¡Ups!

Se ha producido un error inesperado. Por favor, inténtalo otra vez o contacta con nosotros.

La base para no tomar alcohol nunca más: el método mental y práctico que funciona

No es fuerza de voluntad, es cambiar el sistema que alimenta la adicción.

La base para no tomar alcohol nunca más

¿ERES PSICÓLOGO/A EN ?

Destaca entre toda tu competencia profesional.

El 91,7% de la población adulta en España ha consumido alcohol en el último año. El 77% lo ha hecho en el último mes. Y más de un millón de personas beben a diario. No estamos hablando de algo marginal. Beber es lo normal. Está en todas partes. Es legal, está socialmente aceptado y, peor aún, está promovido como si fuese la guinda de una vida plena.

Pero la cara B de este consumo tan “normal” es que el alcohol está implicado en más de 30.000 muertes al año solo en España. Y eso sin contar los destrozos que deja en las familias, en la salud mental, en los cuerpos, en los trabajos, en las relaciones. El alcohol es responsable directo o indirecto de más de 200 enfermedades. Y, sin embargo, se vende en cada esquina como si fuera pan.

¿Y sabes lo peor? Que cuando alguien empieza a tener problemas con el alcohol, lo último que suele pensar es que tiene un problema. Porque “todo el mundo bebe”. Porque “yo controlo”. Porque “no estoy tan mal”.

Pero si estás leyendo esto, es probable que ya hayas cruzado esa línea. Que el alcohol ya no sea diversión, sino una carga. Y si lo que quieres es dejarlo de verdad, no basta con querer. Hay que cambiar de sistema. Hay que cambiar de chip. Aquí va lo que necesitas.

Primer fallo: pensar que puedes “controlarlo”

Este es el error más habitual: creer que aún estás a tiempo de regular tu consumo. Que puedes seguir bebiendo, pero con condiciones. Solo los sábados. Solo vino, nada de whisky. Solo si estás de buen humor. Solo si has cumplido con todo en el trabajo. Solo en celebraciones. Solo si no estás triste. Solo si no hay broncas. Solo si no estás solo. Solo si estás con gente. Solo si es verano.

¿Ves el patrón? Acabas construyendo una lista infinita de excusas que, en teoría, te protegen… pero en la práctica solo sirven para justificar lo de siempre. Al final, cualquier situación puede ser una “ocasión especial”. El problema no es la bebida. El problema es el discurso que montas para seguir bebiendo.

Aquí pasa algo clave que casi nadie detecta: cuando intentas regular una conducta adictiva, estás entrenando a tu cerebro en la dirección contraria. Porque cada vez que lo consigues “controlar” y no pasa nada grave, refuerzas la fantasía de que tienes el mando. Pero no lo tienes. Solo has tenido suerte. Por ahora.

Es como si una persona con alergia grave al marisco pensara que puede “darse el capricho” de una gamba una vez al mes. A lo mejor un día no le pasa nada. Pero otro día puede acabar en urgencias. Porque la gamba no negocia. El alcohol, tampoco.

Otro error muy común es pensar que dejarlo por una temporada significa que ya estás curado. Hay quien se pasa un mes sin beber y vuelve con la idea de que “ya está controlado”. Pero no está controlado: está en pausa. Lo que ocurre es que el cerebro no ha desaprendido las asociaciones que formó durante años. Sigue esperando su premio en cuanto le des la señal.

Ejemplo: has pasado una semana estresante y te sientes agotado. Llega el viernes y piensas: “Me merezco una copa”. Esa frase, aparentemente inocente, en realidad es una señal que tu cerebro ha aprendido a asociar con alivio. Si bebes, se activa la recompensa. Tu mente registra: “esto funciona”. Y aunque tú te olvides, él no. En cuanto vuelvas a tener estrés, saltará el piloto automático. Y no importa si lo haces con buena intención, o si lo racionalizas como un premio, un ritual, una forma de desconectar. Lo que importa es que estás reforzando la asociación de siempre: problema = copa = alivio.

¿Te has preguntado por qué casi nadie se engancha a brócoli o a las lentejas? Porque no provocan ese subidón rápido. No hay gratificación instantánea. En cambio, el alcohol sí. Y esa gratificación es la gasolina del hábito. Cuanto más rápido llega el alivio, más fuerte se queda grabado el patrón.

Así que no, no puedes controlarlo. Porque el simple hecho de querer controlarlo ya implica que no lo has soltado. Y si no lo has soltado del todo, volverá. Igual que antes. O peor.

Segundo mito: “lo dejo si me lo propongo en serio”

Este es uno de los cuentos más peligrosos que te puedes contar. Pensar que vas a dejar de beber simplemente porque quieres hacerlo de verdad. Que con “echarle narices” y estar motivado va a ser suficiente. Que si te mentalizas fuerte, no caerás. Que esta vez es diferente. No lo es.

Si dejar de beber dependiera solo de fuerza de voluntad, no existirían las adicciones. Sería tan fácil como decidir no hacerlo y ya está. Pero no va así. De hecho, la mayoría de personas que tienen problemas con el alcohol han tenido muchísimos momentos de lucidez, de promesas sinceras, de “hasta aquí”. Y aun así, han vuelto. Porque no es una cuestión de querer. Es una cuestión de cómo funciona tu mente cuando se ha acostumbrado a aliviar el malestar con una copa.

Cuando repites muchas veces una misma conducta que te da alivio inmediato, tu cerebro se lo aprende. Y lo convierte en atajo. Aparece el malestar (ansiedad, aburrimiento, soledad, estrés), y tu mente lanza la solución rápida: “una copa y se pasa”. Funciona rápido. Muy rápido. Por eso se queda tan grabado.

Y ahí está la trampa: tú puedes querer con toda tu alma dejar de beber, pero si no cambias esa respuesta automática, el bucle seguirá activo. No es que no quieras lo suficiente. Es que no has desmontado el mecanismo.

Imagina que cada vez que te duele la cabeza tomas una pastilla. A los tres segundos, tu cerebro ya sabe que dolor = pastilla = alivio. Ahora imagina que un día decides que vas a dejar las pastillas, “porque sí”, sin tener ninguna alternativa. ¿Qué crees que pasará cuando vuelva el dolor? Exacto. La idea de tomarte una asoma sola, sin que la llames. Y si no haces algo distinto en ese momento, caes. Otra vez.

Lo mismo ocurre con el alcohol. Si has usado el trago como respuesta rápida durante años, no puedes esperar que esa asociación desaparezca solo porque estás motivado. No desaparece. Hay que sustituirla. Hay que entrenar nuevas respuestas. Nuevos hábitos.

Nuevas formas de regularte. Nuevas estrategias cuando estás mal. Y todo eso no se hace en un arrebato de inspiración. Se construye. Se practica. Se repite. Y se vuelve a repetir, hasta que el nuevo patrón se asienta. No es cuestión de fuerza, es cuestión de proceso. Además, no olvides esto: el deseo de beber no aparece cuando estás motivado. Aparece cuando estás jodido. Cuando has tenido un día de mierda. Cuando estás cansado. Cuando estás solo. Cuando has discutido con alguien. Cuando lo último que te apetece es pelearte contigo mismo. Y justo ahí, la voluntad desaparece. Si no tienes un sistema preparado, pierdes.

Pasos básicos para dejar de beber alcohol

Estas estrategias están basadas en la terapia cognitivo-conductual, que no es un cuento de autoayuda, sino el enfoque que más evidencia tiene en el tratamiento de adicciones. Aquí no hay motivación vacía. Aquí hay instrucciones.

1. Fuera disparadores

Empezamos por lo básico: si tienes alcohol en casa, lo vas a beber. No por falta de fuerza, sino porque tu cerebro ya va solo. Así que vacía el armario. Toda la botella que esté “por si acaso”, a tomar por saco. No se negocia.

Y sí, esto también aplica a bares, amigos, planes sociales. Al principio, aléjate. Si vas a estar en sitios donde todo gira en torno al alcohol, lo llevas crudo. No es para siempre. Pero ahora necesitas aire.

2. Sustituye la rutina completa

Dejar de beber no es solo quitar la copa de la mesa. Es desmontar todo lo que venía con ella. Porque no bebías por el sabor, ni por sed. Bebías porque formaba parte de un ritual. Llevabas el día al límite, llegabas a casa, te tirabas en el sofá, ponías algo en la tele y ahí venía la copa. No era solo el alcohol. Era todo el conjunto. Y si no desmontas ese ritual completo, volverás a él.

Hay que entender que el cerebro funciona por asociaciones. Si siempre bebes después de cenar, a las diez de la noche tu cabeza va a pedir su premio. Y si no tienes un plan claro, le dirás que sí. Porque improvisar a esas horas, cansado y sin defensas, es la receta perfecta para recaer.

Por eso necesitas alternativas cerradas. No ideas vagas tipo “haré algo diferente”. No. Actividades concretas, listas, fáciles. ¿Sabes que a las 21:00 te apetece beber? Pues a las 20:45 ya estás saliendo a caminar, llamando a alguien, o metiéndote en la ducha. Tienes que pillar al hábito antes de que te coja a ti. Cambiar la rutina no es opcional. Es obligatorio si quieres que esto dure más de tres días.

3. Caza el pensamiento trampa antes de que te líe

Tu mente va a intentar convencerte. “Una y ya”. “Hoy me lo merezco”. “Estoy mejor, ya puedo volver a beber con cabeza”. Aparecerán. Y si no los tienes pillados, te pillan ellos a ti. Hazte una lista de respuestas antitramposas. Escríbelas. Léelas cada día. Cuando salte la trampa, la disparas. Así de literal.

4. Planifica los días complicados

Tú sabes cuándo vas a tener más peligro. Eventos, reuniones, bajones. No te pille sin preparar. Si puedes evitar el plan, evítalo. Si tienes que ir, ten clara tu estrategia. Bebida alternativa, respuesta ensayada, aliada sobria al lado. Y si te da igual perderte un cumpleaños para salvar tu proceso, mejor. No hay plan social que valga lo que vale tu estabilidad.

5. Conoce lo que es el síndrome de abstinencia

Cuando dejas el alcohol, tu cuerpo protesta. Y con razón: lleva tiempo dependiendo de esa sustancia para regular emociones, para dormir, para soportar el día a día. Así que cuando le quitas el recurso, se desajusta. Y ese desajuste se llama síndrome de abstinencia.

No es solo físico, aunque también: sudores, temblores, fatiga, dolor de cabeza. Pero lo más puñetero es lo psicológico. Irritabilidad, ansiedad, insomnio, una sensación constante de incomodidad. Como si todo estuviera mal y no supieras por qué. Como si tu cabeza fuera un lavavajillas sin pausa.

Esto no significa que algo vaya mal. Significa que vas bien. Es el cuerpo limpiándose. El cerebro reordenándose. Pero claro, si no sabes que esto forma parte del proceso, puedes pensar que estás peor que antes. Y ahí es donde mucha gente recae: no por debilidad, sino por ignorancia.

Por eso hay que anticiparse. Saber que esos días van a venir. Que son temporales. Que no duran eternamente. Y que no hay que tomárselos como una señal de fracaso, sino como parte del precio por salir del bucle.

Prepárate. Escríbelo. Recuérdalo. Porque si sabes lo que viene, no te pilla por sorpresa. Y si no te pilla por sorpresa, aguantas.

6. Abandona tu identidad de “bebedor”

No digas “estoy intentando dejar de beber”. Di “no bebo”. Así, sin matices. Aunque te suene raro. Aunque no te lo creas del todo todavía. Aunque te tiemble la voz cuando lo digas. Da igual. Es un mensaje directo al cerebro.

Porque lo que dices moldea cómo piensas. Y cómo piensas moldea cómo actúas. Si tú te ves a ti mismo como alguien que “está dejando de beber”, lo que estás diciendo es que todavía formas parte del club. Que sigues ahí, solo que en modo descanso. Como un fumador que lleva dos semanas sin fumar pero guarda el mechero por si acaso. Eso no sirve.

En cambio, si te defines como “una persona que no bebe”, ya has cambiado de categoría. Has saltado de bando. No estás en pausa: has cerrado la puerta. Y eso cambia tus decisiones. Porque tu cerebro empieza a ajustar tus comportamientos a esa nueva identidad.

Ejemplo: si tú te ves como vegetariano, no es que cada día luches contra las ganas de comer chorizo. Simplemente no entra en el menú. No forma parte de “quién eres”. Pues con el alcohol igual: si lo mantienes fuera de tu identidad, siempre será una opción. Si lo sacas de ahí, deja de estar en la lista.

Eso no quiere decir que nunca tengas ganas. Pero si cada vez que hablas del tema dejas claro que no bebes, empiezas a creértelo. Y empiezas a actuar en coherencia. Y esa coherencia, con el tiempo, se convierte en hábito. Y ese hábito, en estabilidad.

7. No lo hagas solo

Si puedes, busca ayuda. Profesional. Grupos. Terapia. Comunidad. Alguien que sepa del tema. Si no puedes ahora, al menos ten a alguien de confianza al que puedas decirle cómo vas, cómo estás y cuándo te tiemblan las piernas. La recuperación es más sencilla si no vas solo. No hace falta que el otro te arregle. Basta con que te escuche.

Y si recaes en el alcohol, ¿qué?

Recaer no es fracasar. Recaer es información. Una pista. Una señal de que algo en el sistema no estaba funcionando. Tal vez te confiaste. Tal vez pensaste que podías volver a beber “solo una”. Tal vez no tenías plan para esa noche. Tal vez te pilló con la guardia baja y el día cruzado. Es igual. Lo importante es que sepas qué hacer después: revisar, ajustar, volver al camino.

Una recaída es como pinchar una rueda. Si lo primero que haces es bajarte del coche, reventar las otras tres y prenderle fuego al coche, pues sí, es un desastre. Pero si cambias la rueda y sigues, llegas igual. Con más polvo encima, pero llegas.

La mayoría de personas que dejan el alcohol de forma duradera han recaído alguna vez. No una, sino varias. Y no porque no valgan, sino porque estaban aprendiendo. Cada vez que tropiezas, puedes ver con más claridad dónde está el agujero.

Ejemplo: llevabas tres semanas sin beber y de repente una noche caes. Te tomas “una” que acaba en tres. Te levantas con resaca, con culpa, con el cerebro hecho un puré. Aquí tienes dos opciones. La opción de siempre: te castigas, te dices que eres un desastre, que esto no tiene sentido, y acabas bebiendo más para tapar la culpa. O la opción que realmente funciona: analizas qué pasó.

¿Qué situación fue? ¿Qué pensamiento te engañó? ¿Qué emoción no supiste gestionar? ¿Qué hábito falló? ¿Con quién estabas? ¿Qué deberías haber hecho distinto?

Ese análisis es oro puro. Te da datos para reforzar tu plan. Para prevenir la siguiente. Porque sí: si no cambias nada, la siguiente está garantizada. Pero si aprendes algo real de esta, cada tropiezo te hace más fuerte.

Otra cosa: no te confundas. Recaer no es lo mismo que rendirse. Recaer es que un día pierdes. Rendirse es decidir que da igual perder siempre. Y eso sí que no. Aquí no se trata de hacerlo perfecto. Se trata de no abandonar. Aunque la líes. Aunque sientas vergüenza. Aunque te cueste mirarte al espejo.

Porque en este camino, la clave no es no caerse nunca. Es aprender a levantarte rápido. Sin dramas. Sin comedias. Sin recrearte. Te caíste. ¿Y qué? Vuelves al plan. Te apoyas si puedes. Tomas decisiones distintas. Y sigues.

No eres el primero. No serás el último. Pero si aprendes bien de cada caída, puedes ser de los pocos que realmente lo consigue. Así que si recaes, no lo uses de excusa para seguir bebiendo. Úsalo como punto de partida para hacerlo mejor. Y cuanto antes te pongas de pie, menos espacio le das al desastre.

No hace falta tocar fondo

Mucha gente espera al desastre total para ponerse serio. Cuando pierde el curro, la pareja, la salud. Pero eso es un cliché. Puedes dejar el alcohol ahora. Sin tener que desmoronarte del todo. Basta con que reconozcas que no quieres seguir igual. Cuanto antes empieces, menos destrozo habrá que reparar.

¿Y qué ganas dejando el alcohol? Mucho más de lo que crees. Más energía, más claridad, menos ansiedad, mejor sueño, más dinero, más presencia. Pero, sobre todo, la sensación de volver a tener el control. No va a ser fácil. Pero sí es posible. Con estrategia, no con fuerza bruta. Así que deja de repetir que algún día lo harás. Ese día es hoy. Y si lo haces bien, puede ser el último día que el alcohol tenga algo que decir en tu vida.

Newsletter PyM

La pasión por la psicología también en tu email

Únete y recibe artículos y contenidos exclusivos

Suscribiéndote aceptas la política de privacidad

Al citar, reconoces el trabajo original, evitas problemas de plagio y permites a tus lectores acceder a las fuentes originales para obtener más información o verificar datos. Asegúrate siempre de dar crédito a los autores y de citar de forma adecuada.

Luis Miguel Real. (2026, enero 12). La base para no tomar alcohol nunca más: el método mental y práctico que funciona. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/psicologia/base-para-no-tomar-alcohol-nunca-mas-metodo-mental-y-practico-que-funciona

Psicólogo

València
Terapia online

Luis Miguel Real es especialista en adicciones, trabajando sobre todo con personas con problemas con el alcohol, la cocaína o las apuestas. También trabaja con otros trastornos, como la depresión y variantes de ansiedad. Ofrece terapia individual o de pareja, tanto presencial en su consulta privada en el centro de Valencia como online, atendiendo tanto a adultos como con adolescentes, y organiza programas de formación para empresas y organizaciones que lo soliciten.

Artículos nuevos

Quizás te interese

Consulta a nuestros especialistas