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Hace unos días tuve una conversación muy interesante con una colega y estupenda amiga, sobre la vida y cómo afrontarla adecuadamente. 

Su experiencia, al igual que la mía, al conversar con pacientes y también con conocidos y amigos, se resume en que generalmente se percibe la vida como algo complicado y que la felicidad como algo etéreo, inmaterial y que se escapa constantemente. Que se trata de un estado perecedero, temporalmente corto, casi inalcanzable, que está fuera en algún sitio, que no depende de uno mismo, que no se puede controlar...

Sin embargo, ¿se puede ser feliz aún estando inmersos en situaciones dolorosas?¿La felicidad depende exclusivamente de aquello que uno ha conseguido, o de que todo a nuestro alrededor sea perfecto y maravilloso? ¿Acaso no depende la felicidad de cómo la gestionamos?

¿Qué es realmente la felicidad?

La felicidad usualmente se describe como un estado de gran satisfacción espiritual y físico con ausencia de inconvenientes o tropiezos. Es un estado que se lograría cuando alcanzamos nuestros objetivos.

No obstante, hay personas que, aún teniendo cubiertas sus necesidades básicas (tener trabajo, recursos, vivienda, familia y amigos, etc.) no son felices… ¿Por qué ocurre esto?

Aquí habría que mencionar lo que en psicología social se llama locus de control (LC). Se trata de la creencia (y su asunción) según la cual, los eventos que nos suceden dependen exclusivamente de fuerzas externas que no controlamos (LC Externo) o de nuestro propio esfuerzo (LC Interno).

Está claro que no mostramos siempre y en todo momento un solo LC, ya que se trata de un contínuum por el que nos desplazamos según los acontecimientos, pero sí que marcamos una tendencia.

Saber gestionar la felicidad

Así pues, aquellas personas con un LC interno serán más propensas a asumir la responsabilidad de sus propias acciones, se verán menos influenciadas por las opiniones de los demás, acostumbrarán a percibirse como eficaces y confiadas en sus obligaciones, tenderán a esforzarse en aquello que hacen, y reportarán ser más felices e independientes.

Por contra, aquellos con un LC externo, responsabilizan a fuerzas externas a ellos todo lo que les sucede, acostumbran a atribuir a la suerte o la casualidad cualquier éxito o fracaso que obtienen, no se creen capaces de cambiar su situación a través de sus propios esfuerzos, sintiéndose con frecuencia sin esperanzas o impotentes frente a las situaciones difíciles; por ello son más propensos a experimentar lo que se conoce como “desesperanza aprendida”.

El modo en el que aprendemos a gestionar la felicidad a través del locus de control, por consiguiente, influye mucho en lo que sentimos.

¿En qué consiste ser felices?

En nuestra experiencia (la mía personal y también la de mi colega) la felicidad radica en nuestro interior, es un estado interno de paz y bienestar. Debemos diferenciarla de la alegría y de la satisfacción, ya que estas son sentires pasajeros.

Ya Aristóteles mencionaba que “la felicidad depende de nosotros mismos”. Por su parte, Lao Tse entendía que “la felicidad radica en la capacidad de vivir y disfrutar del momento presente, ya que si se estaba pendiente del pasado o proyectando constantemente el futuro, se desarrollaría ansiedad y estrés”.

Cuando conseguimos acallar nuestra mente, gestionar y disfrutar con plenitud de nuestro presente y de lo que somos, podemos sentirnos inmersos en un océano de paz y bienestar, lo cual nos lleva a experimentar esa ansiada felicidad. Comprendiéndola de este modo, se convierte en un estado casi constante, no tan voluble, que perdura incluso en momentos dolorosos o complicados de nuestras vidas.

Ser feliz no significa que en un momento determinado no se pueda llorar por una pérdida, o se pueda estar estresado por un acontecimiento determinado, al contrario, ese estado nos permitirá tener más recursos y fortalezas para sobrellevar esos eventos, ya que nuestra manera de pensar no dependerá de lo externo, será ajeno a ello, pudiéndonos amoldar a cada circunstancia, permitiéndonos ver la salida del túnel en todo momento, otorgando esa luz que nos guía y eleva.