Por qué la psicología es relevante para mantener a raya el sobrepeso. Unsplash.

Según informa la Organización Mundial de la Salud (OMS), la obesidad y el sobrepeso han llegado a convertirse en dos de los problemas más importantes que se dan en las sociedades humanas a nivel mundial.

Son alteraciones de la salud con capacidad de desgastar la calidad de vida de las personas a través de una gran variedad de patologías: hipertensión, la diabetes, el desgaste de las articulaciones de las piernas o la hipercolesterolemia, por poner algunos ejemplos.

Pero más allá de las afecciones que se expresan en órganos y en tejidos celulares concretos, existen también otras maneras en las que el sobrepeso nos afecta negativamente, y que tienen que ver con su impacto psicológico.

La psicología del adelgazar

Muchas veces, los principales motivos por los que las personas con obesidad quieren bajar de peso no tienen que ver tanto con alargar sus años de vida, sino con dejar de sentirse mal consigo mismas, hasta el punto en el que llegan a sentirse muy culpables por algo ante lo que en realidad tienen menos control del que parece.

Estos efectos psicológicos de la obesidad y del sobrepeso son, habitualmente, la angustia al verse en un espejo, la inseguridad al relacionarse con los demás, el miedo a mostrar demasiado yendo en bañador o saliendo de fiesta, la creencia de que no se puede agradar físicamente a nadie, etc. A la práctica, esta clase de problemas tienen tanto o más poder persuasivo que los motivos biomédicos para decidir intentar bajar de peso.

Sin embargo, este factor psicológico suele ser tenido en cuenta solo cuando se piensa en los motivos para quemar grasa y adoptar una apariencia más definida. Del papel que juegan las variables psicológicas a lo largo del proceso de pérdida de peso no se habla tanto, aunque en realidad son fundamentales.

La importancia de lo psicológico al combatir el sobrepeso

La creencia deque adelgazar consiste simplemente en comer alimentos saludables puede llegar a dejarnos en una situación peor de la que estábamos. El motivo de esto es que esta estrategia parte de la idea de que el sobrepeso y la obesidad son un problema de falta de fuerza de voluntad, algo que ocurre cuando se actúa indebidamente cediendo a los impulsos y no poniendo a la práctica lo que dice la teoría de la alimentación sana.

Como consecuencia de esto, se tiende a pasar por alto que la tendencia a acumular más o menos grasa tiene buena parte de sus causas en la genética, por lo que mucha gente termina siendo incapaz de seguir una dieta sin otro plan que cumplirla a rajatabla, y entonces aparece el efecto rebote y los sentimientos de culpa por terminar tirando la toalla.

A causa de la falta de información sobre el vínculo entre genétita y propensiones a acumular grasa, no se plantean la posibilidad de que su situación de partida sea bastante más desventajoso que la de los modelos con los que se quieren identificar, y que por consiguiente necesitan más que tener como referencia una tabla semanal de alimentos.

Así pues, cualquier fórmula para adelgazar que apoye todo su peso en la necesidad de seguir un plan de dietas quedará irremediablemente cojo, porque pasará por alto dos cosas. En primer lugar, ignorará que la configuración genética de cada individuo hace que solo pueda mantenerse por debajo de cierto peso de manera consistente y sin comprometer su salud.

En segundo lugar, se pasará por alto que, bajo la idea de que es la "fuerza de voluntad" la que debe promover la transformación de la persona, se esconden cientos de variables psicológicas interactuando entre sí de una manera muy compleja, y que si podemos llegar a aprender de ellas, acercarse al peso adecuado es mucho más fácil que obligarse a comer ciertas cosas día a día.

A largo plazo, poner énfasis en la adopción de nuevos hábitos y rutinas de comportamiento general y del control del estrés es mucho más útil que confiar ciegamente en la dieta, como si el hecho de colgar una tabla de alimentos en la nevera ya nos llevara a seguir esa plan de nutrición durante varios años seguidos.

En la gran mayoría de los casos, lo que les falta a las personas con sobrepeso no es información sobre lo que es comer sano, sino otras costumbres, algo que las introduzca en la dinámica de tener una vida más sana, del mismo modo en el que saber cómo funciona una bicicleta no nos vuelve capaces de utilizarla. El precio de pasar por alto esto puede ser no solo sentirse mal por dejar en seco la dieta "para adelgazar", sino además ganar aún más peso del que se tenía antes de empezar la dieta, a causa del efecto rebote repentino causado por la reacción del organismo al ajustarse ante la abstinencia.

¿Qué hacer?

Tal y como hemos visto, lograr una pérdida de peso de manera consistente pasa por tener una visión global de todos los elementos que entran en juego en la acumulación de grasa: las predisposiciones biológicas, la ingesta de alimentos, el ejercicio y los patrones de comportamiento modificables desde la psicología. Concentrarse en una sola de estas áreas no solo no sumará, sino que añadirá problemas a los que ya teníamos antes de intentar estar más sanos.

En lo que respecta a las variables psicológicas, hay que tener en cuenta aspectos tan relevantes como la gestión del estrés, la existencia o no de atracones por ansiedad, los problemas para conciliar el sueño, las expectativas de éxito al intentar adelgazar (moduladas por la interpretación que se hace de lo que pasó en los fracasos anteriores), el cansancio por el trabajo, el nivel de autoestima, y muchos más.

Esto es importante sobre todo en el inicio de un programa para perder peso, dado que en esa fase las personas experimentan cómo su foco de atención tiende a centrarse más en todo aquello relacionado con la comida altamente calórica. Pero también resulta imprescindible para mantener una vida sana de manera consistente a lo largo de los años, porque de otro modo, se vuelve a un estilo de vida en el que no se presta atención a lo que toca para comer.

Por todo ello, a la hora de perder peso es recomendable contar con la supervisión tanto de nutricionistas como de psicólogos, de manera que las variables biológicas y psicológicas vayan siendo monitorizadas y, en consecuencia, nuestra capacidad de autocontrol tenga efectos positivos sobre los resultados que obtenemos en nuestro cuerpo.