Querernos bien no es solo darnos caprichos o hacer actividades que nos gusten. Aprender a quererse es un camino de encuentro con nuestra bondad intrínseca. Es reposar en lo más profundo de nosotros y confiar en que podemos desplegar nuestro potencial y abandonar el causarnos daño.

A lo largo de nuestra historia, almacenamos condicionamientos, tendencias que nos limitan con mayor o menor intensidad y nos impiden mantener un estado de bienestar.

Conductas aprendidas defensoras de ambientes hostiles, dañinos u otros factores dolorosos que ya no son necesarias. En nuestro presente cierran nuestro corazón alejándonos de experiencias potencialmente beneficiosas o enriquecedoras. Aprender a querernos es recuperar la confianza en poder abrazar la felicidad auténtica.

Cómo aprender a quererse

¿Cómo podemos empezar? Veamos algunas claves.

1. Conocernos sin autoengaños

Recorrer un camino de autoconocimiento. Explorar nuestra mente. Cómo somos, cuáles son nuestras emociones predominantes y cómo nos afectan. Podemos atribuirnos cualidades que no tenemos y negar otras proyectando en los demás aquello que nos produce incomodidad.

El amor hacia uno mismo necesita crear un vínculo interno desde la honestidad y la valentía. Conocer nuestros defectos para pulirlos y nuestras cualidades para potenciarlas. Si no abrimos nuestro corazón a lo que hay en su interior, difícilmente podremos amarnos.

Darnos el permiso de despojarnos de nuestras máscaras. Encontrarnos con nuestra realidad sin disfraces ni autoengaños y abrazar lo que encontremos.

2. Aceptarnos tal y como somos

A veces rechazamos algunas de nuestras facetas por vergüenza o dolor. Las arrinconamos sin darles un espacio creando sufrimiento y amargura. Necesitamos aceptarlas. Sin excusas ni condiciones.

Conectar con el amor hacia nosotros, dejar de hacernos daño y permitirnos ser felices. Abandonar la indulgencia pasiva hacia nuestros condicionamientos, “yo soy así y no voy a cambiar”. Abrir un espacio interno con cariño y amabilidad donde integrar esas facetas desaprobadas y escondidas. Descongelar los cubitos de hielo que mantenemos en lugares oscuros y recónditos con amor y calidez. Solo desde esa aceptación incondicional, podemos empezar a querernos.

3. Comprender nuestros condicionamientos

Desde que nacemos vamos escribiendo nuestra historia y dejando huellas en nuestra conciencia. Tener información sobre nuestros ancestros, sistema familiar, el contexto en el que crecimos nos ayudará a comprender muchas incógnitas. Ampliar la visión de nuestra vida nos permite entendernos mejor.

La compresión, la honestidad y una buena relación interna nos abren el corazón a la autoestima y a un amor sano. Revisar nuestra biografía puede que abra resentimientos o heridas sin cerrar, pero necesitamos hacerlo para liberarlos.

Quizá necesitemos ayuda especializada para recorrer este camino, si es así, es bueno buscarla. Acumular reproches y rabia nos traerá amargura. No nos permitirá soltar lo que nos daña. Quererse bien es ayudarnos a ser felices, ser nuestros mejores amigos. Desempolvar lo que nos aleja de la bondad intrínseca de nuestro corazón y confiar en ella para hacerla brillar.

4. Comprometernos con nosotros

Adquirimos compromisos laborales, escolares, judiciales, contractuales, matrimoniales,… ¿Y nosotros? ¿Dónde quedamos?

El compromiso más importante que podemos custodiar es el compromiso con nosotros. Vincularnos a un nivel profundo con nuestro corazón. Comprometernos a cuidarnos, no dañarnos y protegernos, es un voto que deberíamos renovar con frecuencia.

Podemos revisar como queremos iniciar este compromiso. Hacer un listado de aquello que nos ayude a conectarnos con nuestro corazón y lo que nos aleja. Incorporar un tiempo en nuestras agitadas vidas para escucharnos. Aprender a querernos de verdad, sin tacañerías ni engaños.

5. Atender y cuidar nuestras tres puertas: el cuerpo, la palabra y la mente.

Para querernos bien, tenemos que cuidar nuestro cuerpo, vigilar nuestra mente y prestar atención a nuestra palabra. Son tres puertas giratorias al exterior que van directas al corazón. Una atención consciente y vigilante a lo que entra y sale de ellas nos muestra un camino para aprender a querernos.

Sintonizar con nuestro cuerpo

El cuerpo es el lugar que habitamos. A través de las conciencias sensoriales (el gusto, el tacto, la vista, el olfato, el oído), nos comunicamos con el exterior. Cada estímulo tiene una resonancia corporal. Una caricia, un pisotón, un murmullo o un grito, repercuten de una manera muy diferente.

Es fácil que nos vivamos desconectados del cuerpo. Nos cuesta identificar nuestras necesidades o sintonizarnos con la conciencia corporal.

Para aprender a querernos necesitamos sintonizar la frecuencia con nuestro cuerpo. Aprender a escucharlo, a respetarlo. Alimentarlo adecuadamente, darle descanso, movimiento, cuidados. Si nos sintonizamos con atención plena a nuestros sentidos, seremos más selectivos y cuidadosos con lo que entra en nuestro corazón: ruido, comida basura, hiperestimulación, falta de sueño, imágenes agresivas, sobreinformación… Filtraremos mejor lo saludable y cerraremos el paso a elementos dañinos.

La mirada que ponemos sobre nuestro cuerpo determina como nos relacionamos con él. Si hay rechazo o vergüenza, nos viviremos desintegrados. Nuestra cabeza irá por un lado y nuestro cuerpo por otro. Nos castigaremos consciente o inconscientemente y daremos lugar a enfermedades, distorsiones de nuestra realidad o a tendencias auto lesivas. Conectarnos necesita de escucha, respeto y paciencia.
El cuerpo nos ancla en la tierra para poder aspirar a ir más lejos.

Vigilando nuestra palabra

La palabra es un arma muy poderosa. Los maestros espirituales nos dicen: “cuando estés solo, observa tu mente. Cuando estés con gente, vigila tu palabra”. Vigilar la palabra también es una manera de querernos bien.

Podemos hablar sin palabras. En estos días de confinamiento, si pasamos tiempo solos, tomar conciencia de nuestros diálogos internos nos ayudará a conocer mejor como nos comunicamos. Que nos decimos y cómo lo hacemos. Esta palabra interna puede salir fácilmente por nuestra boca para animar o dañar a otras personas.

Según como nos comunicamos con los demás, así recibiremos una respuesta. La relación con los demás, parte de una buena relación con nosotros. Si cuidamos la manera de comunicarnos, facilitaremos un espacio de encuentro desde el diálogo y la comprensión.

Observando nuestra mente

La mente es la jefa. La manera en que nos comportamos, comunicamos, nos cuidamos nace en nuestra mente.

Los pensamientos o emociones son manifestaciones de nuestra mente. Surgen de ella y se disuelven en ella, como las olas en el océano. Si nos entrenamos en estar vigilantes y atentos, podemos manejar mejor nuestro mundo interno para que no nos dañe y sea más amble con nosotros. Los pensamientos en bucle, nos arrastran y roban energía. Está bien observarlos, y darnos cuenta de que hay muchos de ellos que son susceptibles de cambio. Distinguir los negativos y transformarlos en positivos.

Cuando aparecen sentimientos de desánimo, aceptarlos, ir a la raíz y darles la vuelta. El reto es aceptar lo que surge sin dejarnos arrastrar por ello.

Conclusión

Necesitamos aprender a querernos de una manera sana; ser nuestros mejores amigos.

Cuando la autoestima está muy dañada, es necesario buscar un acompañamiento terapéutico. Liberar condicionamientos muy arraigados no es fácil, porque tenemos muchas resistencias a soltarlos. Han sido nuestros compañeros muchos años. Si decides apostar por aprender a quererte, busca ayuda, no dudes que merece la pena.