La adolescencia obliga a adaptarse a muchos cambios al mismo tiempo. El cuerpo cambia, las relaciones adquieren un peso diferente, aparecen nuevas responsabilidades y el futuro empieza a plantearse como algo sobre lo que hay que tomar decisiones. En medio de ese proceso, sentir nervios, miedo o preocupación es completamente normal. La dificultad aparece cuando determinar dónde termina esa ansiedad esperable y dónde empieza un problema que merece atención deja de ser tan sencillo.
Ansiedad en adolescentes: señales, causas y cuándo pedir ayuda
De todo ello vamos a hablar con Iratxe López Fuentes, doctora en Psicología y psicóloga sanitaria que dirige Iratxe López Psicología en Bilbao. Su trabajo incluye la atención a niños, adolescentes y adultos, y entre sus áreas de especialización se encuentran la ansiedad, los problemas emocionales, la autoestima, las relaciones y las neurodivergencias.

Iratxe López Fuentes
Iratxe López Fuentes
Psicóloga General Sanitaria en Bilbao | Ansiedad, relaciones y neurodivergencias
1. La adolescencia es una etapa de muchos cambios e inseguridades. ¿Cómo podemos distinguir una ansiedad esperable de una que empieza a convertirse en un problema clínico?
La ansiedad en sí no es un problema. Es una emoción necesaria que nos prepara para afrontar retos, y en la adolescencia hay muchos: exámenes, cambios en el cuerpo, las primeras relaciones, encajar en el grupo o decidir qué hacer con su futuro. Que un adolescente se ponga nervioso antes de un examen o de una exposición oral es lo esperable.
Empieza a ser un problema cuando la ansiedad es desproporcionada respecto a la situación, cuando se mantiene en el tiempo, aunque la situación haya pasado, cuando aparece sin un motivo claro y, sobre todo, cuando empieza a interferir en su vida diaria: en los estudios, en el sueño, en las relaciones con amigos o en la convivencia familiar.
Dicho esto, lo ideal sería no esperar a que interfiera. Cuanto antes la detectemos, más fácil es intervenir. Por eso conviene fijarse también en señales más sutiles: un adolescente que empieza a dejar de hacer cosas que antes le gustaban, que se preocupa por todo o que necesita que le tranquilicen constantemente.
2. ¿Qué señales de alarma deberían observar las familias cuando un adolescente empieza a preocuparse demasiado, evitar situaciones o mostrarse constantemente irritable?
La clave es comparar al adolescente consigo mismo. No tanto con sus amigos o con cómo «deberían ser» los adolescentes, sino con cómo era él hace unos meses. Un cambio claro y mantenido en el tiempo es la primera señal a tener en cuenta.
Algunas señales de alarma:
- Preocupaciones constantes que no consigue quitarse de la cabeza y que saltan de un tema a otro.
- Evitar cada vez más situaciones: no querer ir a clase, dejar de quedar con amigos o abandonar actividades que le gustaban.
- Quejas físicas frecuentes, sobre todo antes de ir al colegio o al instituto.
- Problemas para dormir: tarda mucho en conciliar el sueño, se despierta por la noche o se levanta cansado.
- Irritabilidad o explosiones de enfado desproporcionadas.
- Necesidad constante de preguntar y de que le aseguren que todo va a ir bien.
- Bajada del rendimiento académico o, al contrario, una exigencia extrema con los estudios.
- Aislamiento, pasar cada vez más tiempo encerrado en su habitación o con el móvil como vía de escape.
3. ¿Cómo puede manifestarse la ansiedad en adolescentes que no dicen abiertamente «estoy ansioso», pero sí presentan dolores físicos, problemas de sueño o cambios de conducta?
Las somatizaciones son muy frecuentes y es importantísimo tenerlas en cuenta. Dolores de cabeza, de tripa, náuseas, mareos, tensión muscular, sensación de falta de aire o cansancio constante. Muchas veces, el adolescente pasa por el pediatra o el médico de cabecera varias veces sin que se encuentre una causa física. Un patrón muy típico es que los síntomas aparezcan el domingo por la noche o el lunes por la mañana y desaparezcan el fin de semana o en vacaciones. Por supuesto, primero hay que descartar una causa médica, pero, si no la hay, conviene pensar en la ansiedad.
También puede manifestarse con irritabilidad, y aquí está una de las grandes complicaciones en esta etapa. Muchos comportamientos pueden deberse simplemente a la adolescencia: estar más irascible, contestar mal o encerrarse en la habitación. Pero también pueden ser la forma en que se expresa la ansiedad. De hecho, la irritabilidad es uno de los síntomas recogidos en el diagnóstico del trastorno de ansiedad generalizada.
Para distinguirlo, nos fijamos en si esa irritabilidad es muy intensa, si se mantiene en el tiempo, si aparece en todos los contextos y si viene acompañada de otras señales, como problemas de sueño, quejas físicas o evitación. No todo es «cosa de la edad», pero tampoco todo es ansiedad. Por eso es importante que lo valore un profesional.
4. ¿Qué papel juegan la presión académica, la comparación social y las expectativas sobre el futuro en el aumento de la ansiedad durante esta etapa?
Juegan un papel muy importante. La adolescencia es una etapa en la que la opinión de los demás pesa muchísimo. Es el momento en el que están construyendo su identidad y en el que la aceptación del grupo se vuelve central. Por eso, compararse con los demás y sentir que no están a la altura les afecta tanto.
A esto se suma la presión académica: las notas, la selectividad, las notas de corte y la sensación de que cada examen decide su futuro. Y también un futuro que perciben como muy incierto: el trabajo, la vivienda, la situación del mundo. Cuando un adolescente siente que tiene que hacerlo todo bien y que cualquier error tendrá consecuencias enormes, la ansiedad encuentra un terreno muy fértil.
Aquí los adultos tenemos mucho que decir. Transmitirles que su valor no depende de sus notas, que equivocarse forma parte de aprender y que hay muchos caminos posibles les quita mucho peso de encima.
5. ¿Cómo influyen las redes sociales en la percepción que los adolescentes tienen de sí mismos y en el miedo a quedarse fuera, no encajar o no estar a la altura?
Mucho. Cada vez nos encontramos con más adolescentes para los que las redes son una fuente importante de malestar. Se comparan constantemente con vidas y cuerpos que parecen perfectos, pero que están filtrados y seleccionados. Miden su valor en «me gusta» y seguidores. Ven en tiempo real los planes a los que no les han invitado, lo que alimenta ese miedo a quedarse fuera. Y, además, el uso del móvil por la noche les quita horas de sueño, lo que por sí solo ya aumenta la ansiedad.
Dicho esto, las redes no afectan a todos por igual. Influyen especialmente en los adolescentes que ya son más vulnerables. Y aquí quiero insistir en algo: la solución no pasa por intentar quitarles el móvil de repente en la adolescencia. Es un trabajo que hay que hacer desde la infancia.
Tendemos a ver la adolescencia como una etapa completamente nueva, casi como si empezara de cero. Es verdad que es diferente a la infancia, pero no deja de ser lo que viene después de ella, y todo lo que ha ocurrido en la infancia lo vamos a arrastrar a la adolescencia. Si cuando era niño no hemos podido prestar atención a sus emociones, simplemente porque la vida es complicada y todos vamos con prisas, no podemos pretender que, en la adolescencia, de repente, nos cuente cómo se siente por dentro. Lo mismo pasa con el uso de las pantallas: los hábitos, los límites y la confianza se construyen desde pequeños.
6. ¿Cuándo la evitación —por ejemplo, dejar de ir a clase, no quedar con amigos o evitar exposiciones orales— deja de ser una estrategia puntual y empieza a reforzar la ansiedad?
Todas las personas tenemos diferentes formas de afrontar las dificultades, y la evitación es una de ellas. Evitar algo de forma puntual no es un problema. Todos lo hemos hecho alguna vez.
El problema es que la evitación funciona muy bien a corto plazo: si no voy a la exposición oral, la ansiedad desaparece en ese momento. Pero a largo plazo la refuerza, porque el adolescente nunca llega a comprobar que podía hacerlo y que no pasaba nada tan grave. Su cerebro aprende que esa situación es peligrosa y que la única forma de estar bien es evitarla. La próxima vez le costará todavía más.
Se convierte en un problema cuando se repite, cuando se va extendiendo a cada vez más situaciones —primero la exposición oral, luego una asignatura, luego ir a clase— y cuando empieza a tener consecuencias: faltas de asistencia, pérdida de amistades o dejar de hacer cosas importantes para él. Una buena pregunta que pueden hacerse las familias es: ¿no lo hace porque no le apetece o porque le da miedo?
7. ¿Qué diferencias puede haber entre la ansiedad adolescente y problemas como la depresión, el perfeccionismo o el estrés, teniendo en cuenta que a menudo se solapan?
Muchas veces se solapan, y esto no pasa solo en adolescentes, también en niños y adultos. Pocas veces vemos la ansiedad de forma aislada. Las personas somos complejas y, en psicología, casi nunca nos encontramos un problema aislado y ya está. Siempre hay desencadenantes, estresores, experiencias previas, creencias… Es importante que entendamos esa complejidad, la de los adolescentes y la de las personas en general.
Dicho esto, hay algunas diferencias orientativas:
- La ansiedad mira hacia el futuro: preocupación, miedo a lo que pueda pasar, tensión y estado de alerta.
- La depresión se caracteriza más por la tristeza, la desesperanza, la falta de energía y la pérdida de interés por las cosas que antes disfrutaba. Ojo, porque en adolescentes también puede expresarse como irritabilidad.
- El estrés es una respuesta a una situación concreta, como una época de exámenes, y suele disminuir cuando esa situación pasa.
- El perfeccionismo no es un trastorno en sí, sino un rasgo o una forma de funcionar. Pero, cuando es muy rígido, es un factor de riesgo tanto para la ansiedad como para la depresión.
Además, es frecuente que una ansiedad mantenida en el tiempo acabe derivando en síntomas depresivos: el adolescente se agota, deja de hacer cosas y se siente incapaz. Por eso es tan importante una buena evaluación.
8. ¿Cómo deberían reaccionar madres y padres cuando su hijo expresa preocupaciones que a ellos les parecen exageradas, sin minimizar lo que siente ni reforzar sus miedos?
Lo primero es escuchar. Muchas veces no hay que hacer nada más que eso. Pero escuchar de verdad, no desde la perspectiva de un adulto que ya sabe que, por ejemplo, el primer amor es solo el primer amor.
Si nuestro hijo o nuestra hija nos cuenta con mucha angustia algo que le ha pasado con la persona con la que estaba saliendo, lo que no ayuda es decirle: «Bah, es tu primer amor, ya verás cómo se te pasa». Lo que sí ayuda es algo como: «Entiendo que para ti es algo muy importante, porque es tu primer amor y ahora no sabes cómo manejarlo». Se trata de ponernos en su lugar y de verlo desde su perspectiva, no desde la nuestra.
Escucharles, prestarles atención y validar sus emociones no refuerza sus miedos. Al contrario: les hace sentirse escuchados, y la próxima vez tendrán más confianza para contárnoslo. Las emociones y las preocupaciones no se van cuando intentamos eliminarlas, sino cuando las atendemos.
Lo que sí puede reforzar el miedo es otra cosa: resolverles todo, evitarles cualquier situación que les genere ansiedad o justificar que no vayan a clase. La combinación que mejor funciona es validar lo que sienten y, al mismo tiempo, transmitirles confianza en que pueden afrontarlo: «Entiendo que te dé mucho miedo y creo que puedes hacerlo. Estoy aquí para ayudarte».
9. ¿Qué factores hacen que algunos adolescentes sean especialmente vulnerables a desarrollar trastornos de ansiedad, y cuáles pueden actuar como protección?
La ansiedad nunca tiene una única causa. Suele ser la suma de varios factores. Entre los que aumentan la vulnerabilidad:
- El temperamento: niños que desde pequeños eran más tímidos, cautelosos o sensibles ante lo nuevo.
- Los antecedentes familiares de ansiedad, tanto por la parte biológica como por lo que se aprende en casa. Si los adultos vivimos el mundo como un lugar peligroso, ellos también lo aprenden.
- Los estilos educativos muy sobreprotectores o muy exigentes.
- Las experiencias difíciles: acoso escolar, pérdidas, conflictos familiares o cambios importantes.
- El perfeccionismo rígido y una autoestima muy dependiente de los resultados.
- La falta de sueño, que en la adolescencia es muy habitual.
- Ser mujer: a partir de la pubertad, los trastornos de ansiedad son más frecuentes en ellas.
Y entre los factores de protección:
- Un vínculo seguro con al menos un adulto de referencia, alguien con quien sientan que pueden hablar.
- Una buena comunicación emocional en casa, construida desde la infancia.
- Tener amistades y sentirse parte de un grupo.
- Saber identificar y gestionar sus emociones.
- Ir ganando autonomía de forma progresiva y sentirse capaces de resolver problemas.
- Hábitos básicos cuidados: dormir bien, hacer ejercicio y tener tiempo libre sin pantallas.
10. ¿En qué momento es recomendable acudir a un profesional y qué tratamientos han demostrado ser más eficaces para la ansiedad en adolescentes?
Es recomendable consultar cuando la ansiedad se mantiene durante semanas, cuando empieza a interferir en los estudios, las amistades o la vida familiar, cuando la evitación va a más o cuando hay quejas físicas repetidas sin causa médica. Y hay que consultar de forma inmediata si el adolescente habla de desesperanza, de no querer vivir o de hacerse daño. Como siempre digo, ante la duda es mejor consultar.
El tratamiento psicológico con más evidencia es la terapia cognitivo-conductual, que incluye la exposición gradual a aquello que se evita. En los casos más graves puede valorarse, junto con psiquiatría, combinar la terapia con medicación.
Ahora bien, la intervención con adolescentes suele ser complicada. Hay perfiles, como los adolescentes con problemas de conducta, que no quieren saber nada del psicólogo. Pero el adolescente con ansiedad, como lo está pasando tan mal, suele tener cierta predisposición a venir a consulta. Y esa predisposición es un punto de partida muy valioso.
Para mí, más importante que el tipo de tratamiento es el vínculo que el adolescente establece con su psicólogo. Los adolescentes dan muchísima importancia a la lealtad y necesitan sentir que ese vínculo es leal y que está protegido. Es decir, que no vamos a ir contándoles todo a sus padres. Cuando son menores de edad, los padres tienen que estar informados, pero eso no significa contarlo todo. Se les informa de la evolución y de lo que necesitan saber para ayudar, y respetamos la intimidad del adolescente.
El único límite es su seguridad: si hay un riesgo para él o para otras personas, eso sí se comunica, y se lo explicamos desde la primera sesión para que sepa a qué atenerse. Cuando el adolescente sabe que su espacio se respeta, se abre, y es ahí cuando la terapia empieza a funcionar.

Iratxe López Fuentes
Iratxe López Fuentes
Psicóloga General Sanitaria en Bilbao | Ansiedad, relaciones y neurodivergencias














