Muchos pacientes me consultan por haber “consumido información” en la web, a través de post y memes psicológicos, acerca de información supuestamente verídica acerca de las relaciones de pareja. Se trata de ideas, conceptos e imágenes que se viralizan o son replicadas de forma masiva a través de las redes sociales, blogs, emails y pasan de persona a persona.

En muchas ocasiones, estas unidades de información que son compartidas masivamente en redes sociales hablan sobre experiencias que en teoría les ocurren a muchas personas, haciendo que surjan dudas sobre si eso nos está pasando también a nosotros sin que nos demos cuenta. , en algunos casos, hace saltar las alarmas en algunos hogares, y lleva a pensar... ¿deberíamos consultar con especialistas?

Conceptos académicos aparecen en el saber popular, sueltos, descontextualizados y con un poder contundente: "¡Eso es lo que me pasa!" "¡Así es mi pareja!" "¡Lo nuestro es tóxico!" Lo dice la “Ciencia”, lo explican los “especialistas”. Se ofertan síntomas, diagnósticos estandarizados y por supuesto eficientes tratamientos a nuestro alcance. Una vez instilado el veneno de la “sabiduría”, pica y se busca antídoto.

La decisión de ir a terapia de pareja

La decisión de comenzar una terapia de pareja se toma en la mayoría de los casos cuando se registran fallos de comunicación, incompatibilidades de proyectos, diferencias percibidas como irreconciliables, desconfianzas, sentimientos de soledad y desenamoramiento. Aparecen las peleas, los silencios, los distanciamientos, al tiempo que disminuye o desaparece el deseo sexual.

El problema es que los antídotos son demasiados y todos con promesa de curación o salvación. Aparece la duda de cuál será el mejor, el único capaz de liberarnos de este trastorno, de esa tóxica relación, de los maltratos y las dependencias emocionales. Debemos decidir cuál nos conviene, cuál nos ayudará a “salvar” la pareja o a solucionar nuestros conflictos.

Es perfectamente comprensible que busquemos alternativas de solución cuando la tristeza gana terreno, las fuerzas flaquean, las respuestas parecen agotadas de tanto usarlas. Pero debemos hacer el esfuerzo de explicar con nuestras palabras el problema que nos aqueja. Se comete un grave error cuando se reduce el conflicto aplicando un léxico “psi” o aludiendo a inciertos desarreglos hormonales o neuronales.

Hablar con terminología psiquiátrica o psicológica no ayuda, muy por el contrario, obtura con una denominación, aquello que podría decirse de una manera única y particular en palabras del consultante. Si los profesionales respondemos aceptando rápidamente esos saberes traídos a consulta, estaríamos convalidando diagnósticos ajenos y quedaríamos supeditados a proponer el tratamiento correspondiente. Esto, generalmente, lo lleva a cabo el modelo médico (enfermedad/tratamiento), pero con la singularidad del sujeto (el uno por uno) no funciona igual.

La búsqueda de las causas del problema

Los psicoanalistas tenemos fama de escuchar y de no precipitar respuestas. Será porque analizar es pensar detalladamente, reflexionar, descomponer en sus partes para obtener causas y efectos. El desafío es hacer el pasaje del dicho “es tóxica, es celoso obseso, me manipula, etc.” al decir de cada uno. Para esto hace falta un tiempo de compromiso y la aceptación de las posibilidades a nuestro alcance. Descubrir cuánto podemos nos da una idea del valor adecuado a nuestras circunstancias.

Los humanos dependemos de otros. Las primeras funciones nutricias y de cuidado personal las efectúan adultos llamados mamá, papá, abuelos, etc. A lo largo de la vida vamos aprendiendo a vivir, a relacionarnos a través de nuestros seres más cercanos, los familiares, los entornos escolares y/o deportivos. Nos “aman” a través de sus enseñanzas, consejos, advertencias y nos instan a responder con buenos comportamientos, con esfuerzos, y logros entre otras muchas cosas. Somos el resultado de sus creencias, sus tradiciones, sus miedos y expectativas.

Al llegar a la vida adulta arriba la posibilidad de elegir. La cultura permite el encuentro (enlace/boda/unión sexual) con alguien por fuera de nuestra “tribu”( sin lazos sanguíneos/ prohibición del incesto) para construir un vínculo donde poder unir la corriente sexual o erótica con la tierna o amorosa en una misma persona. A ese/a afortunado/a lo denominaremos “Mi pareja”.

En el mejor de los casos llegados a esta etapa tendremos una idea bastante definida del tipo de vínculo que deseamos tener con otro/a. Cómo nos deberían cuidar, respetar, acompañar, tolerar y apoyar. Es decir, hay una idea de lo que estamos dispuestos a dar y de lo que deseamos recibir. Reciprocidad, correspondencia, igualdad son términos que usamos para plantear relaciones serias y duraderas.

Verse reflejado en el espejo de la relación

Lo que somos (o creemos ser) se ve reflejado en la forma de “darse”al otro/a : “Yo me brindo, me abro, sufro, renuncio mientras tú no”. Lo que recibimos se percibe de un modo diferente, puede estar sobrevalorado o subestimado y en comparación aparecen dudas en relación a los valores. ¿Quién ama más? ¿O quién lo hace mejor? Yo le escucho, le comprendo él/ella debería... Si me preocupo tanto por lo menos... Si me desvivo entonces espero...

La paridad, igualdad o equidad absoluta entre dos personas distintas (no es una cuestión de género) es un imposible que los humanos racionalizamos pero no elaboramos. La conveniencia está a la orden del día. ¿Qué obtengo si estoy con esta persona? ¿Podré contar en un futuro con ella? ¿Y los hijos?

La terapia de pareja es un trabajo de investigación. El analista pone a circular la “comunicación” pudiendo ayudar a cada miembro a descubrir el efecto de sus palabras, reacciones y gestos, al tiempo que favorece la comprensión relacionando el pasado con el momento presente y reconociendo los pactos y las fantasías inconscientes. El objetivo es promover seguridad y empatía para poder observar de manera distinta lo que les pasa.

Implica una apertura a explorar las relaciones de apego particulares que se ponen en juego en la relación facilitando el procesamiento, la regulación e integración de las emociones que se activan en ella. Sin el deseo y compromiso de hacer más placentera una relación problemática, o de comprender de manera más amable para ambos lo que les produce malestar en la relación, para poder realizar algún cambio al respecto, parece una empresa inviable plantear la terapia de pareja, siendo entonces recomendable el abordaje individual.

Muchas veces ocurre que el conflicto personal o intrapsíquico de uno de los integrantes esté dañando u obstaculizando la relación. Si bien acuden ambos a la terapia, es común que se los cite separadamente con el fin de solventar la problemática personal. Asimismo, en las sesiones conjuntas se prioriza el respeto a las necesidades del otro, se propicia la identificación del problema y la búsqueda de las soluciones para abordarlo y salir fortalecidos una vez que lo hemos superado.

Es importante destacar que la mayoría de las parejas que acuden a consulta sostienen la idea de que merece la pena encontrar la solución y luchar por la relación.