George Williams

Las relaciones personales y los vínculos afectivos van evolucionando con el tiempo. Muchas veces esto supone llegar a un mayor grado de compenetración e intimidad, pero en otras el paso de los años no hace más que acentuar la intensidad de los conflictos enquistados.

La crisis matrimonial es la consecuencia de muchos de estos procesos: un punto en la que la relación se queda estancada y uno o ambos miembros de la pareja sienten que el matrimonio ha perdido su razón de ser.

Comprendiendo las crisis matrimoniales

Aunque todo lo que hace referencia a las crisis matrimoniales parezca estar relacionado con las emociones (y, en cierto modo, lo está), en ese ciclón emocional hay una lógica. Estas 5 claves sirven para entender mejor lo que hay detrás de estas etapas de estancamiento.

1. Cuando la idealización se desvanece

A nuestro cerebro le gusta qe nuestros pensamientos encajen bien con nuestras emociones. Es por eso que, en las etapas iniciales de una relación, el ilusionamiento y el frenesí sentimental se ven correspondidos por unas creencias acerca de la persona amada en las que esta aparece idealizada. Todos aquellos aspectos de nuestra pareja que desconocemos son rellenados por nuestra imaginación con una versión inusitadamente optimista de su personalidad y sus capacidades.

En definitiva, durante los primeros momentos nuestra visión de esa persona está muy sesgada y afectada por los desajustes neuroquímicos y hormonales que produce la droga del enamoramiento. Sin embargo, con el tiempo el relato realista de la otra persona se va imponiendo, ya que cada vez se van conociendo más facetas suyas. Este proceso es muy rápido durante los primeros meses de la relación, pero también puede alargarse durante años y adentrarse en la etapa del matrimonio.

La crisis matrimonial puede entenderse como el momento en el que el velo de la idealización cae.

2. La evolución personal

Las relaciones matrimoniales tienden a durar mucho, y en el lapso que ocupan las personas cambian. Eso significa que una crisis matrimonial no tiene por qué evidenciar que el matrimonio no tuvo fundamento en ningún momento. También puede significar, simplemente, que uno o ambos miembros han cambiado hasta convertirse en personas totalmente distintas, ya sea por su maduración biológica o por el modo en el que sus experiencias los han cambiado.

Además, este proceso de cambio no tiene por qué hacer que las personaldades de ambas personas encajen siempre; de hecho, es posible que lleguen a ser antagónicas.

3. Crisis matrimonial no equivale a discusiones

Lo malo de las crisis matrimoniales no se resume esencialmente en la aparición de discusiones y disputas constantes. Lo que define a estas etapas es la apatía y el estancamiento emocional, que pueden ir acompañados por discusiones o no.

4. La inercia

Un matrimonio no se mantiene solo por el sentimiento mutuo de amor que siente una pareja. También hay otros muchos elementos más objetivos que mantienen la unión: la convivencia habitual con los hijos, el círculo de amigos en común, el hecho de vivir en una misma casa...

En definitiva, hay veces que la crisis matrimonial es tan solo un síntoma de que una relación en la que el amor ha terminado sigue "viva" estando, en realidad, muerta, sostenida tan solo por los elementos objetivos que la rodean y que en teoría son accesorios.

5. La dificultad para buscar una salida

En las crisis matrimoniales es muy complicado empezar a buscar una salida satisfactoria, por varios factores.

Por un lado, hacerlo implicaría afrontar una serie de problemas que perturbarían mucho el día a día: trasladarse a otro hogar, asistir a terapia de pareja, etc.

Por otro lado, pedir ayud a través de la terapia de pareja implicaría afrontar las propias responsabilidades en las disputas del pasado, algo que no todas las personas están dispuestas a hacer, ya que eso implicaría mostrar un vulnerabilidad ante la otra persona.