Una frase que muchas veces podemos decimos casi sin pensarlo, como si no mereciera demasiada atenciones es “no estoy mal… pero tampoco estoy bien”. No hay una crisis evidente, no hay un motivo claro para pedir apoyo o reflexionar sobre eso, no hay un dolor que se pueda explicar con facilidad. Pero hay algo. Una sensación difusa, persistente, que aparece en los momentos de silencio y que cuesta poner en palabras.
Desde fuera, todo parece funcionar. Se cumple con el trabajo, se responden las responsabilidades, se sigue avanzando. Sin embargo, por dentro, algo se siente apagado. Como si la vida estuviera ocurriendo en piloto automático. No hay tristeza profunda, pero tampoco entusiasmo, es como un cansancio emocional que cuesta nombrar.
Este tipo de malestar suele pasar desapercibido, incluso para quien lo vive. Porque no encaja del todo en las categorías clásicas de “estar bien” o “estar mal”. Y justamente por eso, muchas personas lo minimizan, lo normalizan o incluso lo postergan.
Funcionar no siempre es estar bien
Vivimos en una cultura que valora el rendimiento, la adaptación y la capacidad de seguir adelante. Mientras sigamos funcionando, pareciera que todo está en orden. Pero funcionar no es sinónimo de bienestar.
Hay personas que cumplen con todo lo que se espera de ellas, pero lo hacen sin disfrute, sin una conexión o sin energía emocional disponible. Se levantan cada día, hacen lo que hay que hacer y se acuestan con la sensación de que algo falta, aunque no sepan exactamente qué.
Este estado no siempre se vive como tristeza. Muchas veces se experimenta como una mezcla de desconexión, desgaste interno y cierta indiferencia emocional. Y al no tener un nombre claro, cuesta validarlo como algo legítimo.
El malestar que no hace ruido
A diferencia de la angustia intensa o la ansiedad evidente, este malestar no grita. No interrumpe de forma brusca. Se instala lentamente y se vuelve parte del paisaje interno. Puede aparecer como falta de motivación sin una causa clara, dificultad para disfrutar actividades que antes resultaban placenteras - cansancio emocional constante, sensación de estar “cumpliendo” más que viviendo y necesidad frecuente de desconectarse o aislarse.
Como no hay un síntoma claro que alerte, muchas personas siguen adelante sin detenerse a mirar lo que les pasa. Y sin embargo, ese malestar sigue ahí, esperando ser escuchado.
“No estoy mal, poco tampoco estoy bien” también es información
Decir esa frase no es exagerar ni dramatizar. Es una forma de honestidad emocional. Es reconocer que algo no está del todo en equilibrio, aunque no sepamos aún cómo nombrarlo mejor.
Ponerle palabras al malestar ayuda a ordenarnos. Permite mirarlo con más claridad y abrir la posibilidad de preguntarse qué está faltando, qué se está sosteniendo de más o qué se ha ido dejando de lado en el camino.
Muchas veces, este estado aparece cuando llevamos demasiado tiempo adaptándonos, cumpliendo expectativas externas o priorizando lo que “hay que hacer” por sobre lo que necesitamos.
Señales de que este estado puede estar presente
Sin que sea una lista diagnóstica, algunas experiencias frecuentes en este tipo de malestar son sentir que los días pasan rápido, pero sin huella; experimentar cansancio incluso después de descansar; vivir con una sensación constante de “deber”; postergar espacios personales sin una razón clara; o sentirse desconectado de lo que antes daba sentido.
Reconocer estas señales no implica que algo está “mal contigo”. Implica que tu cuerpo y tu mente están dando información relevante para tu autocuidado.
¿Qué se puede hacer cuando uno se siente así?
No siempre se trata de hacer grandes cambios. A veces, el primer paso es mucho más pequeño, y a la vez, más honesto. Algunas acciones que pueden ayudar a empezar a reconectar son:
- Detenerse a escuchar, sin juzgar ni apurarse a solucionar.
- Nombrar el malestar, aunque sea de forma imprecisa. Ponerle palabras ya es un alivio.
- Revisar que estás sosteniendo, y preguntarte si todo eso sigue siendo necesario.
- Recuperar pequeños espacios propios, aunque sean breves.
- Hablar con alguien de confianza, para salir del diálogo interno repetitivo. Estas acciones no buscan eliminar el malestar de inmediato, sino abrir un espacio para comprenderlo.
Escuchar antes de que el cuerpo o la mente griten
Ignorar este estado no suele hacerlo desaparecer. En muchos casos, con el tiempo, se transforma en ansiedad, fatiga emocional o una sensación más intensa de desánimo. No porque haya algo “mal” en la persona, sino porque el cuerpo y la mente buscan ser escuchados de alguna forma.
Detenerse a mirar este “no estar del todo bien” no implica dramatizar o buscar problemas donde no los hay. Implica hacerse cargo de la propia experiencia interna con más amabilidad y conciencia.
Estar bien no es solo no estar mal
También es sentirse conectado, con sentido y con energía emocional disponible para la propia vida. Y cuando eso se pierde, aunque sea de forma silenciosa, vale la pena prestarle atención. A veces, el primer paso no es cambiar todo, sino reconocer honestamente cómo estamos. Porque nombrar lo que sentimos (aunque se sienta difuso) ya es un primer paso y una forma de cuidado. Y muchas veces, es el inicio de algo distinto.


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