Tenía 13 años cuando un amigo del instituto apareció con un trozo de hachís que le había quitado a su hermano. Se alejaron del pueblo, lo probaron, y ahí empezó una historia que se alargaría más de dos décadas. José Manuel, chef de 57 años, no viene de una familia rota ni carga con traumas de infancia: tuvo, dice, una niñez feliz. Quizá por eso tardó tanto en verlo.
Fue un adicto funcional, con trabajo, mujer e hijo, hasta que lo perdió todo. El día en que decidió parar, descubrió que no podía. Pero, sí pudo. Hoy lleva siete años y medio limpio y ha recuperado su autoestima y su dignidad. Su vida.
José Manuel, ¿cómo empezó todo?
Empecé muy jovencito, con 13 años, fumando hachís con unos amigos del instituto. Uno de ellos se lo había quitado a su hermano, nos fuimos lejos de la zona del pueblo y ahí lo probé por primera vez. Luego vino el alcohol y, sobre los 18 o 19 años, la cocaína. Toqué muchas otras sustancias, pero la droga que me atrapó, la que se convirtió en el amor de mi vida, fue la cocaína.
Tenía una falsa sensación de control. Hasta el día que quise parar y no pude.
Mucha gente asocia la adicción a una infancia difícil. ¿Fue su caso?
No. Yo no vengo de una familia disfuncional. Tuve una infancia feliz, no sufrí malos tratos ni situaciones traumáticas. Conozco muchas historias de compañeros, algunas muy distintas a la mía y otras muy parecidas. En mi caso creo que fue el querer pertenecer a otro grupo de personas, acercarme a otra gente, buscar otro aliciente en la vida. La adicción no mira de dónde vienes.
¿Cuándo se dio cuenta de que tenía un problema?
Tardé muchísimo. Yo era lo que se llama un adicto funcional. Trabajaba, pagaba mi casa, tenía a mi mujer y a mi hijo. Es verdad que a veces faltaba al trabajo, que los consumos se me iban de las manos, pero nunca tuve esa sensación de ser adicto. Tenía una falsa sensación de control. Hasta el día en que dije que no quería consumir más. Al día siguiente necesité consumir otra vez. Ahí empezó la lucha del «quiero y no puedo», la adicción pura y dura: hacer las cosas sin querer hacerlas.
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¿Hubo un momento que lo precipitara todo?
Mi separación. Cuando me divorcié toqué uno de los fondos más grandes de mi vida. Tenía un malestar enorme conmigo mismo y me lo quité con el único remedio que conocía, el que me anestesiaba y me hacía olvidar. O eso creía. Fue un consumo desmedido, empecé a tocar otras sustancias y llegó el descontrol total.
¿Qué le quitó la adicción?
He perdido un negocio, propiedades, pareja. He perdido familia. Los amigos se alejan de ti; tú crees que no pasa nada, pero cuando tomas conciencia entiendes por qué se alejaba la gente. Y sobre todo se pierden muchos valores. Se pierde la dignidad. Y queda mucha vergüenza para enfrentarte a todo eso.
¿Cómo dio el paso de pedir ayuda?
Lo principal que tiene que hacer una persona en esta situación es pedir ayuda, a quien tenga más a mano, que suele ser la familia. Yo pedí ayuda a la mía y entre ellos y yo decidimos qué hacer. Primero probé con terapia en consulta, con psicólogos especialistas en adicciones.
¿Funcionó?
En aquel momento no, y no por ellos. Yo quería ayuda, pero a la carta. No la que necesitaba, sino la que yo quería. Quería seguir manteniendo ciertas amistades, seguir haciendo más o menos las mismas cosas. Y para salir de esto hay que cambiarlo todo: el círculo de amigos, los lugares a los que vas, la forma de comportarte. Lo difícil era ese desarraigo, salir del mundo que me había creado y quedarme con ese vacío, enfrentándome a cosas nuevas. Para eso no estaba preparado. La primera vez que me ingresé tenía 33 o 34 años.
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¿Cómo fue ese internamiento?
Primero estuve en Proyecto Hombre, que era lo más conocido. Los recursos públicos tienen listas de espera y en aquella época te derivaban mucho allí. No me funcionó porque lo dejé quince días antes de que me dieran el alta terapéutica. Me creía capaz de navegar solo. Fue una equivocación. Después estuve en un centro privado: unos seis meses internado y, en total, unos dos años de terapia. Esa vez me fue bien, entre comillas. Estuve seis años y medio limpio.
He aprendido a decir que no. He recuperado mi estabilidad emocional, mi identidad, mis valores, amistades y familia.
¿Por qué «entre comillas»?
Porque estuve sin consumir, pero con las mismas actitudes. No había cambiado por dentro. La terapia me funcionó, el problema llegó con el alta. Salí a enfrentarme a la vida solo, sin todas las herramientas que necesitaba, y acabé teniendo otra recaída gorda.
Y en esa recaída encontró otro camino.
Sí. Llevaba dos o tres días consumiendo, estaba en el coche buscando en el móvil un sitio donde ingresarme. Los que encontraba eran carísimos, y tras una recaída los recursos económicos son escasos. En Facebook me salió el anuncio de un terapeuta especialista en adicciones. Era domingo por la mañana y le llamé. Él me habló de Narcóticos Anónimos, que yo no conocía, y me dijo que había una reunión cerca de donde vivía. El martes fui. Estuve casi un año limpio, pero todavía no me había rendido del todo y recaí otra vez. Volví, y desde entonces combiné el psicólogo y el programa. Hoy llevo siete años y medio limpio.
¿Cómo es su vida hoy?
Es como darle la vuelta a la servilleta. Es otra vida. Tengo conciencia de la enfermedad que tenía y herramientas para enfrentarme a las cosas. He aprendido a decir que no. He recuperado mi estabilidad emocional, mi identidad, mis valores, amistades y familia. Antes iba a un concierto y me pasaba la hora y media pensando dónde iba a consumir, con quién, quién la tenía. Ahora voy con una botella de agua y lo disfruto. Llevo mi entorno seguro alrededor, como un aura que me protege.
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¿Cómo vivía el juicio de los demás durante aquellos años?
Me sentía observado. Iba a un centro comercial y me sentía pequeño, avergonzado, deseando irme. Me juzgaba tanto a mí mismo que creía que todo el mundo me rechazaba. Por eso hace falta humanizar esta enfermedad. No somos bichos raros: somos personas normales con un problema muy grave que nos puede llevar a la muerte. Es muy poca la gente que consigue ir sumando tiempo limpio.
¿Qué le diría a alguien que hoy está donde usted estuvo, o a su familia?
Que pida ayuda, y que la pida a profesionales. Yo intenté salir solo muchas veces y no pude. La adicción es una enfermedad mental, física y espiritual, y necesita tratamiento. Hay que buscar un psicólogo especialista en adicciones o una clínica, y dejarse ayudar de verdad, no a la carta. Con el psicólogo le puse nombre a lo que me pasaba y aprendí pautas que todavía uso. Los grupos de autoayuda suman muchísimo, pero el apoyo psicológico fue indispensable. Sin él yo no estaría aquí contándolo.
*José Manuel prefiere omitir su identidad, porque es el portavoz en España de Narcóticos Anónimos, cuyo principio básico es preservar el anonimato. No lo hace por vergüenza o estigma, toda esa etapa ya la superó y cree que su testimonio puede ayudar a muchas personas con conducta adictiva y a sus familias a dar el primer paso para buscar ayuda.











