El silencio que destruye

Una reflexión sobre lo que hay detrás del ghosting en la era digital.

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En la era digital, desaparecer sin explicación se ha convertido en una forma sutil pero poderosa de violencia emocional, un gesto que rompe vínculos y deja heridas invisibles en las dos partes.

¿Es el ghosting la nueva violencia emocional?

En un mundo hiperconectado, desaparecer sin dejar rastro se ha convertido en la salida de emergencia predilecta ante la incomodidad. Un mensaje sin respuesta ya no es solo desinterés, es la manifestación de una incapacidad creciente para gestionar la ansiedad que provoca el vínculo humano. Desde la psicología, el ghosting rara vez es un plan para hacer daño; es, a menudo, una reacción automática de quien no sabe cómo sostener emociones incómodas. Si lo miramos con atención, estamos frente a la paradoja de la conexión aséptica, es decir, más comunicación técnica, menos contacto humano.

La anatomía del silencio

Podemos profundizar en cuál es la "anatomía del silencio". El concepto tan difundido y a veces mal entendido del apego evitativo intenta hacernos comprender algo de lo que podría estar sucediendo en quienes presentan este modo de vinculación. Dichas personas tienden a distanciarse ante la intimidad o el compromiso afectivo. Esto debe ser entendido como un diálogo interno, ya que puede ser que si miramos sus conductas o actos en el hacer cotidiano, no tengamos indicios de estos sentimientos contradictorios que los aturden. 

Suelen ser personas comprometidas con sus hijos, el trabajo, etc., pero en su interior otra cosa pasa. Sin embargo, es conveniente entender que se trata de una conducta reactiva hacia ciertos sentimientos, que a veces se transforman en pensamientos distorsionados, pero que estos pensamientos les permiten justificar su conducta.

Para ellos, cortar la comunicación es una forma de recuperar control y protegerse de la vulnerabilidad que sienten frente a determinadas emociones, que en cada persona son o pueden ser distintas. Esto es fundamental a tener en cuenta cuando hablamos de conductas humanas. No para todos es igual. En general, suele ser más notorio cuando el vínculo tiende a sentirse más profundo, donde es difícil o se siente así, y donde la posibilidad de diálogo con la otra persona se visualiza como peligrosa o que puede tocar puntos internos con los que no puedo lidiar o llevar a cabo. A veces por las características del otro miembro, a veces solamente porque es complicado expresar lo que se siente, ya que el compromiso interno y su relación con el sentirse vulnerable muchas veces no pueden identificarse.

Cuando no estamos muy seguros de lo que sentimos o algo que nos está pasando internamente es contradictorio o no entendible para nosotros, nuestras señales de alarma se activan. Como dije anteriormente, se teme a las reacciones intensas, tanto en mí mismo como en otro: llanto, reproches, preguntas. Porque los sentimientos no claros o bien no nombrados suelen enredarse con pensamientos que nos justifiquen o con comentarios de otras personas que, aunque tengan las mejores intenciones, se guían por lo que nosotros entendemos de esa realidad, pero que no necesariamente es toda la realidad. 

Al no saber cómo "sostener" esa emoción, la solución inmediata es eliminar la vía de comunicación. La posibilidad de borrar el contacto, bloquear accesos o desaparecer de una pantalla favorece estas conductas, reforzando un círculo poco virtuoso para aprender a registrar, comprender y manejar mis propias emociones. La posibilidad digital actúa como una barrera que reduce la empatía. En una conversación cara a cara, el lenguaje corporal, la voz y la mirada dificultan el abandono; en una app, el otro se percibe como perfil, notificación o "match". Esta deshumanización del efecto pantalla facilita acciones que en persona serían impensables, no responder, archivar o bloquear.

Una forma de evitación

El alivio instantáneo que produce borrar un chat tiene una explicación neuropsicológica: evita la activación de la ansiedad asociada al conflicto y entrega una recompensa breve, provocando el descenso del malestar. Pero es un analgésico temporal; al reforzarse la evitación, se debilita la capacidad de tolerar el malestar y de afrontar conversaciones incómodas en el futuro. El botón de "eliminar" se convierte en mecanismo de refuerzo; cada vez resulta más sencillo evitar y cada vez más difícil sostener y, por consiguiente, sentir. Cuando desaparece, evita el coste emocional inmediato; se instaura una economía afectiva donde la comodidad personal prima sobre la responsabilidad con el otro.

Este patrón tiene efectos en dos direcciones: hiere profundamente a quien es abandonado sin explicación, generando confusión, culpa y baja autoestima, sobre todo si no se tiene presente la compresión de la conducta ajena y, en paralelo, erosiona la autopercepción de quien evita, alimentando sentimientos de baja autoestima por comportamientos que no saben ni pueden detener.

El uso repetido de soluciones digitales fáciles contribuye a una atrofia emocional; se pierde la práctica de negociar límites, decir “no” con respeto y acompañar la frustración ajena. Se trata de la imposibilidad o la pérdida de habilidades de regulación interpersonal. La consecuencia colectiva es una generación que sabe gestionar interfaces, pero no conversaciones difíciles.

El trabajo en terapia

En mi práctica profesional ha habido situaciones en donde la posibilidad de crecimiento interno volvió a generar una buena situación con la persona afectada. Es decir, que esta forma de ver la realidad no necesariamente nos condiciona. El hecho de poder registrar nuestra conducta permite mejorar y abrir nuevos horizontes.

El reto no es solo reparar a quien fue “ghosteado”, sino animar a quien evita derribar su propio muro digital. La responsabilidad afectiva debe entenderse como una práctica de salud mental; comunicar un cierre, una negación o una distancia con claridad no es un favor al otro, es un acto de cuidado propio que previene remordimientos y aloja la empatía. Aquí algunas propuestas que pueden ayudarnos a reconstruir la comunicación perdida y generar una versión más humanizada y empática con nosotros mismos y con los otros. 

Desde el punto de vista individual, practicar respuestas breves y honestas, ensayar frases que nos permitan expresar un límite sin alargar el conflicto, buscar ayuda terapéutica si la evitación es persistente. Desde lo social, promover normas culturales que valoren la honestidad comunicativa y educar en regulación emocional desde temprana edad. Desde las plataformas, diseñar experiencias que fomenten la responsabilidad, como, por ejemplo, recordatorios antes de bloquear que nos den unos minutos para pensar antes de presionar la tecla, o herramientas que faciliten cierres respetuosos. 

Silvana Weckesser

Silvana Weckesser

Magister En Psicología. Especialista en Clínica.Docente Universitaria.Escritora

Profesional verificado
Buenos Aires
Terapia online

El ghosting no es solo una mala educación, es la señal de una fragilidad emocional colectiva, una consecuencia de interfaces que facilitan la deshumanización y de habilidades que se oxidan por falta de uso. Elegir la palabra sobre el silencio no solo protege al otro, nos devuelve la propia humanidad. Recuperar la capacidad de sostener la incomodidad es, en definitiva, recuperar la palabra como acto terapéutico y social en un mundo que corre hacia lo aséptico.

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Silvana Weckesser. (2026, abril 2). El silencio que destruye. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/coach/silencio-que-destruye

Psicóloga

Buenos Aires

Silvana Weckesser es psicóloga especializada en el ámbito clínico y docente universitaria, así como escritora. Su consulta se encuentra en Buenos Aires.

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