Hay días en los que haces algo bien, una conversación difícil, una reunión, una decisión, y, aun así, no llega la paz. Llega el pero.
“Sí, pero has hablado demasiado, sí, pero seguro que han pensado que… Sí, pero no era para tanto, etc”.
Otras veces ocurre que estás a punto de darte un permiso (descansar, decir que no, pedir lo que necesitas) y aparece el jurado interno con toga y mazo:
“Qué egoísta, vas a decepcionar, mejor no te compliques, etc”.
Si te suena, no es que te falte fuerza de voluntad o autoestima. Es que tu mente no funciona como un único “yo” homogéneo, sino con distintas partes internas que intentan ayudarte… cada una a su manera.
La buena noticia: no hay que expulsarlas. Hay que aprender a escucharlas, entenderlas y liderarlas. Y aquí es donde el coaching encaja como un guante.
¿Qué son esas “voces” y por qué aparecen?
Cuando hablo de voces, no me refiero a oír voces externas (eso es otro tema y propio de un profesional de la salud mental). Me refiero a diálogo interno: pensamientos automáticos, mensajes aprendidos, exigencias, miedos y hábitos mentales que aparecen como si fueran “verdades” sobre ti.
A veces se presentan como una voz crítica que susurra “no es suficiente”, una perfeccionista que dice “hazlo perfecto o no lo hagas”, una complaciente que grita “no incomodes”, una controladora “si no lo hago yo, sale mal”, una catastrofista “y si…”, o una que te anima “tira, que tú puedes”.
Muchas de esas partes se formaron en momentos donde tenían sentido: te ayudaron a sentirte querida, a evitar conflictos, a protegerte, a rendir, a no sentir vergüenza. El problema llega cuando no dispones de estrategias más hábiles, aunque éstas ya no te sirvan.
Tal y como comparto de forma simple con mis clientes y alumnos: no eres lo que piensas. Eres quien puede observarlo. Y en esa distancia empieza tu libertad.
3 pasos para dirigir tu mundo interno sin pelearte contigo
Piensa en tu mente como en un equipo. Si cada parte intenta “ayudarte” con una estrategia diferente, el resultado es ruido, bloqueo y agotamiento. La clave no es callar al equipo. Es empezar a coordinarlo.
Paso 1: Sepárate de “tu voz”
En lugar de decir “soy un desastre”, prueba con:
- Hay una parte de mí que piensa que…
- Ha aparecido mi voz… (crítica, miedosa, complaciente, exigente…) Esto, aunque parezca pequeño, es enorme: te devuelve al rol de observadora en lugar de quedarte atrapada en el contenido.
Y cuando aparezca te propongo una minipráctica en 30 segundos:
- Nota en qué parte de tu cuerpo se activa (pecho, garganta, estómago, mandíbula…).
- Pon una mano ahí, respira, y dale la bienvenida: “Ok. Estás aquí.”
- Nómbrala: “Hola, perfeccionista, hola, miedo…”
No estás consintiendo el mensaje. Estás abriendo espacio para mirarlo con claridad y amabilidad.
Paso 2: Haz preguntas que desactiven el automatismo
Aquí viene el “coaching”: en vez de discutir con la voz o intentar convencerla, pregunta por su intención. Porque casi siempre, incluso detrás de la voz más pesada, hay un intento de protegerte.
Prueba con estas preguntas (elige dos o tres, no hace falta un interrogatorio policial):
- ¿Qué estás intentando evitar que me pase?
- ¿Qué temes que ocurra si no me avisas?
- ¿Qué quieres proteger en mí?
- ¿Qué necesitas de mí ahora?
- ¿Qué estarías intentando cuidar… aunque lo hagas fatal?
A veces, solo con sentirse escuchada, esa parte baja el volumen. Y cuando baja el volumen, tú vuelves a pensar con claridad.
Paso 3: Agradece… y retoma el mando
Este paso es el que transforma el “me peleo conmigo” en “me acompaño”. No necesitas estar de acuerdo con la voz para reconocer su función. Así que prueba con un cierre firme y amable:
- Gracias. Te he escuchado.
- Entiendo lo que quieres para mí. Gracias por tratar de cuidarme.
- Ahora decido yo. Quédate cerca, pero yo me ocupo.
Si quieres hacerlo más concreto, añade una micro acción. Te dejo algunos ejemplos:
- Ahora voy a enviar ese mensaje igualmente.
- Ahora voy a descansar 20 minutos.
- Ahora voy a pedir lo que necesito con calma. No es teatro. Es entrenamiento: tu sistema aprende que puedes actuar sin obedecer al automatismo.
Lo que suele cambiar cuando practicas esto
- Menos lucha interna: dejas de gastar energía en empujar una parte de ti fuera del sistema. Lo que, además, es una microagresión, pues esas voces también son partes de ti.
- Más claridad: distingues miedo de intuición, exigencia de compromiso, complacencia de generosidad. Con lo que adquieres más destreza en comprender lo que sientes y aumenta tu autoconocimiento.
- Más coherencia: empiezas a tomar decisiones alineadas con tus valores, no con tus alarmas.
Y aunque al principio puede parecerte raro. Es normal. Estás cambiando una relación de años: la relación con tu propia mente.
Cuándo conviene pedir ayuda extra
Si tu diálogo interno se vuelve muy intrusivo, te desborda, afecta tu vida diaria o aparece acompañado de síntomas intensos (ansiedad fuerte, depresión, sensación de desconexión), pedir apoyo profesional no es autocuidado y es lo que toca.
Y si además quieres experimentar coaching en primera persona, llevarte un ejercicio práctico para conectar valores, decisiones y acción, y aclarar si formarte en coaching encaja contigo y con tu momento vital, el 5 de marzo de 2026, de 19:00 a 20:00 (hora Madrid) facilito un taller online gratuito en el que podrás hacerlo.
Si te apetece apuntarte, aquí tienes el enlace.


Newsletter PyM
La pasión por la psicología también en tu email
Únete y recibe artículos y contenidos exclusivos
Suscribiéndote aceptas la política de privacidad
















