Hace unos días, un cliente me contaba que, finalmente, había conseguido pasar un fin de semana con sus hijas en la playa. Había trabajado mucho durante las semanas anteriores y esperaba ansioso esos dos días con ellas. Por fin estaban allí. Las niñas estaban felices, el tiempo era ideal y tenían todo el fin de semana por delante.
Sin embargo, con desconcierto y con dolor, me relataba que él no conseguía disfrutar. No entendía muy bien qué le había pasado y le entristecía no haber podido estar plenamente presente con sus hijas aquel fin de semana tan especial. Se notaba que era una situación que le resultaba difícil de explicar: tenía aquello que tanto había deseado, pero no conseguía sentirse como esperaba.
Y esto es algo que escucho con frecuencia en consulta. Personas que llegan a una escapada que llevaban meses esperando, que se sientan a comer con amigos o que por fin disponen de un rato para sí mismas y descubren que no pueden sentir el gozo que el momento les regala. Están allí, pero su atención parece encontrarse en otro lugar.
Y es que, a veces, no nos falta tiempo ni nos faltan motivos para pasarlo bien. Lo que nos cuesta es habitar el momento que estamos viviendo. En ocasiones, lo que nos aleja de él no es lo que está ocurriendo, sino la necesidad de mantenernos constantemente ocupados.

Georgina Hudson
Georgina Hudson
Terapeuta Transpersonal, Coach Transformacional, Coach Vida Y Estrategia,
Cuando hacer se convierte en una manera de aprovechar el tiempo
Hacer forma parte de la vida. Tenemos responsabilidades, proyectos, personas a las que cuidar y decisiones que tomar. Hay momentos en los que necesitamos actuar, resolver y avanzar porque las circunstancias lo requieren. No se trata de cuestionar los momentos que requieren de nuestra acción. La complicación aparece cuando empezamos a asociar el estar activos con aprovechar el tiempo.
En una cultura que nos enseña a ser productivos constantemente, podemos llegar a sentir que nuestro tiempo solo está bien utilizado cuando estamos haciendo algo con él. Si estamos ocupados, sentimos que avanzamos. Si resolvemos un problema, sentimos que somos útiles. Si conseguimos tachar tareas de nuestra lista, experimentamos la satisfacción de haber sido eficientes.
Poco a poco, podemos acostumbrarnos a medir el valor de nuestro tiempo por aquello que conseguimos hacer con él. Y cuando no hay nada urgente que resolver, puede aparecer una sensación de incomodidad, como si estuviéramos desaprovechando una oportunidad.
Esta forma de relacionarnos con el tiempo puede dificultar algo tan aparentemente sencillo como permanecer presentes en una experiencia sin intentar sacarle un rendimiento. Después de semanas de trabajo y responsabilidades, mi cliente había llegado a ese fin de semana con sus hijas, pero quizá necesitaba algo más que disponer de tiempo para poder relajarse y disfrutar. Pensemos en que el cuerpo y la mente no siempre cambian de ritmo con la misma rapidez que nuestras circunstancias. Además, en ocasiones, mantenernos ocupados también puede ser una excusa para no detenernos ante lo que sentimos.
Cuando mantenernos ocupados nos aleja de lo que sentimos
Mantenernos ocupados, en algunos de nosotros, también puede cumplir una función que va más allá de la productividad. Mientras nuestra atención está dirigida hacia una tarea, un proyecto o algo que necesitamos resolver, evitamos prestar atención a lo que ocurre en nuestro interior.
Esto no significa que toda actividad sea una forma de evitación. Como proponía antes, hay etapas en las que las responsabilidades son reales y, si las castañas están ardiendo, tenemos que trabajar, cuidar y afrontar los problemas que no pueden esperar.
El problema aparece cuando necesitamos mantenernos ocupados para no entrar en contacto con aquello que sentimos.
Y la verdad es que, cuando disminuye la actividad, suelen hacerse más visibles el cansancio, el aburrimiento, la inquietud, la tristeza, la ansiedad, etc. Y ante esa incomodidad podemos buscar rápidamente algo que hacer para tapar esa sensación, incluyendo el hacer en la mente: pensando, anticipando, planificando o intentando adelantarnos a situaciones.
No siempre somos conscientes de que estamos funcionando así. A menudo, lo que percibimos es que nos cuesta parar o la sorpresa de que deberíamos sentirnos mejor de lo que nos sentimos. Si estamos en la playa con nuestros hijos, como en el ejemplo de mi cliente, quizá pensemos que no tenemos derecho a estar medio ausentes o desconectados.
Pero nuestras emociones no siempre se ajustan a las circunstancias externas. Podemos tener una vida que, desde fuera, parece ir bien y sentirnos desanimados. Podemos estar viviendo un momento súper esperado y no experimentar demasiada felicidad. Podemos querer disfrutar y, aun así, no saber por qué no podemos hacerlo.
Estar presentes no significa sentirnos bien todo el tiempo
Estar presentes no significa disfrutar o estar agradecidos por todo lo que se nos presenta. Significa poder darnos cuenta de lo que estamos viviendo y permanecer cerca de ello, incluso cuando no coincide con lo que esperábamos.
Podemos sentir preocupación mientras compartimos un buen momento con un ser querido y, aun así, no dejarnos arrastrar por aquello que nos está nublando un poco. Podemos sentir tristeza durante un fin de semana que habíamos imaginado feliz y permitirnos estar así y dar lo mejor de nosotros, sin exigirnos cambiar de estado inmediatamente.
La presencia no consiste en sentirnos bien todo el tiempo, sino en poder reconocer lo que sentimos y regresar, con amabilidad, a lo que estamos viviendo.
Desde la práctica del mindfulness, esta capacidad se relaciona con aprender a observar lo que ocurre sin reaccionar de forma automática ante cada pensamiento, emoción o sensación. No se trata de quedarnos pasivos ni de dejar de actuar, sino de crear un pequeño espacio entre lo que experimentamos y la respuesta que damos.
Ese espacio puede ayudarnos a distinguir entre hacer algo porque la vida lo necesita o hacerlo porque no soportamos permanecer unos instantes con lo que sentimos.
Estar presentes sin abandonar nuestras responsabilidades
Estar presentes no significa abandonar nuestras responsabilidades. Significa intentar no perdernos a nosotros mismos mientras las atravesamos.
La cuestión no es hacer menos ni conseguir que cada momento nos resulte placentero. La idea es aprender a reconocer cuándo estamos viviendo lo que tenemos delante y cuándo nos hemos alejado de ello, arrastrados por la preocupación, la autoexigencia o las expectativas.
Desde mi propia experiencia, y también escuchando a tanta gente, veo que disfrutar del aquí y ahora no consiste en obligarnos a sentir algo diferente de lo que nos pasa, sino en aflojar la exigencia de que el momento tenga que ser exactamente como lo habíamos imaginado.
A veces, cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos y nos permitimos estar un poco más tranquilos con ello, podemos empezar a vivir lo que tenemos delante sin pedirnos que sea perfecto. Y es ahí donde algo en nuestro interior se calma y nos abrimos a la vida con presencia y amor.

Georgina Hudson
Georgina Hudson
Terapeuta Transpersonal, Coach Transformacional, Coach Vida Y Estrategia,












