Un adolescente coloca el móvil delante, pulsa «grabar» y hace algo que probablemente no haría si estuviera solo. Puede ser una broma, una prueba física o una conducta con cierto riesgo. Al otro lado de la pantalla todavía no hay nadie, pero en su imaginación ya existe una audiencia: amigos que lo compartirán, desconocidos que reaccionarán y una cifra de visualizaciones que puede empezar a crecer pocos minutos después.
Los retos no nacieron con TikTok, Instagram o YouTube. Los jóvenes siempre se han desafiado, imitado y puesto a prueba delante de sus iguales. Lo novedoso es que ahora la audiencia potencial puede multiplicarse y la aprobación se vuelve cuantificable. Los «me gusta», comentarios y reproducciones transforman una reacción social que antes ocurría entre unas pocas personas en una señal visible que puede llegar desde cientos o miles de usuarios.
Esto no significa que los adolescentes sean incapaces de valorar el peligro ni que las redes sociales conviertan automáticamente a los jóvenes en personas temerarias. La mayoría no participa en retos peligrosos. Sin embargo, determinadas características de la adolescencia pueden hacer que la recompensa social tenga un peso especialmente importante justo cuando la presencia del grupo modifica también la manera de valorar algunos riesgos.

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Los retos virales no son todos iguales
Hablar de «retos virales» como si fueran un único fenómeno puede resultar engañoso. Muchos consisten simplemente en bailar, cocinar, imitar una escena, realizar una actividad deportiva o recaudar fondos para una causa. Otros, en cambio, incluyen conductas potencialmente peligrosas y pueden producir lesiones.
Una revisión reciente de la investigación sobre retos en redes sociales analizó 66 estudios y encontró una enorme heterogeneidad tanto en el tipo de desafíos como en las motivaciones para participar. Los autores señalaron precisamente que buena parte de la literatura todavía se basa en casos concretos y que faltan modelos suficientemente sólidos para explicar por qué algunos contenidos se convierten en desafíos de riesgo.
Esto obliga a evitar una explicación demasiado sencilla. Un joven puede participar por diversión, creatividad, curiosidad, competición, deseo de reconocimiento o porque sus amigos lo están haciendo. En los retos peligrosos, además, pueden combinarse varios de estos factores.
Por eso, llamar «adicción a la validación» a todo comportamiento orientado a conseguir likes tampoco sería preciso. No se trata de un diagnóstico psicológico. La expresión puede servir coloquialmente para describir una búsqueda muy frecuente de aprobación externa, pero necesitamos comprender qué hace que esa aprobación resulte tan poderosa.
Durante la adolescencia, pertenecer importa especialmente
La aceptación del grupo adquiere una enorme relevancia durante la adolescencia. Esto forma parte del desarrollo social normal: progresivamente, las relaciones con los iguales ocupan más espacio y contribuyen a construir identidad, autonomía y sentido de pertenencia.
Un experimento clásico de Jason Chein y sus colaboradores mostró hasta qué punto la presencia de amigos puede modificar determinadas decisiones. Adolescentes, adultos jóvenes y adultos realizaron una tarea de conducción simulada mientras estaban solos o mientras unos compañeros observaban su actuación. La presencia de iguales aumentó la conducta de riesgo especialmente entre los adolescentes y se acompañó de una mayor respuesta en regiones relacionadas con el procesamiento de recompensas. El experimento no demuestra que los jóvenes pierdan el control delante de sus amigos, pero sí ilustra que el contexto social puede modificar el valor subjetivo de una decisión arriesgada.
Las redes sociales amplían ese escenario. Ya no necesitamos que los amigos estén físicamente delante. Podemos anticipar su reacción antes de publicar algo y observar después, casi en tiempo real, cuántas personas lo aprueban.
En ese contexto, un reto deja de ser simplemente «hacer algo». También puede convertirse en una oportunidad para demostrar valentía, resultar divertido, conseguir atención o confirmar que seguimos formando parte del grupo.
Cuando los «me gusta» convierten la aprobación en una cifra
Una de las peculiaridades de las redes sociales es que hacen visible algo que durante gran parte de la historia humana fue mucho más ambiguo: cuánto parece gustar algo a los demás.
Lauren Sherman y su equipo estudiaron este fenómeno utilizando una aplicación similar a Instagram. Los adolescentes observaban fotografías acompañadas artificialmente de muchos o pocos «me gusta». Tendían a dar más like a las imágenes que supuestamente habían recibido una mayor aprobación previa, y el efecto aparecía incluso ante fotografías que mostraban comportamientos de riesgo. Los autores observaron también diferencias en la actividad de regiones vinculadas al procesamiento de recompensas y la influencia social.
Una investigación publicada en Science Advances en 2024 añadió otra pieza interesante. A través de tres estudios —incluido el análisis de más de 1,6 millones de publicaciones de Instagram—, Ana da Silva Pinho y sus colaboradores encontraron que los adolescentes mostraban una mayor sensibilidad que los adultos a los cambios en la respuesta social recibida. En otro experimento, una reducción de los «me gusta» afectaba más a su estado de ánimo. Los efectos no significan que cada like controle la autoestima adolescente, pero muestran que el feedback digital puede adquirir un peso especialmente relevante en esta etapa.
La validación, además, puede funcionar en ambas direcciones. Obtener aprobación resulta agradable, pero no conseguirla puede sentirse como una pequeña experiencia de rechazo. Así, la pregunta deja de ser únicamente «¿me apetece hacer este reto?» y puede transformarse en «¿qué ocurrirá si todos lo hacen menos yo?».
Por qué el riesgo puede parecer menor desde dentro del grupo
Desde fuera, algunos retos provocan una reacción inmediata: «¿Cómo pudo pensar que aquello era una buena idea?». Sin embargo, las decisiones no se toman en el vacío.
Si vemos repetidamente a otras personas realizar una conducta sin sufrir consecuencias visibles, podemos empezar a percibirla como más normal. A esto se suma un problema propio del contenido digital: vemos el vídeo que se publicó, pero no necesariamente todo lo que ocurrió antes o después. El resultado exitoso puede circular miles de veces, mientras que los intentos fallidos permanecen fuera de cámara.
La investigación disponible ha encontrado asociaciones entre uso de redes sociales y distintas conductas de riesgo durante la adolescencia. Un metaanálisis de 27 estudios y más de 67.000 adolescentes observó relaciones pequeñas o moderadas entre ambos fenómenos. Sin embargo, la mayoría de los trabajos eran transversales, por lo que no permiten concluir simplemente que utilizar redes sociales provoque esas conductas. Puede haber características individuales, familiares y sociales que influyan en ambas.
Ese matiz importa. El problema no es «el cerebro adolescente contra TikTok». Es una interacción entre desarrollo, personalidad, normas del grupo, contenido visto, diseño de las plataformas y circunstancias personales.
Cómo prevenir sin convertir las redes sociales en el enemigo
Decir a un adolescente que «no haga tonterías por unos likes» probablemente aporta poca información nueva. En muchos casos ya sabe que determinadas conductas entrañan riesgo. La prevención necesita también enseñarle a reconocer cómo funciona la presión social digital.
Puede resultar más útil conversar sobre situaciones concretas: qué haría si todos sus amigos participaran, cómo distinguiría un reto aparentemente inocente de otro peligroso, qué información falta en un vídeo y por qué una conducta con miles de reproducciones no se vuelve segura por ser popular.
La American Psychological Association recomienda precisamente desarrollar alfabetización digital y acompañar el uso de redes de acuerdo con la edad y las capacidades de cada adolescente. También señala que características como los sistemas de «me gusta», el contenido recomendado o el desplazamiento infinito deberían considerarse teniendo en cuenta el desarrollo psicológico de los jóvenes.
Acompañar tampoco significa vigilar permanentemente. Conforme aumenta la edad y la competencia digital, puede aumentar también la autonomía. El objetivo es que el adolescente pueda detenerse antes de una decisión y hacerse una pregunta difícil de responder cuando todo el grupo parece mirar: «¿Haría esto igualmente si nadie pudiera verlo?».
Pertenecer sin tener que demostrarlo todo
Los retos virales muestran algo que existía mucho antes de las redes sociales: necesitamos sentirnos aceptados. Durante la adolescencia, además, esa necesidad convive con una mayor exploración de la identidad, una creciente autonomía respecto a la familia y una especial importancia de los iguales.
Las plataformas no inventaron el deseo de pertenecer, pero pueden amplificarlo al convertir la aprobación en números, hacer visibles las conductas de miles de personas y permitir que una acción realizada durante unos segundos obtenga inmediatamente una respuesta social.
Por eso, prevenir las conductas de riesgo no consiste únicamente en explicar sus consecuencias. También implica ayudar a los jóvenes a construir formas de pertenencia que no dependan constantemente de demostrar algo ante una audiencia. Porque quizá una de las habilidades digitales más importantes no sea aprender qué publicar, sino descubrir que podemos seguir formando parte de un grupo incluso cuando decidimos no hacer aquello que el grupo espera.

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