la percepción.
Y desde este punto de vista, no resulta descabellado asumir que los sueños son vivencias conscientes que ocurren cuando el cerebro está desconectado de los sentidos, algo que da lugar a dinámicas neuropsicológicas con características propias y que no pueden ocurrir cuando estamos despiertos. Esto pasa por asumir que los sueños son, en sí, una de las formas legítimas de la experiencia consciente, y no el simple resultado de la actividad nerviosa de redes de neuronas que se han quedado sin nada que hacer aparte de generar “ruido” electroquímico.
Así pues, esta consciencia onírica sería el lugar perfecto en el que aprovechar las ventajas de que la mente esté aislada del mundo exterior. ¿Y cuál puede ser una buena manera de sacarle partido a esta disociación? Según Revonsuo, usar los sueños para ensayar. Concretamente, para practicar qué hacer en situaciones fight or flight, o sea, aquellas que activan en nosotros respuestas semi instintivas para intentar mantenernos a salvo con la mayor rapidez posible.
Cometer un error puede salir caro… pero no si estás durmiendo
La idea desde la que parte Revonsuo es que hay situaciones en las que no importa cuántas buenas decisiones hayamos tomado antes: si tomamos una sola que sea mala, perdemos todo lo andado (o incluso la vida). Por eso, el sistema nervioso habría ido evolucionando, a base de selección natural, para que tendamos a prestar más atención a los posibles riesgos que a las potenciales oportunidades. Esta predisposición al pesimismo estaría integrada en el cableado neuronal que configura nuestro cerebro desde hace muchos millones de años, ya que la lucha por la supervivencia es una constante en todos los animales.
Y cuando dormimos, estas estructuras cerebrales, o una parte de ellas, nos llevarían a vivir simulaciones de la realidad en las que tenemos la oportunidad de ensayar qué haríamos en la vida real en situaciones de peligro.
Quizás te estés preguntando qué sentido tiene “aprender” habilidades útiles en los sueños si olvidamos la mayoría de ellos. La respuesta es que no está claro que ese olvido sea total o definitivo.
Sí, olvidamos todos o todos los elementos que nos ayudan a desarrollar narrativamente los sueños a través de las palabras. Pero esto no significa que ninguna de estas experiencias oníricas deje una marca en la mente.
Hoy en día sabemos que la memoria humana tiene varias facetas. Por ejemplo, no es lo mismo evocar un recuerdo cuando nos interesa, que reconocer algo que ya habíamos visto. A menudo creemos haber olvidado una palabra en otro idioma que habíamos intentado memorizar, pero cuando la vemos en un texto, la reconocemos al instante. Y también hay una diferencia entre las redes de neuronas encargadas de procesar el lenguaje y aquellas que tienen que ver con el razonamiento. Tal y como enseñan varias investigaciones de personas con afasia que han perdido la capacidad de hablar, leer o escribir, como los realizados por como los de Rosemary Varley, es posible pensar sin palabras.
Aunque por el momento esto solo es una hipótesis, es posible que algunos aprendizajes queden consolidados principalmente en la parte del cerebro que se encarga sobre todo de tomar decisiones en situaciones de estrés y urgencia, sin que se preserve el tamiz verbal que ayuda a darle sentido a una situación que, sobre todo si hablamos de los sueños, es muy posible que no la tenga. Por ejemplo, el hecho de pasar por varios ejercicios de consolidación de memoria emocional podría resultarnos útil a la hora de detectar rápidamente estímulos que indican la presencia de una amenaza, y reaccionar ante esta sin que el estrés nos lleve al autosabotaje.
¿Estamos más cerca de entender por qué soñamos?
La teoría de la simulación de amenazas en los sueños es, más bien, una hipótesis en el sentido estricto de la palabra. Y lo es, entre otras cosas, porque aún no se dispone de la suficiente información empírica que la respalde. Por ejemplo, no se ha comprobado que el hecho de soñar con más frecuencia experiencias amenazantes resulte útil durante la vigilia; como podrás imaginar, es algo muy difícil de evaluar.
En todo caso, esta manera de interpretar por qué soñamos se apoya en varios hechos que llevan a pensar que los sueños tienen un propósito. Uno de ellos es que el cerebro parece invertir esfuerzos en intentar que las experiencias oníricas tengan algo de sentido y se correspondan con el funcionamiento del mundo real. Por ejemplo, cuando soñamos, hay un mecanismo por el que la información sensorial que llega del mundo externo, aunque muy atenuada y limitada, queda incorporada en los sueños de una manera más o menos coherente. Si cerca de donde estás durmiendo se escucha un ruido fuerte, es muy probable que tu “consciencia onírica” genere una situación que ayude a explicar ese sueño: un accidente de tráfico, un piano cayendo de una grúa…
Además, no hay que olvidar que el cerebro es uno de los órganos que más energía consumen y que, cuando soñamos de manera vívida, esto se corresponde con un aumento de la actividad neuronal de casi todo el encéfalo. Si esta fase del sueño, conocida como fase REM, no tuviera ninguna función… ¿No sería de esperar que la selección natural fuese eliminando este rasgo? Sí, es cierto que la experiencia subjetiva de soñar y la actividad cerebral durante la fase REM no tienen por qué ser exactamente el mismo fenómeno, pero no deja de ser sospechoso que siempre vayan de la mano y siempre ocurran en casi todas las personas… Y quizás también en la mayoría de los animales, ya que se ha visto que incluso ciertas especies de arañas mueven sus ojos al dormir durante la fase REM, tal y como hacemos nosotros.
Por otro lado, en teoría sería posible que un rasgo poco eficiente energéticamente sea conservado si no obstaculiza demasiado la reproducción o la supervivencia; es lo que pasa cuando ocurre la selección relajada en evolución, en la que las presiones selectivas disminuyen, haciendo que se acumulen mutaciones y fenotipos aparentemente desventajosos. Pero si aceptamos que la activación REM es la base orgánica de los sueños, sería muy raro que esto ocurriera en tantos linajes a la vez, y sobre todo con algo tan delicado como el funcionamiento del cerebro.
En todo caso, todo apunta a que pasarán décadas hasta que seamos capaces de entender totalmente la lógica que hay detrás de los sueños, que no necesitan cubrirse en un manto oscuro para resultar misteriosos; pueden mantener esa imagen vistiendo los colores vivos del surrealismo.


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