La escena vuelve una y otra vez. No importa cuánto tiempo haya pasado: aparece al acostarse, en la ducha, en un silencio inesperado. “Si yo hubiera dicho otra cosa…”. El cuerpo se tensa, la respiración se acorta. Sabe que ya pasó, pero algo insiste en revisarlo todo, como si todavía fuera posible corregirlo.
¿Qué hay detrás de un “si yo hubiera”?
En la clínica, este “si yo hubiera” no suele ser una reflexión tranquila. Aparece como un reproche que fija al sujeto en el pasado. En lugar de estar en lo que vive, queda atrapado en exigencias internas, miedos anticipados y mandatos que le piden haber sabido, haber previsto, haber controlado. Así, piensa la vida más de lo que la vive, y el pasado se convierte en un tribunal permanente.
En ese movimiento, se va perdiendo el contacto con los propios deseos. La persona ya no sabe con claridad qué quiere, qué siente ni qué necesita, aunque crea saberlo. Se adapta, controla o complace para evitar el malestar, pero al hacerlo se desconecta de sí misma. El “hubiera” fija esa desconexión y transforma la reflexión en culpa: el pasado se vuelve una deuda y el sujeto, su propio acusador.
Para no sufrir, muchas veces se bloquea el sentir. Pero ese bloqueo no solo reduce el dolor: también apaga el placer, la vitalidad y la espontaneidad. Se gana control, pero se pierde presencia. Esta desconexión no queda solo en la mente; también se expresa en el cuerpo, en la sexualidad y en los vínculos, etc. Aparecen tensiones, síntomas físicos, dificultades para disfrutar, problemas de deseo o intimidad, y relaciones marcadas por dependencia, miedo al abandono, control o distancia afectiva.
Una mirada desde el psicoanálisis
Desde el psicoanálisis, el “hubiera” no se entiende como un simple error de pensamiento. Freud lo ubica del lado de la culpa inconsciente, especialmente visible en la neurosis obsesiva, donde la persona revisa una y otra vez lo que hizo buscando el punto exacto en el que “debió” haber actuado de otro modo. Detrás de esa revisión hay una ilusión: la de haber podido dominar completamente lo ocurrido.
Lacan lleva esta idea más lejos al señalar que un acto produce un antes y un después que no puede corregirse. Por eso, el “si yo hubiera” no sólo es ilusorio, sino imposible. Funciona como una escena imaginaria que intenta tapar el punto donde el acto toca lo real, donde aparece un límite. Aunque el sentido de lo vivido se construya con el tiempo, interpretar el pasado no es reescribir.
Tampoco el deseo es algo que se sepa de antemano. No aparece como una intención clara antes del acto, sino que se deduce después, al leer lo que se hizo. Por eso, decir “yo hubiera querido otra cosa” suele ser una forma de desconocer esa temporalidad y de sostener la ficción de un yo que tendría que haber sabido.
En este sentido, el “hubiera” no es solo una frase: es una defensa. No se trata de corregirla ni de reemplazarla por un pensamiento más racional. Lo importante es interrogar qué se pone en juego cuando se insiste en ella: qué culpa se sostiene, qué escena se repite, qué responsabilidad se evita.
El trabajo terapéutico
Desde esta perspectiva, los síntomas no son enemigos a eliminar. Ansiedad, tristeza, síntomas corporales o conflictos vinculares no son fallas personales, sino respuestas que alguna vez tuvieron sentido. El trabajo terapéutico no busca borrar el pasado ni normalizar al sujeto, sino permitirle dejar de exigirse un dominio imposible y encontrar una forma singular de vivir con lo que efectivamente hubo.
No se trata de corregir lo que no fue. Se trata de hacerse responsable de lo que fue, sin quedar atrapado en la culpa. Allí donde no hay vuelta atrás, puede abrirse otra manera de estar en la propia vida.
Cuando el “si yo hubiera” se vuelve insistente y empieza a sentirse el malestar, la terapia puede ser una alternativa. No como una solución rápida ni como una forma de corregir el pasado, sino como un espacio para poder decir eso que se repite, escucharlo de otro modo y dejar de quedar atrapado en el reproche. Allí, lo que hoy aparece como culpa puede empezar a leerse como una pregunta por el deseo y por la responsabilidad posible, sin exigirse un dominio imposible sobre lo que ya fue.


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