Un trastorno de ansiedad muy común.

Es, sin duda, la experiencia psicológica más terrorífica que pueda experimentar una persona no psicótica en estado de vigilia. y sin embargo, remite muy bien y hace madurar muchísimo al paciente... cuando se acude al especialista en Psicología Clínica a tiempo y cuando éste sabe lo que se trae entre manos. Se trata del ataque de pánico, un fenómeno psicológico del cual tratan las siguientes líneas.

¿Qué es un ataque de pánico?

El ataque de pánico ocurre cuando el sistema psicológico y nervioso del individuo ha estado sometido a una fuerte presión durante meses e incluso años (en la mayoría de los casos). Como algunos infartos, no aparece en los momentos agudos, sino al tiempo, a los días o semanas, y además de forma súbita, lo que provoca que el individuo no tenga ni idea de por dónde vienen los tiros y se alarme más.

Suele darse en personas que, aunque hacen cosas y están bien de ánimo, en el fondo han perdido el norte, no saben cómo seguir con su vida.

También se da en el post-parto en personas con trayectorias psicológicas complejas y que tras el esfuerzo y la tensión del periodo embarazo y la extenuación del parto sufren este trastorno repentinamente. Y también con el consumo de hachís, que es obsesivizante para algunos individuos; debilita el sistema nervioso y reduce la capacidad de planificación y anhelo de hacer cosas.

Síntomas

Como hemos visto, es el pánico atroz que repentinamente invade la mente y el sistema nervioso del paciente. Este queda absolutamente sorprendido ante lo experimentado, cosa que no se esperaba y ni siquiera imaginaba. El corazón late a 180 pulsaciones, y se hace notar en el pecho, en la arteria del cuello, como si fuera a explotar.

Los pensamientos han dejado de responder, no hay interacción con las percepciones, el protocolo de "ordeno-y-mando" ha desaparecido. Es el caos. La hiperventilación marea al individuo y reduce su campo visual enclaustrándolo aún más en sí mismo, allí donde no hay apenas ideas o auto-instrucciones, pues solo hay lugar a sentir una emoción: el miedo exacerbado. ¿A qué? A uno mismo, a lo que está pasando ahí dentro. El individuo no se reconoce, experimenta despersonalización y desrealización, está tan dentro suyo que no tiene la sensación de estar en el mundo.

Pero sin embargo, está poseído por una intensísima energía que no puede canalizar. Siente que se va a morir ipso facto, siente que se va a volver loco en ese momento, tiene miedo de actuar descontrolademente y ponerse a gritar sin motivo, romper cosas, hacerse daño. Como un éxtasis, pero de mal viaje.

Algunos se desmayan. Son horas o minutos, según la personas, y finalmente llega la calma. El cuerpo está exhausto, el sistema nervioso autónomo ha consumido toda su energía. Automáticamente se instala en el individuo la idea de que su cabeza está dañada y que ésto le va a acompañar el resto de su vida, que está loco. De hecho, los ataques de pánico son más corrientes que los resfriados,por así decir, pero se ocultan por vergüenza. Así que nadie se entera de que muchas personas con las que se cruza por la calle también lo ha tenido.

La otra cruz de este trastorno es el miedo al miedo. El miedo constante a que vuelva a ocurrir, el miedo al pánico de nuevo imprevisible. Es aquí, si no se pone solución a tiempo, o si las que se ponen desconocen la naturaleza del problema y no hacen más que obstaculizar el proceso, donde se gestan la agorafobia, la claustrofobia y la insoportabilidad de estar a solas. Los primeros días son terribles.

Los aspectos amables del ataque de pánico

El ataque de de pánico no es ambiguo o interpretable, como la depresión, la ansiedad, o la angustia. El ataque de pánico se presenta claro y súbito allá en el extremo más alto de cada uno de los síntomas de la ansiedad fisiológica. El pánico es el pánico. Se identifica con facilidad, pues el paciente, sin haber leído nada sobre psicopatología, dice uno al menos de estos 3 síntomas:

  • Tuve la sensación de que me iba a morir de forma inminente.
  • Pensé que en ese momento me estaba volviendo loco.
  • Tuve la sensación de que iba a hacer algo descontrolado como pegarme cabezazos, pegar gritos sin sentido, romper cosas...

Solo hay leves confusiones entre ataques de pánico y crisis de angustia o de ansiedad, pero si preguntamos por esos síntomas podremos identificar sin problemas si es crisis de pánico o de angustia. La angustia es molesta, no te deja estar, pero no es ese pánico.

Otro aspecto curioso es que como la excitación del sistema nervioso autónomo (SNA) ha sido máxima durante el pánico, normalmente el paciente queda exhausto y sin más energía en ese momento, si bien esos minutos posteriores al ataque ya comienzan a estructurarse los pensamientos en torno al miedo, a la anticipación.

Por cierto, hay gente que se desmaya. ¿Tienen suerte? Puede que sí, pero luego desarrollan miedo a caerse y hacerse daño en la cabeza.

¿Qué hacer?

El otro aspecto positivo es que aun siendo tan espectacular, tratado en tiempo forma correcta, el trastorno desaparece casi totalmente y una terapia bien llevada reforzará las sensación de fortaleza del individuo no solo ante el posible pánico, sino ante cualquier síntoma de ansiedad u otras dificultades en la vida.

Ir a un buen psicólogo clínico que explique bien los síntomas, que aporte rápidamente recursos conductuales para ir saliendo del paso, informe de su evolución, y contribuya en el resto de la terapia a hacer consciente al paciente del contexto que ha provocado el ataque de pánico, es crucial. La diferencia entre esto y quedarse en casa, encerrado, asustado, aumentando la ingesta de fármacos y deprimiéndose, es colosal.

Eso sí, la victima del pánico debe tener paciencia al menos unos meses o un par de años, pues este trastorno deja flecos, aunque sin llegar nunca a la intensidad de los episodios de pánico: dolores de cabeza, migrañas, sensaciones tensionales en la musculatura cervical y cuello, días en los que se sienten más vulnerables, mareos, conatos de ataques por recuerdos de estímulos que producen nervios, evitaciones a estar en sitios de aglomeraciones públicas, taquicardias... pero una buen terapeuta ayudará a atravesar ese largo tramo final.

Y repito, la persona saldrá reforzada, pues si ha cumplido las instrucciones y ha comprendido el contexto para que no se repita, habrá superado muchos momentos de miedo... en soledad, que es una forma de hacerse adulto como otra cualquiera.

El tratamiento primero debe ser solamente conductual. Las instrucciones y técnicas son pocas y especificas, simples de comunicar. Lo importante es transmitir al paciente la seguridad de que eso va a pasar y que no va a dejar ninguna secuela.

Los padres, cuando vienen a consulta asustados porque ven a sus hijos por las noches con terrores nocturnos, se tranquilizan definitivamente cuando se les informa de que, aunque sea espectacular el miedo que están viendo en sus hijos, eso no va a tener la menor consecuencia en el desarrollo madurativo de su sistema nervioso. Pues con esto, igual.

En una segunda fase del tratamiento se debe analizar el contexto desde un punto de vista cognitivo o dinámico leve. Las terapias narrativas de tercera generación, o la terapia de escucha psicoanalítica deben ayudar a terapeuta y paciente a fijar el contenxo que ha minado las resistencias físicas y psicológicas del individuo. Será fundamental para enmarcar lo ocurrido y para aportar una tranquilidad más profunda en el sujeto. Igualmente, esto servirá para retomar los rumbos y las ilusiones que desaparecieron para dejar lugar a la angustia.

En cuanto a la medicación, lo mejor es que el sujeto pueda enfrentarse a su miedo sin ayudas farmacológicas que restarán y retrasarán la atribución de auto competencia. Pero hay pacientes que por su contexto y características ya las tomaban y no pasará nada por integrar esa medicación en el tratamiento de un ataque pánico.