La alimentación abarca una gran parte de nuestra calidad de vida y bienestar, y es por ello que en los últimos años la sociedad ha ido dando más atención a la necesidad de cuidarse en este aspecto del día a día. Sin embargo, ganar consciencia acerca de la importancia de una necesidad no implica saber atenderla bien, y a veces el remedio es peor que la enfermedad: dietas milagrosas, ayudos excesivos, etc.

A fin de cuentas, la alimentación no solo implica introducir alimentos en nuestro organismo; también incluye los hábitos de alimentación y las acciones que realizamos al comer. Por eso, el concepto de la alimentación emocional ha surgido para llamar la atención acerca de la necesidad de comer tal y como el cuerpo lo necesita realmente.

Entrevista a Adrián Quevedo: cómo entender qué es la alimentación emocional

Adrián Quevedo Rico es Psicólogo General Sanitario afincado en Madrid y formado en psicología deportiva y Alimentación Consciente. En esta entrevista nos habla sobre lo que es la alimentación emocional a partir de su experiencia como profesional dedicado a ayudar a personas.

¿Cómo definirías la alimentación emocional?

En primer lugar, creo importante recalcar que alimentación y emociones van de la mano, ya que la alimentación puede generar la aparición de emociones y a su vez las emociones la aparición de hambre, por lo que están relacionadas entre si y muchas veces el no ser consciente de ello nos quita la posibilidad de elegir si comer o no un alimento.

Entiendo la alimentación o comer emocional como la manera de alimentarse para regular algún tipo de emoción, sensación, evento displacentero o placentero, que la persona este viviendo. En el caso que produzca alivio o evitación del malestar, se da un reforzamiento negativo de este comportamiento, mientras que, por otro lado, puede reforzarse también de manera positiva los éxitos o alegrías con la comida.

Autores como Perpiña hacen hincapié en la regulación emocional tanto de emociones placenteras como de las displacenteras, y en investigaciones de Match encontramos una diferencia entre comer de manera compulsiva y de manera emocional. En la forma compulsiva, no importa tanto el tipo de alimento sino la cantidad, mientras que en la forma emocional, el tipo de alimento también cobra importancia, especialmente los dulces y alimentos ricos en grasas.

Ahora bien, se ha criticado, juzgado, rechazado y desvalorizado esta hambre o comer emocional, cuando aparte de su polaridad “negativa” tiene su polaridad “positiva” o funcional. Comernos un dulce cuando hemos tenido un día duro, un trozo de chocolate, un plato caliente cuando nos sentimos tristes, un plato que nos reconforta... también es algo funcional y adaptativo si se hace con consciencia de ello, no dejándonos llevar por un comportamiento automático.

Puntualmente un alimento puede reconfortarnos, y eso está bien; el problema aparece cuando ese comportamiento se convierte en un patrón, se automatizan y perdemos control sobre ello.

La diferencia entre cuando somos conscientes de ello y cuando no, viene dada por si el comer lo realizamos de manera automática y compulsiva, o de manera consciente. Al darnos cuenta del alimento que estamos comiendo, percibir su sabor y sus texturas, podemos hacerlo de forma relajada, eligiendo la cantidad que queremos comer.

Por lo tanto, la alimentación emocional no es negativa ni positiva per se, simplemente cumple una función De la manera en que desarrollemos ese proceso de manera consciente y voluntaria dependerá que nos beneficie o nos perjudique.

En tu opinión, ¿tiene que ver con la poca habilidad a la hora de identificar correctamente las emociones que se están sintiendo en cada momento?

Por una parte sí, pero no exclusivamente. Es cierto que si miramos en la literatura científica y en la práctica clínica, podemos observar cómo uno de los factores de peso que predisponen un TCA es una baja o deficitaria inteligencia emocional, entre muchos otros.

Cuando las personas sentimos una emoción, la sentimos en el cuerpo, y de ella se derivan una serie de sensaciones que nuestra mente interpreta y contextualiza. Para identificar una emoción el primer paso será llevar nuestra atención al cuerpo y empezar a observar y sentir las señales que empieza a mandar.

Toda emoción está asociada a un patrón de respuesta en nuestro cuerpo, bien sea por biología o por aprendizaje, es decir, previamente a experimentar la emoción plenamente aparecen señales en nuestro cuerpo, como pueden ser la tensión, sensación de calor, frio, presión, tensión, distensión, activación, desactivación etc.. Es importante no confundir esto con juicios de valor de si una sensación me gusta o no, es agradable o desagradable.

Estas señales son indicios de la aparición de una emoción, y en la medida en que sepamos identificarlos e interpretarlos, podremos procesarla en nuestro cuerpo, y llegar a contextualizaren nuestra mente qué emoción es, y escuchar su mensaje, la necesidad que refleja.

La mayoría de las veces esta tarea consiste en identificar, digerir esa emoción, permitirnos que pase a través de nuestro cuerpo, escucharla, acceder a la necesidad que hay debajo... Todas las emociones cumplen una función, y en la medida en que permitimos que la cumplan y no las rechacemos, irán dejando espacio a otra nueva, mientras que si las rechazamos se irán haciendo una bola hasta explotar en el momento menos pensado, o llevándonos a patrones de gestión emocional perjudiciales.

¿Cómo llega la alimentación emocional a instaurarse como un hábito más en nuestro día a día?

Alimentarse es un hábito que realizamos todos los días entre 2 y 6 veces, cuya función principal es obtener los nutrientes necesarios para el buen funcionamiento de nuestro cuerpo y nuestra mente. Gestionar nuestras emociones es otro hábito o proceso que realizamos todos los días, cuyas funciones principales son la adaptación al medio, la comunicación hacia fuera y desde dentro, y darnos la energía necesaria para pasar a la acción.

Ahora bien, el proceso de alimentación también cumple una función hedónica o de placer, es decir, comer algo por el placer o la recompensa que sentimos al comerlo, aunque no sea especialmente nutritivo. Por lo que ya no tiene exclusivamente ese valor para la supervivencia.

Los hábitos nos dan estructura a las personas, cumplen una función, un para qué, y en este caso, convertir la alimentación emocional en un hábito no es más que un intento de establecer una estructura y sentirnos contenidos y sostenidos en nuestras vidas, dentro del malestar que estemos experimentando.

La cuestión radica en que a medida que los hábitos se van aposentando en las autopistas neuronales de nuestro cerebro, cuanto más los repetimos, más tenderán a activarse en nuestra vida de forma automática. De ahí la sensación de no controlar lo que nos pasa.

Es por ello que a la hora de realizar un cambio de hábitos es importante que no nos limitemos únicamente a cambiar y ya está, sino a desarrollar una nueva perspectiva o una forma diferente de relacionarnos con la alimentación.

¿Es habitual que las personas descubran que tienen un problema significativo con este fenómeno psicológico? ¿Tienden a ir a terapia para solucionarlo?

A día de hoy mucha gente cree que se dan atracones o que comen emocionalmente en todo momento, por falta de información adecuada, sobre-información sobre este tema, o por lo que han escuchado a otras personas que no saben de lo que están hablando. Esto genera culpa y juicios negativos que va directos a nuestra autoestima.

Si miramos 15 años atrás, es el momento en el que la alimentación se vuelve una tendencia o una moda. Aparecen las dietas milagrosas, se pone de moda perder peso y eso parece, en mi opinión, neurotizar a algunos sectores de nuestra población, identificándose totalmente con esos valores que transmiten y dejándose llevar por esa corriente. Pasando a obsesionarse con mirar todo lo que comen, cómo esto repercute en su imagen, medir lo que se come, prohibir alimentos, creer que el peso (hasta cierto limite) son los únicos indicadores de salud... comprobaciones obsesivas frente al espejo, importancia de la imagen sobre como son las personas etc.

Sí, son cada vez más las personas que al observar o sentir algún malestar con su relación con su alimentación, dan el paso y acuden a consulta. Hay personas que se dan cuenta antes y se ponen manos a la obra para ver qué sucede y otras lo hacen a través de llegar a algún límite de sufrimiento y es ahí cuando ya buscan la ayuda. Además, a día de hoy, con el trabajo de psiconutrición entre psicólogo y nutricionista, todo este tipo de procesos de alimentación y TCA pueden abordarse desde una perspectiva mas amplia y multidisciplinar.

¿Existen estrategias de marketing que favorezcan que se generalice la alimentación emocional?

Sí, el marketing, la publicidad y la industria alimentaria lo tienen bien estudiado. En primer lugar, debemos separar la publicidad alimentaria hacia niños pequeños y adultos.

Los niños son seres humanos con un mayor grado de vulnerabilidad que los adultos, y si observamos las estrategias que utiliza el marketing alimentario, podremos ir desentramando su influencia sobre nuestra relación con la alimentación. Colores muy vivos, letras grandes y llamativas, muñecos cercanos y graciosos, envases llamativos, incluso vemos algún ídolo social, deportista o figura de referencia para los mas pequeños promocionándolo también, a pesar de que sabemos que no se lo comería ni de lejos.

Por la parte de los adultos se apela a la audiencia mediante distintos argumentos, desde que es más saludable porque está reducido en el porcentaje de grasa o lleva 0 azucares añadidos (eso, para entendernos, significa que no lleva más azúcar del que propio alimento tiene, no que no tenga azúcar), eslóganes como “placer adulto”, “ahora con más chocolate/crema”, “pide tu extra por 1 euro más", “destapa la felicidad”, indicaciones tipo "integral 100%" ( y luego miramos en los ingredientes y poner harina integral 20%), ofertas en 2x1 o precios irrisorios en comida con nutrientes y calorías vacías.

Todo esto sumando a las tendencias y modas de alimentación que hablábamos antes, da lugar a un ambiente obesogénico que favorece este tipo de comportamientos.

Desde tu punto de vista como profesional, ¿cómo se interviene en terapia para ayudar a los pacientes que sufran a causa de la alimentación emocional?

Como hemos venido viendo, la alimentación es un proceso complejo, que está relacionado con las emociones, el placer, las recompensas, la evitación del malestar, lo social, lo fisiológico, y va mas allá del simple hecho de llevarnos un alimento a la boca. Lo primero de todo sería realizar una evaluación de la vida de la persona y su relación con su alimentación, para poder ponerlo en contexto y tener un punto de partida.

Generalmente, muchas personas acuden con una gran carga de culpa a la consulta, por lo que es fundamental contextualizar y trabajar con ellos, que vean que estos comportamientos son formas, maneras o intentos de gestionar una situación que ya no les sirven, y prefieren elegir otra manera mas efectiva de gestionarse.

Una vez sabemos en qué situación nos encontramos, será importante trabajar y explorar diferentes aspectos que pueden estar influyendo sobre este proceso: la gestión de los pensamientos, la gestión emocional, la percepción de nuestra imagen, la gestión del entorno y del ambiente obesogénico, los estímulos que pueden favorecer o activar ese comportamiento, la relación con la alimentación, el aprendizaje de esa persona, estrategias etc..

Cada persona es un mundo, por lo que será fundamental trabajar en específico lo que esa persona traiga a consulta; no debemos generalizar al trabajar con personas, ya que cada una tiene una realidad muy diferente.