Una serie de adicciones no basadas en drogas. Wikimedia Commons.

Vamos a hablar de cuatro conductas propias del ser humano que, cuando se van de control pueden constituirse en verdaderos problemas de adicción a pesar de que técnicamente no son sustancias.

Ludopatía, un juego que no es juego

Vinculado al disfrute y la recreación, el bingo o casino pueden brindar todos los condimentos necesarios para una noche inolvidable: buena comida, música, tragos, diversión. También podrá ser inolvidable si no se puede parar de jugar, si se “invierte” el sueldo, se pide y adeuda dinero, se vende el automóvil, entre otras cosas inimaginables…

Hablaremos de ludopatía si el jugar se va de las manos, se torna compulsivo, descontrolado, hasta llegar a instancias desesperantes donde los deterioros no solo aparecen desde el punto de vista económico, si no a nivel familiar, laboral, personal. Es una de las adicciones sin sustancias más frecuentes en países occidentales.

Toda excusa es válida para volver a jugar

Si se gana, la motivación invade y se volverá a jugar para aumentar lo ganado. “Hoy estoy de suerte”. Si se pierde, se volverá a jugar para recuperar lo perdido, para levantar el ánimo, o intentar zafar de las consecuencias negativas de haber perdido. “si recupero lo perdido, nadie se va a enterar de lo que perdí, ni siquiera sabrán que vine”.

Para el entorno mas cercano, al advertir la problemática, el bingo se vuelve un lugar prohibido para el ludópata, lo cual implicará para él tener que ocultarlo cada vez que asista, mentir o buscar excusas para ir al bingo.

Siempre es de noche

La arquitectura del bingo, sin ventanas y estratégicamente pensada, hace imposible descubrir cuándo deja de ser de noche y comienza a amanecer, lo cual facilita la compulsión y la falta de límites. La perdida de la noción del tiempo es algo clave en la adicción al juego. Así como la falsa creencia de que un ludópata puede elegir cuándo ir al bingo y cuándo irse, como si pudiera manejarlo.

Si hay adicción, será muy difícil controlar la frecuencia y duración de la estadía en el bingo. Por ello, es una conducta a la que hay que prestarle mucha atención. Si el juego deja de ser placentero y empieza a ser compulsivo, necesario y problemático, ya no es un juego.

Adicciones a personas

La adicción a una persona, o también conocida como codependencia, puede ser tan problemática como otras adicciones. Puede producir aislamiento, deterioro familiar, social, laboral, baja autoestima, e incluso depresión y muerte. Sentir que se vive para y por el otro, que la razón de su vida es esa persona, que si no está nada tiene sentido. Ser dependiente a otra persona anula las capacidades propias al sentir que solo no se puede vivir ni lograr nada en la vida.

La estima propia está regida por lo que expresan los otros sobre uno mismo. Se creen merecedores de pocas cosas o de nada, priorizan al otro y pueden llegar a hacer lo que no quieran con tal de complacer o no perder a la otra persona.

La relación con la persona dependiente tiene idas y vueltas, donde la vuelta al vínculo es lo que prima. Los codependientes vuelven una y otra vez, a lo largo de los años, como si la relación enfermiza fuera mas fuerte que ellos, donde las relaciones personales quedan a un lado y siempre hay oportunidades para volver a estar juntos

Vivir para trabajar, la adicción al trabajo

Algo tan necesario como gratificante y organizador de la personalidad como lo es el trabajo, puede tornarse un problema. Esto se dará cuando una persona dedica la mayoría de las horas del día, y a veces de la noche, a cuestiones laborales, no permitiéndose realizar otras actividades o descansar.

Varios son los factores causales de una adicción al trabajo: excesiva autoexigencia, baja autoestima, sentimiento de inferioridad, obsesión, ambición patológica. Y las consecuencias también serán variadas. Como en toda adicción, habrá secuelas a nivel salud, familia y sociabilidad: agotamiento físico, estrés, ansiedad; aislamiento, discusiones, reclamos, presiones.

¿Qué compra el que compra? Consumismo compulsivo

Hoy por hoy las compras y el consumismo forman parte de nuestra sociedad occidental, casi son necesarios para vivir. Consumimos comidas, ropa, electrodomésticos, momentos de entretenimiento, etc. Pero cuando el comprar se torna una conducta descontrolada y compulsiva estamos hablando de otra cosa.

Cuando comprar calma, alivia o descarga, debemos preguntarnos de qué nos calma. ¿De qué nos aleja? En definitiva, ¿de qué nos evadimos cuando compramos de forma compulsiva?

El gastar altas sumas de dinero, lejos de generar la gratificación por adquirir lo comprado, puede generar impotencia, angustia e intranquilidad. Puede llevar a endeudarse y a continuar comprando. La compra no alegra, no es un momento de placer, o sí lo es, pero luego es seguido por una sensación de vacío, de frustración porque lo material comprado no llena completamente ni quita lo desagradable que nos está haciendo mal. Esto, que es previo a la compra, es lo que tenemos que dsevelar, porque la compra en sí misma no es mala, lo malo es que sea de forma compulsiva y como recurso para tapar o calmar alguna otra necesidad.

Retomando el título de este segmento, el que compra compulsivamente compra alivio, evasión, tranquilidad momentánea. Y, según el caso, podrá comprar un lugar en la familia, un amor correspondido, una sensación de éxito y prestigio; compra autoestima, compra sentirse valioso e importante. La metáfora aquí es, cuando en lo real no consigo algo o me frustra parte de la realidad que vivo o el lugar que ocupo en la sociedad, en mi cabeza el comprar reemplaza aquello no material que siento no tener. Y alivia, porque al comprar “olvido” aquello que me está generando tanto malestar.

Insistimos el comprar no tiene nada malo y es parte de nuestra forma de vivir. Será un problema si se impone sistemáticamente la necesidad de comprar algo. La vida queda organizada en función de comprar, todo el tiempo y si no se puede llevar adelante la compra, invade la angustia y frustración.