El deseo puede ser una cárcel.

Considero que los seres humanos nos encontramos en una constante búsqueda de libertad, paz y felicidad interior, seamos conscientes de ello o no. Sin embargo, no es un secreto, que solemos buscar afuera la realización de estos deseos.

Así, nos embarcamos en la búsqueda incesante del placer y en alejarnos del dolor, pero lo único que hace esto es ocasionarnos más sufrimiento. Nos obsesionamos con el éxito, la belleza, el dinero, el poder, el consumo, las experiencias agradables, la aprobación y el prestigio, entre muchas otras, que nos cegamos a la realidad de que no son cosas duraderas, ni que tampoco pueden hacernos verdaderamente felices.

Aferrase a los deseos resulta en insatisfacción

El aferramiento a estas cosas nos deja como dice el maestro de meditación budista Sogyal Rimpoché “como personas que se arrastran por un desierto sin fin, muertas de sed” porque lo que nuestra sociedad moderna nos ofrece para beber, mediante lo que nos enseña que es importante perseguir, y lo que nosotros elegimos también beber, es un vaso de agua salada que hace nuestra sed aún más intensa. Queremos más y más de aquellos objetos, situaciones, experiencias o personas a las que le atribuimos el poder de hacernos felices y por el camino no sólo quedamos más sedientos y perdidos, sino que también podemos perjudicar seriamente a quienes nos rodean.

Sólo basta pensar en la ambición desmedida de algunos personajes públicos y líderes políticos y como esta ambición se lleva los recursos que están destinados a generar bienestar en las personas que tienen la misión de servir, dejando, en su lugar, gran pobreza, hambre, violencia y dolor. El apego a los deseos nos vuelve egoístas, sólo nos hace pensar en nuestro bienestar. Sin embargo, no es una manera sabia de conseguirlo, porque el aferramiento al deseo nunca deja satisfecho ni es el camino para sentir plenitud.

Otro ejemplo, es el apego no sano hacia una pareja. El deseo de conexión, de amar y sentirse amado, se convierte con el aferramiento, en unas ansias de poseer y controlar al otro, como si fuese posible lograr que nunca se marche o que nunca cambien sus sentimientos. Como esto no ocurre así, depositar nuevamente la felicidad en una persona deja a quién lo hace constantemente insatisfecho, porque las expectativas que deposita en el otro no son realistas.

Es probable que en varias oportunidades hayamos dicho o pensado que seremos felices cuando por fin viajemos, tengamos la casa, el carro, el logro o la persona anhelada, para luego descubrir que, aunque estas cosas sí nos proporcionan alegría por un tiempo, no nos dan la paz y felicidad duradera que buscamos y que además como es de esperarse, vuelven a surgir nuevos deseos.

¿Significa esto que estaríamos mejor si elimináramos el deseo de nuestras vidas?

Los dos tipos de deseos

Jack Kornfield, psicólogo clínico y maestro de meditación explica desde la perspectiva de la filosofía budista que existen deseos saludables y no saludables. Estos surgen de un estado mental neutro llamado la voluntad de hacer. Cuando la voluntad de hacer se dirige de manera saludable, provoca deseos sanos. Cuando se dirige de manera no saludable, provoca deseos no sanos.

Podemos desear algo por razones diferentes. Las personas pueden desear ayudar a otros por compasión y generosidad auténtica o por búsqueda de admiración. Pueden desear crear alguna tecnología para destruir o para contribuir al desarrollo y la salud. El apego opera de maneras sutiles, incluso en cosas que parecen inofensivas o buenas y con frecuencia en los deseos hay motivaciones entremezcladas. Podemos querer viajar por el deseo de conocer y ampliar la visión sobre el mundo y la diversidad, o para no quedarnos atrás, para mostrar en las redes sociales cada detalle, o para escapar de los problemas.

Kornfield explica que el deseo saludable crea felicidad, se basa en la sabiduría, bondad y la compasión y deriva en interés, gestión responsable, generosidad, flexibilidad, integridad y crecimiento espiritual. El deseo no saludable crea sufrimiento, se basa en la codicia y la ignorancia y deriva en posesión, egocentrismo, miedo, avaricia, compulsión e insatisfacción. La libertad interior surge de la capacidad de no aferrarse al deseo. Esto es diferente de deshacerse de él.

Se trata de aprender a relacionarse sabiamente con el deseo. De no obsesionarse con el cumplimiento de lo que queremos o de dejar de disfrutar de la vida sin no están presentes estas cosas. Esto implica una actitud abierta y relajada frente a los deseos. Podemos soltar y reflexionar con calma sobre ellos y observar qué los impulsa o si realmente necesitamos llevarlos a cabo. Si decidimos realizarlos, lo hacemos con consciencia.

Hacia una forma de adicción

La filosofíA budista describe este estado como un espíritu hambriento cuyo deseo es insaciable y que por tanto sufre mucho, porque nada logra satisfacerlo.

Como plantean Mason-John & Groves, “en cierto sentido, todos podemos identificarnos con los fantasmas hambrientos, porque vivimos en una cultura en la que nada es suficiente… Queremos vivir en un lugar más grande, queremos tener un trabajo mejor, más vacaciones, la última innovación tecnológica, lo más reciente de todo. Aun cuando no nos definamos como adictos somos muchos los que utilizamos drogas aceptables, como la comida, el brindis social, los medicamentos, el sexo, las compras, las amistades, etc., para sobrellevar el vacío de nuestras vidas”.

Trabajar con el deseo y el dolor

Así pues, resulta necesario transformar la relación que tenemos con el deseo y también con el dolor, Ya que la incapacidad de estar con el dolor inevitable de la vida nos lleva a refugiarnos en deseos no saludables que paradójicamente terminan por producir mayor sufrimiento. Es importante fomentar los deseos saludables y librarnos de aquellos que nos esclavizan. Para esto, podemos utilizar la atención plena a nuestros estados mentales cuando surge el deseo y observar con amabilidad cómo nos sentimos cuando está presente y cómo nos sentimos cuando nos aferramos a él. De esta manera empezamos a discernir los deseos saludables de los que no lo son. Igualmente, podemos ir reconociendo cómo utilizamos los deseos para escapar de lo incómodo y si es nuestra manera habitual de reaccionar.

Kornfield, expresa que debemos investigar el deseo y estar dispuestos a trabajar con él para recuperar nuestra libertad y equilibrio innatos. El trabajo con los deseos dependerá de si tendemos a suprimirlo o desear en exceso. Se trata de no resistirse ni aferrarse a los deseos cuando surgen, sino de aceptarlos amablemente y observar su curso natural sin actuar necesariamente sobre ellos.

Esta práctica nos ayuda a relacionarnos de una manera más compasiva y amable con nuestra experiencia interna, lo que a su vez nos ayuda a regular mejor nuestras emociones y a actuar con mayor consciencia. Vamos dándonos cuenta de que los pensamientos, así como el deseo y las emociones dolorosas vienen y van, no son permanentes como creemos en esos momentos en que surgen. Le restamos poder a los deseos no saludables cuando no actuamos sobre ellos, a pesar de su intensidad. Entonces dejan de gobernarnos.

En lugar de huir del dolor, lo afrontamos con compasión y sin juicios, permitiéndole estar y disolverse por sí mismo. Dejamos de identificarnos con lo que nos ocurre y con nuestras vivencias internas. Reconocemos aquel momento crucial, en el cual, haciendo una pausa, podemos darnos cuenta de que tenemos elección y podemos responder de manera más consciente a las situaciones que la vida nos presenta, sin ocasionarnos sufrimiento secundario.

Finalmente, Tara Brach, psicóloga clínica y maestra de meditación menciona que anhelamos descubrir nuestra verdadera naturaleza, y que detrás de nuestros incontables deseos hay un anhelo espiritual, pero debido a que nuestros deseos suelen ceñirse y fijarse en cosas que son transitorias, nos sentimos apartados de quiénes somos. Al sentirnos distanciados de nuestra propia realidad, nos identificamos con nuestros deseos y las maneras de satisfacerlos, lo cual nos aparta aún más. Es cuando cultivamos una mente en calma, que podemos ser conscientes de nuestros anhelos más profundos, escucharlos y responder a ellos. Como bien dicen por ahí “Invierte en aquello que un naufragio no te pueda arrebatar”.

Referencias bibliográficas:

  • Kornfield, J. (2010). La Sabiduría del Corazón. Una guía a las enseñanzas universales de la psicología budista. Barcelona, España: La liebre de marzo.
  • Mason-John, V. & Groves P. (2015). Mindfulness y las Adicciones. Recuperación en ocho pasos. España: Editorial Siglantana.
  • Rimpoché S. (2015). El libro tibetano de la vida y la muerte. Edición Conmemorativa 20 Aniversario. Barcelona, España: Ediciones Urano.
  • Brach, T. (2003). Aceptación Radical. Madrid, España: Gaia Ediciones.