Hay muchas personas que padecen un sufrimiento psíquico. Puede que sea por un motivo claro y concreto, o puede que la persona no sepa definir qué es ese sufrimiento y que no sea por algo específico. Y no son menos las personas que intentan poner remedio por su propia cuenta o pidiendo ayuda, pero no lo consiguen. Y así viven atrapadas en el sufrimiento, o saliendo y volviendo a tropezar una y otra vez con la misma piedra.

En ese intento de vivir mejor, a la consulta de terapia llegan muchos pacientes que consideran que se saben la teoría pero no logran llevarla a la práctica. ¿Qué crees que está pasando en esos casos? ¿Crees que es una cuestión de falta de motivación, por no tener suficiente fuerza de voluntad, por algún tipo de deficiencia...?

Ir más allá de la teoría para sentirse bien

Generalmente, quien se plantea ir a la consulta de un psicoanalista, además de que le pasa algo que le hace sufrir, tiene la sospecha de que es algo que tiene que ver con él, con su forma de pensar y hacer las cosas, aunque no sea consciente de ello. Precisamente la eficacia del psicoanálisis se sostiene en la ganancia de libertad que supone separarse de aquellas construcciones psíquicas que hemos desarrollado desde la niñez y que ya no nos sirven, y están impidiendo disfrutar de la vida y desplegar otras posibilidades. Es ese enredo invisible el principal obstáculo entre teoría y práctica.

Pero en la época en la que vivimos se da mucho valor a lo objetivable y apenas hay lugar para lo subjetivo o intangible, que no por eso inexistente.

Es por eso que no se trata de poner más esfuerzo en acumular teoría o conocimiento. Se trata de hacer la experiencia del análisis, una experiencia del ser, y eso va a tener como efecto que vida del paciente fluya de otra manera.

¿Qué esperar de un tratamiento psicoanalítico?

Explicar qué es el psicoanálisis, sería demasiado complejo para un artículo de estas características. Para que resulte más comprensible de qué se trata, considero más sencillo comenzar hablando de lo que el psicoanálisis no es. Así que comentaré algunos aspectos que seguro no se van encontrar al acudir a un psicoanalista.

No hay que rellenar cuestionarios, no hay que pasar ningún test, no se recibe una evaluación, no se lleva una lista de tareas para hacer, ni se hacen autorregistros. Tampoco son charlas didácticas ni motivacionales, ni el psicoanalista dice lo que hay que hacer. El psicoanalista no regaña, no juzga, no da consejos, ni toma decisiones por ti, ni se molesta contigo. El psicoanalista dirige la cura pero no dirige la conciencia ni los actos del paciente.

El desarrollo de las sesiones es un trabajo de dos. El psicoanalista hace su trabajo, y el paciente tiene que hacer el suyo. El psicoanalista ofrece un lugar único a las palabras del sujeto, escucha de la mejor manera posible para que ahí se pueda encontrar, pensarse, escucharse. Es un espacio para hablar de lo que hace sufrir, para saber por qué y para qué hacemos las cosas.

Eso requiere mucha implicación y un compromiso, que por parte del paciente, poco tiene que ver con sólo quejarse o desahogarse. Las cosas dichas en la presencia del analista producen una resonancia distinta, y uno cae en la cuenta de cosas que sabía pero que le pasaban desapercibidas.

¿Cuánto dura el tratamiento?

Como no se trata de una cura estándar, ni de vender certeza y garantías tan de moda hoy en día, (del tipo: en 8 sesiones garantizamos resultados), como se trata más bien de un trabajo muy artesanal en el sentido de muy personalizado y elaborado, las prisas juegan un flaco favor. El tiempo tendrá que ser el que tenga que ser, y al ritmo único de cada paciente iremos construyendo un camino por el que sea más apacible transitar. No es un tratamiento corto, ni tampoco interminable, el fin del análisis llegará, si el paciente no ha abandonado el tratamiento, cuando haya elaborado sus conflictos y se encuentre satisfecho.

Desde luego es una experiencia que no deja indiferente a quien se decide a hacerla. Aporta un conocimiento de uno mismo y una forma de pensar que permanecerán para siempre. Y no sólo eso, promueve todo aquello que está más del lado de la vida.

Con la única herramienta de las palabras se produce lo que muchos llamarían magia, el giro suficiente para que uno se vuelva más amable y el mundo menos inhóspito. Y es que, el ser humano, además de estar hecho de músculos, huesos, órganos… está hecho de palabras.