No recuerdo ya el número de personas que, al hablar de su ansiedad, me han dicho prácticamente lo mismo:
"Solo quiero que desaparezca. Quiero arrancármela de encima cuanto antes".
Y es una reacción completamente comprensible. La ansiedad resulta incómoda, agotadora y, en ocasiones, aterradora. Nadie desea convivir con un nudo permanente en el estómago, con el corazón acelerado o con una mente que parece incapaz de detenerse.
Sin embargo, después de muchos años acompañando a personas en sus procesos de cambio, he observado algo que suele sorprenderles. En numerosas ocasiones, el mayor sufrimiento no proviene de la ansiedad en sí, sino de la batalla constante por intentar no sentirla.
Porque cuando aparece, casi siempre hacemos lo mismo: pensamos un poco más, analizamos una vez más la situación, intentamos controlar todas las variables, buscamos la tranquilidad que creemos que nos falta o evitamos aquello que podría hacernos sentir peor.
Y, paradójicamente, cuanto más luchamos por eliminar la ansiedad, más espacio parece ocupar en nuestra vida.
Cuando la mente confunde pensar con protegerse
Una de las características más frecuentes de la ansiedad es la rumiación. Le damos vueltas una y otra vez a la misma conversación, analizamos una decisión desde todos los ángulos posibles o imaginamos cada uno de los escenarios que podrían salir mal.
En esos momentos solemos creer que estamos resolviendo un problema. Sin embargo, muchas veces no estamos resolviendo nada; simplemente estamos intentando sentirnos más seguros. La mente ansiosa tiene una habilidad extraordinaria para presentar posibilidades como si fueran certezas mucho más “catastróficas” de lo que la vida nos presenta en realidad.
- "¿Y si me equivoco?"
- "¿Y si pasa algo?"
- "¿Y si no soy capaz?"
- "¿Y si no he tenido en cuenta algo importante?"
Cada una de estas preguntas promete falsamente acercarnos a la tranquilidad. Nos hace creer que, si pensamos un poco más, finalmente encontraremos la respuesta que hará desaparecer la incertidumbre.
Pero la rumiación funciona como un espejismo. Cuanto más pensamos, más vericuetos aparecen. Y cuantos más vericuetos aparecen, más difícil resulta dejar de pensar.
Pensar es una capacidad extraordinaria. Rumiar, en cambio, consiste en utilizar esa capacidad para perseguir una certeza que nunca llegará y que simplemente nos terminará liando.
La necesidad de controlar: cuando el alivio alimenta el problema
Cuando la incertidumbre nos resulta difícil de tolerar, aparece otro protagonista habitual de la ansiedad: la necesidad de controlar.
Intentamos prever todos los escenarios antes de tomar una decisión. Revisamos varias veces un correo electrónico antes de enviarlo. Buscamos la opinión de distintas personas con la esperanza de que alguna nos aporte la certeza que sentimos que nos falta. Necesitamos saber que todo saldrá bien antes de dar el siguiente paso.
En apariencia, estas conductas parecen razonables. Después de todo, ¿quién no quiere minimizar los riesgos? El problema es que cada vez que conseguimos sentir un alivio gracias al control, nuestro cerebro establece una asociación muy sencilla: "Si he necesitado hacer todo esto para tranquilizarme, no puedo parar, tengo que seguir controlándolo todo a toda costa".
Sin darnos cuenta, el control deja de ser una estrategia puntual y empieza a convertirse en una necesidad que nos hace dar vueltas como un hámster en una rueda. Por ejemplo, ya no revisamos ese correo por enésima vez porque sea realmente necesario, sino porque sentimos que así controlaremos la respuesta que obtendremos, lo cual en la práctica, no es cierto. No buscamos otra opinión porque aporte información diferente, sino porque seguimos persiguiendo una certeza absoluta que, en realidad, nunca llega.
Y lo paradójico es que aquello que nos proporciona alivio durante unos minutos termina reforzando el miedo que intentábamos calmar.
Más que enseñarle al cerebro que somos capaces de afrontar la incertidumbre, le enseñamos que solo estaremos seguros si seguimos controlándolo todo.
Cuando la ansiedad aparece, rara vez nos quedamos simplemente sintiéndola. Casi siempre respondemos haciendo algo con ella. Pensamos más. Controlamos más. Evitamos más. Buscamos más certezas. Nos escondemos. Pedimos tranquilidad. Posponemos decisiones. Renunciamos a experiencias.
La paradoja de la ansiedad
Existe una ironía difícil de aceptar cuando convivimos con la ansiedad: cuanto más intentamos eliminarla, más espacio interior ocupa.
Cuanto más buscamos la certeza, más conscientes nos volvemos de todo aquello que no podemos controlar. Cuanto más intentamos dejar de pensar, más pensamientos aparecen. Cuanto más evitamos aquello que nos asusta, más convincente se vuelven nuestros temores.
No es porque estemos haciendo algo mal. Es porque muchas de las estrategias que utilizamos para sentirnos mejor producen alivio a corto plazo, pero mantienen intacto el mecanismo que alimenta la ansiedad. Con el tiempo, muchas personas descubren que la tranquilidad rara vez aparece cuando consiguen eliminar toda la incertidumbre. Más bien comienza a surgir cuando dejan de luchar constantemente contra ella y aprenden a relacionarse de una manera diferente con aquello que no pueden controlar.

Georgina Hudson
Georgina Hudson
Terapeuta Transpersonal, Coach Vida Y Estrategia, Coach Transformacional
La ansiedad no desaparece porque consigamos responder a todas nuestras dudas. La ansiedad pierde fuerza, cuando deja de dirigir nuestra conducta. Cuando comprendemos que un pensamiento no es una orden, que una emoción no siempre anuncia un peligro y que la incertidumbre no es un enemigo que deba eliminarse, sino una condición inevitable de estar vivos.
La verdadera libertad interior no consiste en vivir sin ansiedad, sino en dejar de organizar nuestra vida alrededor de ella.



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