Jorge se levanta a las seis de la mañana desde hace tres años. Lo hace porque leyó que los que «triunfan» madrugan, porque su primera reunión es a las ocho, porque a esa hora el resto de la casa todavía duerme y puede concentrarse.
El problema es que, a las seis de la mañana, su cuerpo no está listo para nada. Se sienta frente a la computadora y las primeras dos horas las pasa leyendo el mismo párrafo tres veces. Recién a media mañana empieza a sentir que su cabeza arrancó de verdad. Y, para las nueve de la noche, cuando por fin nota que está lúcido, ya no tiene margen para usar esa lucidez en nada productivo. Jorge no tiene un problema de disciplina. Tiene un cronotipo distinto al horario que eligió para vivir.
Un reloj que no está en la cabeza: está en cada célula
Durante mucho tiempo se pensó el ritmo circadiano como una costumbre, algo que se ajusta a fuerza de voluntad: duérmete más temprano, levántate más temprano y, en unas semanas, tu cuerpo se acostumbra. La genética molecular vino a corregir esa idea de raíz. En 2017, Jeffrey Hall, Michael Rosbash y Michael Young ganaron el Nobel de Medicina por describir el mecanismo exacto que regula ese reloj a nivel celular: un conjunto de genes —el más conocido, period— que se activan y desactivan en un ciclo de aproximadamente 24 horas, dentro de prácticamente todas las células del cuerpo, no solo en el cerebro.
Ese reloj interno tiene un director de orquesta, ubicado en una zona diminuta del hipotálamo llamada núcleo supraquiasmático, que recibe información directa de la luz que entra por los ojos y va sincronizando al resto del organismo: cuándo sube el cortisol para despertar el cuerpo, cuándo empieza a segregarse melatonina para prepararlo para dormir, cuándo la temperatura corporal y la presión arterial suben o bajan. Todo esto ocurre estés despierta o no, lo decidas o no.
Ese mismo mecanismo, tan preciso, es fácil de confundir. La luz artificial —y, en particular, la luz azul de pantallas, celulares y monitores— llega a esas mismas células del ojo que le avisan al núcleo supraquiasmático: «Todavía es de día», incluso a las once de la noche. El resultado es una melatonina que tarda en subir, un reloj que recibe señales contradictorias y un cuerpo al que cada vez le cuesta más distinguir cuándo empieza y cuándo termina su propio día.
Jorge, además de forzar su horario laboral contra su cronotipo, se queda respondiendo mensajes hasta tarde bajo la luz de la pantalla, así que su reloj biológico recibe la señal de «es de día» en dos puntas del día a la vez, mañana y noche, sin ninguna franja clara de descanso real en el medio.
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Maria Alejandra Dabos
Maria Alejandra Dabos
Neuro-Liderazgo & Psicoterapia | External Brain Partner para C-Suite
Por qué no todos los relojes están calibrados igual
El investigador Till Roenneberg pasó buena parte de su carrera documentando algo que Jorge podría haber adivinado solo: el horario en el que el cuerpo funciona mejor varía enormemente entre personas, y esa variación tiene base biológica, no es capricho ni falta de fuerza de voluntad. A esto lo llamó cronotipo.
Hay personas genuinamente matutinas, cuyo pico de rendimiento cae temprano. Hay personas vespertinas, cuyo reloj interno está corrido varias horas hacia adelante. Y la mayoría se ubica en algún punto intermedio.
Cuando el horario social —el trabajo, el colegio, las reuniones a las ocho— no coincide con el horario biológico de una persona, Roenneberg le puso un nombre a esa brecha: jet lag social. Es como cruzar husos horarios sin haberte subido nunca a un avión, todos los días de tu vida laboral.
El costo de vivir en la hora equivocada
Esto no es únicamente una cuestión de productividad matutina. El modelo de dos procesos que describió el investigador suizo Alexander Borbély en los años ochenta explica por qué: el sueño y la vigilia dependen de dos sistemas que se combinan.
Uno es la presión de sueño, que se acumula cuanto más tiempo llevás despierta. El otro es el ritmo circadiano, que abre y cierra ventanas de alerta a lo largo del día, casi independientemente de cuánto hayas dormido.
Cuando esos dos sistemas están desalineados —como le pasa a Jorge, que fuerza alerta en una franja donde su reloj biológico todavía lo tiene en modo bajo—, el cuerpo no responde con más rendimiento. Responde con más cortisol, peor regulación del apetito, alteraciones del ánimo y, con el tiempo, un desgaste acumulativo que se le llama carga alostática.
Jorge podría cambiar de estrategia sin cambiar de horario laboral del todo: reorganizar qué tareas hace en cada franja, en lugar de pedirle a las seis de la mañana un rendimiento que su biología todavía no tiene disponible. Reservar lo mecánico —mails, planillas, tareas que no exigen demasiado criterio— para esas horas de baja alerta y dejar lo que realmente requiere lucidez para la franja donde su reloj biológico ya está trabajando a favor y no en contra.
También ayudaría, aunque suene menor, algo tan simple como oscurecer la última hora del día: bajar el brillo de las pantallas, no revisar el mail de trabajo a las once de la noche, dejar que la melatonina suba cuando tiene que subir, en lugar de pedirle al cuerpo que sea de día en dos horarios distintos.
Pero, antes de llegar a cualquiera de esos ajustes, hay un paso previo que casi nadie da: dejar de interpretar el propio reloj biológico como una falla de carácter y empezar a leerlo como información.
Jorge no rinde mal a las seis de la mañana porque le falte compromiso. Rinde distinto porque su cuerpo, a esa hora, todavía no encendió del todo, y eso, que parece un detalle menor, es, en realidad, el dato que durante tres años estuvo tratando de ignorar a fuerza de café y de horarios que no eran los suyos.
Sobre la autora
Alejandra Dabos es Neurosicoeducadora (UBA), Psicoterapeuta Integrativa y Coach Internacional ICC (Matrícula 13759). Fundadora del Real Mind Method™ y del Executive Sovereignty Program™. Se desempeña como External Brain Partner para directivos de alto rango y figuras del C-Suite. Es columnista en Psicología y Mente, además de ser citada frecuentemente por Infobae como especialista en neurociencia aplicada al liderazgo. Autora del libro El Impuesto Invisible: Lo que tu cerebro decide antes de que tú lo sepas, y lo que le cuesta a tu empresa (2026).
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Maria Alejandra Dabos
Maria Alejandra Dabos
Neuro-Liderazgo & Psicoterapia | External Brain Partner para C-Suite










