​Cuando volver a casa tras vivir en otro país es un problema

La llegada al hogar después de haber emigrado es muy dura si no volvemos a aprender a vivir ahí.

Arturo Torres

Arturo Torres

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Irse a vivir a otro país no solo supone un choque cultural en el momento de llegar a la nueva casa y adaptarse a las costumbres locales de la tierra extranjeras. Muchas veces, supone también un segundo choque, eso sí, que llega con algo de desfase temporal. Concretamente, cuando volvemos a nuestro país de origen y nos damos cuenta de que todo ha cambiado.

Este es un fenómeno que se conoce como choque cultural inverso y que es una de las consecuencias del desarraigo y la ansiedad que trae con sigo la emigración. Y es una sensación tan vívida e intensa como difícil de describir.

Readaptándonos a lo que creíamos conocer

Cuando alguien emigra a un lugar lejano, no solo debe invertir tiempo y esfuerzo en adaptarse al nuevo paisaje y a las costumbres que priman en este; también está realizando otra clase de sacrificio, aunque este segundo no se note tanto. En concreto, se está perdiendo todo lo que ocurre en el lugar en el que echó sus raíces y que está vinculado a sus recuerdos, sus costumbres aprendidas y, por lo tanto, a su identidad y autoconcepto.

Esta faceta tan discreta del desarraigo tiene otro inconveniente. A diferencia de lo que ocurre cuando luchamos por adaptarnos al país extranjero al que hemos ido a vivir, el impacto que supone llegar a casa después de varios años y darnos cuenta de que ya no estamos tan vinculados a él es algo que no nos esperamos, que nos sorprende y que, por ello, nos produce una dosis extra de estrés.

El choque cultural inverso aparece justamente en ese roce con chispas entre el país de origen que estamos visitando y lo que esperábamos encontrarnos al llegar a este.

Extraños en nuestro propio hogar

El tiempo pasa para todo el mudo, también para los que se van a vivir fuera. Por eso supone un duro golpe volver a casa y darnos cuenta no solo que nos hemos perdido un montón de acontecimientos relevantes, sino que además ni siquiera sabemos "movernos" muy bien por este lugar.

¿Qué amistades nos quedan? ¿A dónde han ido a parar parte de los negocios y los comercios a los que solíamos acudir? ¿Cómo ha podido cambiar tanto la gente a la que amábamos? Todas estas preguntas, sumadas al hecho de que con el tiempo las personas de nuestro círculo social han ido desacostumbrándose a pasar tiempo con nosotros, pueden hacer que experimentemos tres sensaciones: aislamiento, confusión y dudas sobre la propia identidad.

El choque cultural inverso

El choque cultural inverso es, justamente, lo que se experimenta al sentir que no se encaja con la manera de hacer y de actuar con la cultura a la que se consideraba que uno mismo pertenecía por el hecho de haber vivido en ella durante muchos años en el pasado.

Por un lado, la vida en el país de origen no se ha mantenido estática, sino que ha ido evolucionando tanto materialmente como culturalmente. Por el otro la forma de actuar y de pensar del país al que emigramos también habrá dejado una huella en nuestro cerebro, aunque no la notemos, y por eso es muy probable que al volver a casa lo veamos todo con otros ojos.

El hecho de regresar al hogar y no sentirnos enteramente ni de un lugar ni del otro hace que nos sintamos desarraigados y que necesitemos readaptarnos a la vida en el país que nos vio crecer.

Frustración por las nuevas costumbres

Volver a casa y frustrarnos al no encontrar grandes superficies abiertas los domingos, desesperarnos con la manera de hablar de nuestros compatriotas, no encontrar ingredientes que aprendimos a amar más allá de las fronteras del propio país... La suma de estos pequeños sucesos cotidianos puede hacer que nos sintamos frustrados y estresados, e incluso que no podamos hacer que nuestros planes y horarios funcionen bien durante una temporada.

Regresar al hogar del mejor modo posible implica tener claro que deberemos dedicar unos mínimos esfuerzos en volver a adaptarnos a este lugar que nos resulta tan familiar. A fin de cuentas, tanto lo que hemos aprendido durante nuestros años viviendo fuera como lo que olvidamos de nuestra propia tierra, pasando por lo que creíamos que seguiría estando igual en nuestro propio vecindario, puede llegar a hacer que nos sintamos muy perdidos, solos y confundidos si no le ponemos remedio.

Volviendo a aprender a vivir en nuestro país

¿Qué hacer en estos casos? Lo principal es romper con el posible aislamiento que puede llegar a apoderarse de nuestras vidas si asumimos que podemos volver a nuestro país de origen y actuar tal y como lo hacíamos antes. Es posible que tengamos que ampliar nuestro círculo de amistades y que pongamos más de nuestra parte por quedar con los amigos que conservamos.

Del mismo modo, es preferible no fingir que los años pasados fuera no han existido: abrazar lo que las tierras lejanas nos han enseñado es una buena idea, ya que esa clase de recuerdos han pasado a formar parte de la propia identidad y tratar de suprimirlas resultaría una impostura, además de ser un golpe hacia la propia autoestima. ¿Si hay que esconder esos signos de que se ha vivido fuera, significa que la marca que nos ha dejado el otro país son indeseables y que valemos menos por haberla dejado entrar en nuestra forma de pensar? Por supuesto que no.

Arturo Torres

Arturo Torres

Psicólogo

Licenciado en Sociología por la Universitat Autónoma de Barcelona. Graduado en Psicología por la Universitat de Barcelona. Posgrado en comunicación política y Máster en Psicología social.

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