¿Te sueles sentir apático o triste, pero no consideras que altere demasiado tu vida cotidiana? ¿Te parece que vives en un mundo que no tiene sentido, adverso? ¿Ves un futuro sombrío sin ningún tipo de posibilidad de que eso cambie?
En ese caso, es posible que sufras este trastorno psicológico que pueda percibirse como imperceptible pero termina pasando factura a quien lo padece. Se trata de la distimia, un trastorno del estado de ánimo que influye en la percepción que una persona tiene de sí misma y de su entorno.
¿Cómo es la distimia?
Sus síntomas suelen aparecer y desaparecer de forma esporádica pero prolongada en el tiempo. En la distimia, y al contrario de lo que sucede con la depresión, podemos continuar con nuestras tareas cotidianas de una forma más o menos regular. Sin embargo hay una sensación de pesadumbres que nos va acompañando en nuestro día a día. Es una sensación de estancamiento y vacío.
Se siente como si uno estuviera pasando los días sin rumbo, mirando la vida a través de un vidrio empañado. Quien lo padece suele considerarlo simplemente como una “manera de ser”, siendo una característica más en su personalidad. Lo más típico es que se trate de personas irascibles, algo pesimistas o insatisfechas con la vida. Casi nunca se sienten muy mal pero tampoco se sienten bien, viven en un permanente gris.
La distimia es uno de los trastornos más frecuentes en nuestros tiempos; podemos decir que casi un 30% de las personas se encuentran con esta problemática en algún momento. Al tener una vida funcional (es decir, trabajar, estudiar, formar pareja, amigos) puede pasar más desapercibida por quienes forman parte de su entorno, ya que no impacta de manera tan profunda y marcada como ocurre con la depresión mayor, lo que deriva en un mayor desamparo y vulnerabilidad por parte de quien la padece.
Diversos estudios han demostrado que esta problemática obedece a una “naturaleza genética” debido a una deficiencia en los niveles de serotonina, noradrenalina y/o dopamina en el sistema nervioso central o bien debido a alteraciones del sistema hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA), que, asociado a situaciones traumáticas de estrés y tensión constante, termina derivando en un desinterés por todo, afectando todos los aspectos de la vida diaria.
¿Qué podemos hacer al respecto?
Ahora bien, lo más importante es dar el primer paso, que evidentemente pasa por reconocer que no nos encontramos todo lo bien que nos gustaría. Comprender que se trata de una afección diferente a simplemente estar apáticos, desmotivados o tristes.
Parte del peligro radica, al sentirnos distímicos, en la dificultad de notar el descenso del placer o la disminución del impulso. Es decir, uno no toma conciencia de que se desliza lentamente hacia la soledad, siendo indiferente a tu propia indiferencia. Cuando no puedes ver tu propio sufrimiento, no buscas ayuda ni haces mucho para ayudarte.
Una buena estrategia a la hora de gestionar las emociones es poder identificarlas para nombrarlas; de esta manera, podría darnos una ventana más clara de lo que había sido hasta ahora una experiencia borrosa. Recordarnos que no estamos solos: el decaimiento anímico es algo usual y compartido.
Contar con una red robusta de familiares o de amigos es la mejor forma de prevenirlo, ya que este tipo de afecciones nos lleva por lo general a aislarnos progresivamente empeorando aún más el problema.
Intenta empezar con pequeñas victorias, dedicando un tiempo diario a enfocarnos en metas que nos importen: un objetivo que valga la pena, un proyecto interesante. A veces es un pequeño paso para redescubrir parte de la energía que hemos echado de menos durante todos estos meses.
Por último, cabe destacar que un tratamiento para la distimia basado en la evidencia se basa en la terapia de activación conductual y terapia de aceptación y compromiso, ayudando a poner en marcha los cambios internos y externos necesarios para poder sentirnos bien con nosotros mismos y gozar de una vida que valga la pena ser vivida.
La distimia no está solo en nuestras cabezas: está en nuestras circunstancias. Al reconocer que muchos de nosotros nos sentimos abatidos podemos empezar a darle voz a la desesperanza silenciosa y transitar un camino para salir del vacío.


Newsletter PyM
La pasión por la psicología también en tu email
Únete y recibe artículos y contenidos exclusivos
Suscribiéndote aceptas la política de privacidad











