Hay palabras que pueden acompañarnos desde la infancia, y no siempre de forma amable. Comentarios que alguien dijo cuando eras pequeño o pequeña y que, años después, aparecen justo cuando más calma necesitas.
Quizá no fueron gritos constantes ni insultos evidentes, pero sí mensajes repetidos que te hicieron dudar de ti, sentirte menos o permanecer siempre en alerta. Y, como el cuerpo recuerda mucho más de lo que parece, distintas investigaciones han encontrado una relación clara entre la ansiedad en la adultez y la exposición continuada a abuso verbal durante la infancia.
Este tema no va de buscar culpables, sino de entender por qué ciertas reacciones siguen ahí y cómo pueden estar conectadas con aquello que se escuchó una y otra vez en los primeros años de vida.
El abuso verbal infantil: una forma de violencia menos reconocida
Cuando se habla de maltrato infantil, suele pensarse primero en la violencia física. Sin embargo, el abuso verbal también existe y tiene características propias. Aquí no hablamos de un comentario puntual en un mal día, sino de un patrón repetido: humillaciones, amenazas, burlas, descalificaciones o rechazo explícito.
Al repetirse en el tiempo, este tipo de comunicación se integra en el ambiente cotidiano y el niño o la niña puede llegar a interpretarla como normal. El problema es que el cerebro infantil está en pleno desarrollo y da un peso especial a las palabras de las figuras de cuidado.
Estos mensajes no se filtran con distancia crítica, sino que tienden a incorporarse como creencias sobre quién se es y qué se puede esperar de los demás. Por eso, el abuso verbal puede tener efectos duraderos, incluso cuando en la adultez se comprende racionalmente que aquello no era justo.
Cómo las palabras influyen en el cerebro y el sistema nervioso
Tal y como explica el neurocientífico Eamon McCrory, basándose en décadas de estudios de neuroimagen, el abuso verbal infantil puede hiperactivar los sistemas cerebrales de detección de amenaza, haciendo que incluso estímulos sociales neutros se perciban como peligrosos.
Como consecuencia, en la adultez es frecuente experimentar un estado de alerta elevado. Comentarios ambiguos, silencios o desacuerdos pueden activar ansiedad con rapidez, porque el cuerpo reacciona antes de que la mente tenga tiempo de evaluar la situación con calma.
Al mismo tiempo, algunas personas muestran más dificultad para registrar o mantener sensaciones de seguridad y bienestar. Las experiencias positivas pueden sentirse menos estables, lo que complica la sensación de confianza o tranquilidad sostenida.
Por ejemplo, un estudio de neuroimagen publicado en NeuroImage observó que adultos jóvenes con antecedentes de abuso verbal en la infancia presentaban diferencias estructurales en el giro temporal superior, una región del lóbulo temporal implicada en el procesamiento del lenguaje hablado y los matices del tono de voz.
Desde los modelos actuales del desarrollo, este tipo de cambios se interpreta como una posible adaptación a un entorno verbalmente hostil, en el que anticipar el significado y la carga emocional de las palabras podía ser relevante para la supervivencia. Aunque esta hipersensibilidad pudo resultar útil en la infancia, en la adultez puede asociarse con una mayor reactividad emocional y vulnerabilidad a la ansiedad.
Cómo se relaciona esto con la ansiedad en la adultez
Las consecuencias del abuso verbal no se limitan a la infancia. Muchas personas adultas describen una sensación persistente de estar “haciendo algo mal”, un miedo intenso a equivocarse o dificultad para relajarse incluso en contextos seguros. La ansiedad aparece, en parte, porque el sistema nervioso aprendió que la calma era frágil o imprevisible.
Además, los mensajes negativos repetidos durante años suelen dejar una huella más fuerte que los positivos. Esto se relaciona con el modo en que el cerebro prioriza la información percibida como amenazante. Con el tiempo, esta forma de procesar la realidad puede influir en la autoimagen, en las relaciones y en el trabajo, alimentando inseguridad y anticipación constante de rechazo.
Distintos estudios indican que el abuso verbal infantil se asocia con niveles elevados de malestar psicológico en la adultez, comparables en algunos casos a los observados tras otros tipos de maltrato, especialmente en relación con ansiedad, depresión y consumo problemático de sustancias.
Por qué este tipo de maltrato suele pasar desapercibido
El abuso verbal tiende a normalizarse con facilidad. Frases como “es por tu bien” o “así se aprende” se han utilizado durante años para justificar formas de comunicación dañinas. A diferencia de la violencia física, no deja marcas visibles, y muchas personas tardan décadas en identificar lo vivido como abuso.
También influyen factores culturales. Aunque el castigo corporal ha perdido aceptación social, el uso de lenguaje humillante o descalificador sigue presente en algunos estilos de crianza, lo que dificulta su detección y el acceso a apoyo adecuado.
Qué puede ayudar a reducir la vulnerabilidad a la ansiedad
Reconocer el impacto del abuso verbal es un primer paso, pero no el único. Existen formas de trabajar esta historia personal con más cuidado y menos autoexigencia.
Revisar el diálogo interno
Muchas de las frases que aparecen en la mente no surgieron de forma espontánea. Identificar su origen permite cuestionarlas y reducir su peso en la ansiedad cotidiana.
Aprender a regular el sistema nervioso
Prácticas como la respiración consciente, el movimiento suave o la atención plena ayudan a enviar señales de seguridad al cuerpo, algo esencial cuando la ansiedad se activa a nivel físico.
Cambiar la relación con el error
El miedo a equivocarse suele estar estrechamente ligado al abuso verbal. Explorar formas más amables de relacionarse con el error puede reducir la autoexigencia constante.
Fortalecer vínculos seguros
Las relaciones basadas en respeto, coherencia y previsibilidad ayudan al sistema nervioso a registrar experiencias distintas, más estables.
Acompañamiento terapéutico sensible al trauma
Cuando hay una historia de abuso verbal, algunas terapias necesitan adaptarse, especialmente porque el lenguaje fue una fuente de amenaza. Un enfoque cuidadoso facilita avanzar sin sobrecarga emocional.
Una reflexión final
Hablar de abuso verbal infantil no busca quedarse en el pasado, sino comprender por qué la ansiedad puede aparecer con tanta intensidad en el presente. Entender este vínculo permite empezar a construir una relación distinta con la propia historia.


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