Aprender a nombrar la ansiedad: el primer alivio para un niño

Cómo poner palabras a lo que sienten ayuda a los niños a comprender y regular su ansiedad.

Aprender a nombrar la ansiedad: el primer alivio para un niño

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Hay niños que de pronto no quieren ir al colegio… Otros dicen que les duele la “guatita” sin una causa clara… Algunos incluso se angustian antes de dormir, lloran sin saber por qué o se aferran con fuerza cuando llega el momento de separarse. Desde fuera, muchas veces no entendemos que está pasando. Sin embargo, sabemos, que algo lo está removiendo.

La ansiedad en los niños no siempre se presenta en forma evidente, como miedo o angustia. A veces aparece de forma silenciosa, disfrazada de molestias físicas, evitación o incluso cambios de ánimo. Y cuando no logra ser comprendida, puede volverse incluso más intensa. No porque el niño quiera exagerar, sino porque aún no tiene las palabras para explicar lo que siente.

La ansiedad se vive primero en el cuerpo

En la infancia, las emociones se viven primero en el cuerpo. Cuando un niño siente ansiedad, su organismo reacciona como si estuviera frente a un peligro real: el corazón se acelera, la respiración se agita, el cuerpo se tensa. Esto ocurre porque la parte del cerebro encargada de detectar amenazas se activa con rapidez, mientras que las áreas que permiten pensar, reflexionar y calmarse todavía están en desarrollo.

Por eso, a diferencia de los adultos, los niños no siempre pueden explicar con claridad qué les pasa. No exageran lo que sienten: reaccionan con las herramientas que tienen, y muchas de esas herramientas aún están en construcción.

Cuando la ansiedad no se nombra, se confunde con el niño(a)

Cuando lo que ocurre no tiene nombre, suele transformarse en una etiqueta. Aparecen frases como “es nervioso”, “es mañoso”, “siempre se pone así”. Sin darnos cuenta, la emoción se mezcla con la identidad del niño. Ya no siente ansiedad, sino que ES ansioso.

Esta confusión es más común de lo que creemos y puede generar mucho malestar interno. Cuando una emoción no se nombra, se vive como algo difuso, difícil de entender y de manejar. En cambio, ponerle palabras permite separar: esto que te pasa no eres tú, es algo que estás sintiendo. Y esa distancia es profundamente sanadora.

Nombrar no agranda la ansiedad, la calma

Nombrar la ansiedad no la provoca ni la intensifica. Al contrario, la vuelve visible y comprensible. Muchos niños no dicen “estoy ansioso”. Dicen “me duele la guatita”, “no quiero ir”, “me da miedo”. Ahí, el rol del adulto es ayudar a traducir esa experiencia interna en un lenguaje que contenga.

Una estrategia muy útil es externalizar la ansiedad: transformarla en algo que se pueda observar. Algunos niños la imaginan como una nube, un nudo, un bicho o una sensación que “visita” el cuerpo. Incluso otros la dibujan y le dan un nombre que les permite que deje de ocupar todo el espacio interno y se vuelva externa y manejable.

¿Qué pueden hacer los adultos para ayudar a nombrar la ansiedad?

Sin necesidad de técnicas complejas, hay gestos simples que pueden marcar una gran diferencia:

  • Poner palabras sin juicio, usando frases como “parece que algo te tiene inquieto” o “da la impresión de que hoy te sientes un poco más nervioso”.
  • Invitar a dibujar o imaginar la ansiedad, dándole forma, color o nombre. Esto ayuda a que el niño tome distancia de lo que siente.
  • Hablar de la ansiedad como algo pasajero, no como una característica personal. La ansiedad viene y va; no define al niño.
  • Modelar la calma, mostrando con el propio cuerpo que es posible atravesar ese momento sin que ocurra algo grave.
  • Validar antes de explicar, escuchando y acogiendo la emoción antes de intentar tranquilizar o dar soluciones.
  • Evitar ridiculizar o minimizar, incluso cuando el miedo parece “exagerado” desde la mirada adulta.

Estos pequeños actos no eliminan la ansiedad, pero enseñan algo esencial: lo que siento puede ser comprendido y acompañado.

Acompañar antes que corregir

Muchas veces, desde el cariño, intentamos calmar rápido: explicamos, tranquilizamos, buscamos soluciones inmediatas. Sin embargo, antes de enseñar a calmarse, un niño necesita sentirse comprendido. La regulación emocional no se aprende con instrucciones, se aprende en relación con otro.

Acompañar no significa sobreproteger ni evitar toda incomodidad. Significa estar presente mientras el niño atraviesa lo que siente, mostrando que la ansiedad puede tolerarse sin que algo terrible ocurra. Ese aprendizaje, aunque silencioso a ratos, es profundamente transformador.

Un aprendizaje que dura toda la vida

Aprender a poner palabras a lo que se siente es una habilidad que se construye desde la infancia y acompaña toda la vida. Un niño que logra decir “me siento ansioso” en lugar de actuar o callar qué le pasa, está dando un paso enorme en su desarrollo emocional.

Cuando la ansiedad se nombra, deja de ocupar todo el espacio. Y en ese pequeño acto de reconocimiento, aparece algo muy valioso: el alivio. Porque comprender lo que nos pasa (y sentir que alguien nos acompaña en ese proceso) es, muchas veces, el primer paso hacia la calma.

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Andrés Donoso Muñoz. (2026, enero 2). Aprender a nombrar la ansiedad: el primer alivio para un niño. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/psicologia/aprender-nombrar-ansiedad-primer-alivio-para-nino

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