Tablets, móviles y televisión aparecen cada vez antes en la vida de los niños. La investigación ha encontrado relaciones entre un uso elevado y distintos indicadores del desarrollo cognitivo y cerebral, pero la imagen es más compleja que afirmar que «las pantallas dañan el cerebro»: importan la edad, el contenido, el contexto y aquello que sustituyen.
Un niño de dos años toca una pantalla y descubre que, deslizando el dedo, puede hacer aparecer sonidos, colores y personajes. Aprende rápidamente dónde pulsar, cómo pasar un vídeo o cómo encontrar aquello que le interesa. Desde fuera, la escena resulta llamativa: maneja una tecnología compleja antes de saber leer, abrocharse los zapatos o mantener una conversación larga.
Esa facilidad puede llevarnos a dos interpretaciones opuestas. Para algunos padres, demuestra que la tecnología estimula el desarrollo. Para otros, que estamos exponiendo demasiado pronto a un cerebro todavía inmaduro. Sin embargo, ninguna de las dos conclusiones resulta completamente satisfactoria. El cerebro infantil es extraordinariamente plástico, pero precisamente por ello se desarrolla a través de muchas experiencias diferentes: movimiento, lenguaje, juego, observación, interacción social, sueño y exploración física.
La pregunta relevante no es simplemente si un niño «usa pantallas», sino cuánto las utiliza, a qué edad, con qué contenido, acompañado por quién y, sobre todo, qué actividades dejan de ocurrir mientras está delante de ellas. La evidencia actual permite identificar asociaciones importantes, pero todavía debemos ser prudentes antes de convertirlas en afirmaciones causales sobre el cerebro.

Fundacion Recal Fundacion Recal
Fundacion Recal Fundacion Recal
Tratamiento de Adicciones
Un cerebro que aprende interactuando con el mundo
Durante los primeros años se producen enormes cambios en la organización cerebral. Se establecen y reorganizan conexiones neuronales mientras el niño aprende a hablar, controlar progresivamente su conducta, interpretar expresiones, moverse por el entorno y relacionarse con otras personas.
Muchas de estas habilidades necesitan algo que una pantalla no siempre puede proporcionar por sí sola: interacción contingente. Un bebé emite un sonido, un adulto responde; el niño señala un objeto y alguien le pone nombre; intenta coger algo, falla y modifica el movimiento. El entorno responde continuamente a lo que hace.
Esto explica por qué el efecto de las tecnologías no debería estudiarse únicamente contando minutos. La Academia Americana de Pediatría actualizó en 2026 su enfoque y subrayó que hablar exclusivamente de «tiempo de pantalla» resulta demasiado simplificador. El tipo de contenido, el diseño de las plataformas, la presencia de los cuidadores y la forma en que los medios desplazan otras experiencias también importan.
En edades muy tempranas existe, además, una dificultad conocida para trasladar información observada en una pantalla al mundo real. Por eso, una experiencia digital no equivale necesariamente a manipular objetos, escuchar a un adulto o explorar físicamente el entorno.
¿Qué han encontrado los estudios sobre el cerebro?
Las investigaciones de neuroimagen han empezado a estudiar si existen diferencias cerebrales asociadas al uso de pantallas. Uno de los trabajos más conocidos fue publicado en JAMA Pediatrics por John Hutton y sus colaboradores. En niños de edad preescolar encontraron que un mayor uso de pantallas, medido mediante una escala que recogía cantidad y características del consumo, se asociaba con diferencias menos favorables en la integridad de determinados tractos de sustancia blanca implicados en lenguaje y habilidades emergentes de alfabetización.
Ahora bien, esto no significa que utilizar una tablet «destruya sustancia blanca». El estudio era observacional y no permite demostrar que la pantalla fuese la causa. Las familias con mayor exposición digital pueden diferir también en rutinas, interacción, sueño, nivel socioeconómico u otras variables difíciles de separar completamente.
Una revisión sistemática publicada en 2026 reunió nueve investigaciones de neuroimagen realizadas con niños de hasta 12 años. La mayoría encontró asociaciones entre mayor exposición y diferencias en grosor cortical, sustancia gris o blanca, volumen cerebeloso o conectividad en redes relacionadas con lenguaje, atención, regulación emocional y funciones ejecutivas. Sin embargo, los propios autores destacaron la escasez de estudios, la gran variedad de metodologías y la imposibilidad de establecer todavía conclusiones causales firmes.
Y hay resultados que obligan a evitar mensajes alarmistas. Un estudio longitudinal con datos del gran proyecto estadounidense ABCD siguió durante cuatro años a niños que tenían unos diez años al inicio y analizó televisión, videojuegos y redes sociales junto con resonancias magnéticas. Los investigadores no encontraron que esos usos modificaran el desarrollo global del volumen cortical o del estriado.
Lenguaje, atención y funciones ejecutivas: más allá de la anatomía cerebral
Muchas investigaciones se centran no en la estructura cerebral, sino en las habilidades que dependen de ella. Las funciones ejecutivas incluyen capacidades como controlar impulsos, mantener información en la memoria de trabajo, cambiar de estrategia o sostener la atención.
Una revisión sistemática publicada en 2024 examinó conjuntamente tiempo de pantalla, lenguaje y funciones ejecutivas en la primera infancia. Los resultados mostraron una imagen heterogénea: el tiempo total importaba, pero también el contenido, si el consumo era activo o pasivo, la interacción entre padres e hijos y el contexto familiar.
Esto resulta fundamental. Ver durante una hora vídeos rápidos y diseñados para mantener constantemente la atención no es necesariamente equivalente a utilizar una aplicación educativa durante veinte minutos acompañado por un adulto que hace preguntas y conecta aquello que aparece con el mundo real.
En otro pequeño estudio longitudinal, niños con un uso elevado de pantallas táctiles mostraron posteriormente peores resultados en algunas pruebas de memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva. Sin embargo, ciertas asociaciones dejaron de ser significativas al tener en cuenta la exposición a televisión y los propios investigadores advirtieron que podría existir causalidad inversa: quizá algunos niños con determinadas características atencionales se sientan también más atraídos por las pantallas.
Lo importante también es aquello que la pantalla sustituye
Aquí encontramos probablemente una de las ideas más útiles para las familias. Una hora de pantalla no actúa sobre el desarrollo en el vacío. Ocupa una hora que podría haberse dedicado a otra actividad.
Si sustituye sueño, juego físico, conversaciones, lectura compartida o interacción con otros niños, puede disminuir oportunidades para practicar habilidades esenciales. La OMS insiste precisamente en considerar conjuntamente sueño, actividad física y tiempo sedentario. Para menores de un año no recomienda tiempo sedentario frente a pantallas; para los niños de un año tampoco, y entre los dos y cuatro años recomienda no superar una hora diaria, siendo preferible menos.
Esto no significa que atravesar ocasionalmente esos límites provoque un daño neurológico. Son recomendaciones poblacionales diseñadas para favorecer un equilibrio de actividades, no fronteras biológicas tras las cuales empiece a deteriorarse el cerebro.
También importa la llamada technoference: cuando el propio dispositivo interrumpe repetidamente las interacciones entre adultos y niños. Un padre puede estar físicamente presente y, al mismo tiempo, responder constantemente a notificaciones. La nueva revisión de la Academia Americana de Pediatría destaca que las interrupciones digitales frecuentes de la relación entre cuidadores e hijos se han asociado con mayores dificultades conductuales, mientras que el uso conjunto puede favorecer el aprendizaje.
Cómo introducir la tecnología sin convertirla en el centro de la infancia
La solución difícilmente pasa por imaginar un mundo en el que los niños nunca entren en contacto con dispositivos. Formarán parte de su educación, ocio y vida social. La cuestión es cómo introducirlos sin que ocupen experiencias que resultan especialmente importantes durante los primeros años.
En los niños pequeños, el acompañamiento adulto puede marcar una diferencia. Ver juntos un contenido permite señalar objetos, formular preguntas, explicar aquello que aparece y trasladarlo después al entorno real. La recomendación clásica de la Academia Americana de Pediatría para niños de 18 a 24 meses era precisamente que, si se introducían medios digitales, fueran contenidos de calidad utilizados junto con un cuidador. Para los menores de 18 meses se desaconsejaba su uso, salvo videollamadas.
También conviene evitar que la pantalla se convierta en la respuesta automática ante cualquier aburrimiento, espera o malestar. Aburrirse durante unos minutos, inventar un juego mientras llega la comida o tolerar que un trayecto sea poco estimulante ofrece oportunidades para desarrollar autorregulación que desaparecen si cada intervalo se llena inmediatamente con vídeos.
La tecnología tampoco tiene que ser exclusivamente pasiva. Crear, dibujar, aprender algo acompañado o utilizar una aplicación con un objetivo concreto plantea experiencias diferentes del consumo infinito de contenidos diseñados para prolongar la conexión.
El problema no es una pantalla aislada, sino el ecosistema que construimos alrededor
La evidencia actual no permite afirmar que el contacto temprano con las nuevas tecnologías «dañe el cerebro» de forma inevitable. Sí encontramos asociaciones entre exposiciones elevadas y diferencias en lenguaje, funciones ejecutivas y determinados indicadores cerebrales, especialmente en edades tempranas. Pero también existen resultados nulos, importantes limitaciones metodológicas y una enorme diversidad de formas de utilizar la tecnología.
Por eso, quizá debamos abandonar la pregunta «¿cuántas pantallas son malas?» y formular una más completa: ¿qué tipo de infancia está construyéndose alrededor de ellas?
Un cerebro infantil necesita algo más que estimulación. Necesita conversación, descanso, movimiento, frustración tolerable, juego sin instrucciones, contacto físico y experiencias tridimensionales que respondan a aquello que el niño hace. Una pantalla puede incorporarse a ese entorno; el problema empieza cuando comienza a sustituirlo. La tecnología no tiene por qué competir con el desarrollo, pero durante los primeros años debería ocupar un lugar dentro de la experiencia infantil, no convertirse en el lugar donde transcurre la mayor parte de ella.

Fundacion Recal Fundacion Recal
Fundacion Recal Fundacion Recal
Tratamiento de Adicciones














