No es ningún secreto que en las últimas décadas se han realizado esfuerzos importantes para sensibilizar a la población acerca de la importancia de la salud mental. Lo que antes era visto como un signo de debilidad y era motivo de burlas y desprecios, hoy puede dar paso a una preocupación genuina y a recomendaciones de acudir a psicoterapia.
Sin embargo, de manera paralela, también se ha producido otra transformación relacionada con nuestra manera de concebir el bienestar emocional: la separación entre la vida privada y el contexto laboral ha ido desapareciendo. Hoy debemos ser máquinas de productividad las 24 horas del día, y esto significa, entre otras cosas, que se ha promovido una cultura de la inmediatez. Las experiencias gratificantes deben llegar tan rápido como la consecución de metas: todo se ha acelerado.
Ahora bien... ¿Qué implica esto para la salud mental de las personas? ¿Es esta una lógica que va en contra de esos esfuerzos de sensibilización de los que hemos hablado antes? En esta entrevista con el psicólogo Alejandro Ruiz Cristino hablamos de ello.
Entrevista a Alejandro Ruiz Cristino: la inmediatez aplicada a la salud mental
Alejandro Ruiz es psicólogo y médico, así como experto en problemas emocionales y terapia de pareja. En esta ocasión hablamos con él sobre cómo el ritmo frenético de la sociedad actual influye en la salud mental y en las expectativas de lo que significa ser feliz.

Alejandro Ruiz Cristino
Alejandro Ruiz Cristino
Lic. en psicologia, Maestría en psicoterapia psicoanalítica, tanatología y terapia de pareja
¿Cómo influye la cultura de la inmediatez (centrada en la rapidez y la eficiencia) en la forma en que entendemos hoy la salud mental?
Hablar de salud mental implica, antes que nada, detenernos a pensar en las palabras que la componen. ¿Qué entendemos por “salud” en la vida psíquica? ¿Se trata de estar plenos y felices de forma constante? ¿De alcanzar un estado ideal donde el malestar desaparezca por completo? Estas preguntas ya nos muestran que no siempre hablamos de lo mismo, ni entre profesionales, ni entre quienes buscan ayuda.
Y entonces surge otra cuestión: ¿qué es la mente? ¿Son solo pensamientos y emociones? ¿O aquello que, desde la filosofía, se ha nombrado como “alma”? Dependiendo de cómo respondamos a estas preguntas, cambia radicalmente la forma en que entendemos y abordamos la salud mental.
En este contexto, la cultura de la inmediatez introduce una tensión importante. Si la trasladamos al ámbito terapéutico, tiende a simplificar la experiencia psíquica en términos de rapidez y solución inmediata: “vengo porque estoy deprimido” y el tratamiento debería consistir en eliminar la depresión, como si se tratara únicamente de un síntoma aislado.
Sin embargo, en el consultorio la pregunta va más allá: ¿cómo se formó ese malestar? ¿Por qué ese y no otro? ¿Qué lugar ocupa en la historia de vida de la persona? Lo mismo ocurre con otras formas de sufrimiento: ansiedad, rupturas amorosas, miedos, inseguridades, entre muchas otras.
La lógica de lo rápido y lo eficiente puede ser útil en muchos ámbitos, pero cuando se trata de la mente, no siempre significa comprender mejor. A veces, detenerse, aunque incomode, es justamente lo que abre la posibilidad de un cambio más profundo.
¿Por qué ha aumentado tanto la demanda de intervenciones psicológicas breves orientadas al alivio rápido del malestar? ¿Es por el estilo de vida de una sociedad enfocada hacia la productividad?
Considero que no se trata de una sola causa, sino de la convergencia de varios factores. Sin duda, el contexto social actual juega un papel importante. Vivimos en un modelo donde la exigencia es constante, el tiempo parece insuficiente y, con frecuencia, el esfuerzo no se traduce en una sensación de sentido o satisfacción. A esto se suma una paradoja propia de nuestra época: estamos más conectados que nunca, pero también más solos.
En ese escenario, el sufrimiento psíquico tiende a vivirse como algo que hay que resolver rápido, casi como si fuera una falla que debe corregirse para seguir funcionando. Desde ahí, es comprensible que aumente la demanda de intervenciones breves orientadas al alivio inmediato.
También hay un factor clínico: la alta demanda de atención puede dificultar sostener espacios de escucha profunda. Sin embargo, justamente ahí radica uno de los elementos esenciales de la psicoterapia: ofrecer un lugar donde una persona pueda ser escuchada sin juicios, sin prisas y sin exigencias de rendimiento.
Atender la propia vida psíquica —darse tiempo para comprenderse, escucharse y cuidarse— puede parecer, incluso, un acto contracultural en una lógica centrada en la rapidez y la eficiencia. En ese sentido, detenerse no es perder el tiempo, sino abrir un espacio distinto frente a una dinámica que muchas veces contribuye al malestar.
Esto no significa que las terapias breves sean negativas. Al contrario, hay situaciones que requieren intervenciones rápidas, como en un servicio de urgencias: cuando alguien está en crisis, lo primero es estabilizar. Pero una vez pasado ese momento, también puede ser necesario preguntarse cómo se llegó ahí.
Por eso, el punto clave es ético. Implica que cada terapeuta pueda reconocer hasta dónde llega su intervención y qué tipo de proceso necesita realmente cada persona. Yo, en lo personal, me inclino por una clínica que favorezca la comprensión profunda. Es un camino menos inmediato, pero suele ser más significativo y transformador.
Porque, al final, ser más productivo no necesariamente implica vivir mejor. Y conocerse a uno mismo, más que un lujo, puede ser una forma genuina de cuidado.
¿Qué lugar tiene hoy el tiempo en psicoterapia en una sociedad que quizás valora la rapidez por encima de la elaboración emocional?
El lugar del tiempo en psicoterapia, en gran medida, lo define cada persona según el valor que le otorgue a comprenderse y a cuidarse.
Decidir iniciar un proceso terapéutico es, ante todo, un acto libre y responsable. Implica hacerse cargo de aquello que, muchas veces, nos ata a patrones, emociones o conductas que no terminamos de entender, pero que influyen en nuestra vida cotidiana.
También es una decisión concreta: darse un espacio, una o dos veces por semana, para uno mismo. En ese sentido, el tiempo en terapia no es tiempo “perdido”, sino un tiempo elegido. Un tiempo que, además, se sostiene en la confianza, porque es a través del vínculo con otro que muchas veces logramos conocernos mejor.
Elaborar conflictos emocionales requiere una relación distinta con el tiempo. No responde a la lógica de la inmediatez, sino a procesos que necesitan ser pensados, sentidos y, en ocasiones, atravesados con paciencia.
Al final, nuestra vida es finita. Y lo que hacemos con el tiempo que tenemos —si lo habitamos desde la repetición del malestar o desde la posibilidad de comprenderlo— puede marcar la diferencia entre una vida vivida con sentido o una experiencia sostenida en el sufrimiento.
¿Qué idea de “estar bien psicológicamente” crees que se está promoviendo en este contexto actual?
Es posible que hoy se esté promoviendo una idea de bienestar psicológico estrechamente ligada a la productividad: ser funcional, ser útil, cumplir con ciertas expectativas sociales y sostener un estilo de vida que, en teoría, debería hacernos sentir bien.
Desde ahí, “estar bien” parecería implicar hacer lo que se supone que debe hacerse: estudiar, formarse, trabajar, crecer profesionalmente, construir una familia, mantenerse activo, levantarse temprano —a las 5 de la mañana, si es posible—, hacer ejercicio, meditar… una serie de prácticas que no son en sí mismas negativas, pero que muchas veces se presentan como una fórmula universal de bienestar.
La pregunta es inevitable: ¿qué ocurre cuando, a pesar de cumplir con todo eso, el bienestar no aparece? Ahí es donde esa idea comienza a mostrar sus límites. Porque el bienestar psicológico difícilmente puede reducirse a un modelo único. Lo que para algunos puede ser satisfactorio, para otros puede resultar vacío o incluso alienante.
Desde mi perspectiva, el bienestar está más relacionado con el autoconocimiento y con la posibilidad de construir una vida que tenga sentido para uno mismo, incluso si eso implica, en ciertos momentos, cuestionar o ir en contra de las expectativas sociales dominantes.
Si la promesa de que “hacer lo correcto” garantiza bienestar fuera del todo cierta, probablemente encontraríamos muchas más personas satisfechas con su vida de las que vemos hoy. Basta observar con atención nuestro entorno para notar que esa ecuación no siempre se cumple.
¿Según tu manera de entender la terapia, conocerse en profundidad puede resultar más incómodo, pero también más transformador que simplemente “sentirse mejor”?
Aquí entramos, a mi parecer, en un dilema tanto ético como filosófico. Quienes buscan terapia lo hacen, comprensiblemente, con el deseo de sentirse mejor. Sin embargo, desde mi forma de entender la clínica, ese no es el objetivo último del proceso.
El foco está en comprenderse: en conocer con mayor profundidad aquello que nos habita, incluso cuando resulta incómodo. Y, paradójicamente, es a partir de ese trabajo que el “sentirse mejor” aparece como una consecuencia, no como un fin en sí mismo.
El problema es que ese alivio no siempre es inmediato. En una cultura atravesada por la prisa, es fácil caer en la idea de que, si no hay mejoría rápida, entonces el proceso no está funcionando. Pero muchas de las transformaciones más significativas en la vida requieren tiempo, paciencia y un trabajo sostenido.
Conocerse en profundidad puede incomodar, sin duda. Implica cuestionar, confrontar y atravesar aspectos de uno mismo que no siempre son fáciles de mirar. Pero es precisamente ahí donde puede abrirse la posibilidad de un cambio más duradero. Porque, en muchos casos, no se trata solo de aliviar el malestar, sino de entenderlo. Y en ese movimiento, lo incómodo puede convertirse también en algo profundamente transformador.
¿Qué se pierde cuando el tratamiento se centra exclusivamente en reducir o hacer desaparecer el malestar de forma rápida?
Se pierde, en primer lugar, la posibilidad de comprender de qué está hecha la propia experiencia. De conocerse con mayor profundidad: cómo se es, por qué se es así y, a partir de ahí, quién se quiere llegar a ser.
Cuando el foco está únicamente en eliminar el malestar, el síntoma se vuelve algo que hay que quitar, pero no algo que pueda ser entendido. Y en ese movimiento, se pierde también la oportunidad de reconocer el propio potencial de cambio. Además, se limita el desarrollo de una capacidad fundamental: la de poder hacerse cargo de uno mismo. A veces, el alivio rápido puede depender del espacio terapéutico, pero sin un trabajo más profundo, esa mejoría no necesariamente se sostiene fuera de él.
En ese sentido, el proceso terapéutico guarda cierta analogía con el desarrollo humano. Así como un niño necesita primero sostenerse de la mano de otro para luego poder caminar por sí mismo, en terapia también puede haber un momento de apoyo, de cierta dependencia necesaria, que posteriormente da paso a una mayor autonomía. La clave no está en evitar la ayuda, sino en permitirla en su momento, para después poder apropiarse de lo trabajado y sostenerse de una manera más propia.
Porque, al final, no se trata solo de estar mejor por un momento, sino de desarrollar recursos internos que permitan habitar la propia vida con mayor consistencia.
¿Cómo puede el síntoma convertirse en una vía de acceso al mundo interno y a los conflictos inconscientes del sujeto?
El síntoma puede convertirse en una vía de acceso al mundo interno cuando existe la disposición a mirarlo con curiosidad, en lugar de únicamente intentar eliminarlo. Esto implica también cierta voluntad de conocerse y, sobre todo, la confianza en un vínculo con otro que permita poner en palabras la propia experiencia.
En ese sentido, la invitación terapéutica es sencilla en apariencia, pero profunda en sus implicaciones: poder decir “ven y cuéntame todo lo que te venga a la mente”. No desde un guion preestablecido, ni desde tareas impuestas o respuestas esperadas, sino desde la posibilidad de hablar libremente.
El terapeuta, más que alguien que impone un saber, se posiciona como un otro que escucha y piensa junto al consultante. Es, de alguna manera, un trabajo compartido: dos mentes intentando comprender una misma experiencia.
A través de la constancia y la paciencia, el síntoma comienza a adquirir sentido. Deja de ser solo algo que molesta para convertirse en una pista, en una forma de acceso a conflictos, deseos o aspectos de la historia personal que no siempre son evidentes.
En ese proceso, no solo se entiende mejor aquello que ya generaba malestar, sino también aspectos de uno mismo que antes permanecían fuera de la conciencia. Y ahí es donde el síntoma deja de ser únicamente un problema, para convertirse también en una posibilidad de conocimiento.
Porque, en última instancia, comprender lo que nos ocurre es una forma de tomar mayor responsabilidad sobre nuestra vida, nuestro presente y las decisiones que construyen nuestro futuro.
¿Es posible combinar el alivio de los síntomas, por un lado, con un trabajo más profundo? ¿O son enfoques difícilmente compatibles?
El alivio de los síntomas puede formar parte de un trabajo profundo, pero no constituye su finalidad principal. En muchos procesos terapéuticos, cuando la persona logra comprenderse mejor, el malestar tiende a disminuir como consecuencia natural de ese trabajo.
Sin embargo, es importante ser cuidadosos con el eclecticismo entendido como una mezcla indiscriminada de enfoques. Integrar técnicas sin un marco teórico claro puede diluir la coherencia del proceso terapéutico y, en algunos casos, restarle profundidad.
Existen terapias centradas en soluciones que, por su diseño, buscan intervenciones más breves y focalizadas. Y esto no es en sí mismo negativo: hay momentos en los que una persona puede beneficiarse de un abordaje más inmediato. En ese sentido, dar a cada etapa su espacio y a cada tipo de intervención su lugar puede ser una forma sensata de entender el cuidado de la salud mental.
Ahora bien, en términos más estructurales, estos enfoques parten de concepciones distintas sobre el ser humano, la mente y el objetivo mismo de la terapia. Difieren en su técnica, en su forma de entender el síntoma y en lo que consideran como cambio terapéutico. Desde ahí, no siempre son plenamente compatibles.
Aun así, hay un punto de encuentro fundamental: toda psicoterapia se sostiene en el vínculo. La relación de confianza con el terapeuta es, en muchos casos, el elemento que permite que el proceso avance, más allá del enfoque específico.
Por eso, además del tipo de terapia, es importante que cada persona pueda preguntarse dónde se siente escuchada, comprendida y con la posibilidad de trabajar sobre sí misma. Con el tiempo, ese mismo vínculo puede llevar a decir: “aquí quiero seguir”, no solo para aliviar el malestar, sino para conocerse con mayor profundidad.
Porque no todo lo que alivia transforma, y no toda transformación es inmediata.


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