Omitir responsabilidades de manera irracional puede ser muy adictivo. Unsplash

¿Por qué las personas tenemos ésta marcada tendencia a dejar las cosas para mañana? Para entenderlo debemos tratar a comprender cómo es el fenómeno de la procrastinación, esa tendencia que a veces manifestamos en nuestro día a día que puede ser resumida en "dejarlo todo para mañana".

La procrastinación

Procrastinación: ¿qué es? La definición en sí misma es sencilla, consiste en aplazar aquello que debemos hacer: poner la lavadora, estudiar para el examen de lengua, la declaración de la renta… Pero el mero acto de demorar algo no es procrastinar, el concepto de procrastinación conlleva en su propia definición una demora absurda, no es posponer por que tenga sentido en cierto contexto, es hacerlo irracionalmente, saboteando nuestros intereses.

La persona que vive obsesionada por concluir cualquier tarea a la primera oportunidad puede ser tan disfuncional como aquel que lo deja todo para el último momento, ni el uno ni el otro planifican su tiempo con inteligencia. Vencer la procrastinación implica hacer un uso inteligente del propio tiempo, orientado a la consecución de los propios objetivos. Es en la elección de qué harás ahora y qué dejarás para después donde radica la procrastinación, no en la dilación en sí.

Pero si sabemos que procrastinar nos aleja de nuestros objetivos ¿por qué lo hacemos?

Sus causas

Al parecer hay factores tanto genéticos como ambientales que explican la procrastinación.

Por un lado, este es un fenómeno común en todas las culturas y momentos de la historia. Se trata de una tendencia que afecta ligeramente más a los hombres (54%) que a las mujeres (46%), se observa más entre la gente joven y disminuye con la edad.

Según los datos que ofrece la ciencia la mayor parte la explica la genética; no obstante, el ambiente también contribuye poderosamente a que aplacemos compulsivamente nuestros quehaceres. Tanto es así que la vida moderna ha convertido la procrastinación en una epidemia que tiene consecuencias a nivel personal, organizacional e incluso se hace notar en la economía de un país.

Según datos de una encuesta el 95% de las personas admite que procrastina y uno de cada cuatro admiten hacerlo constantemente. Y es que la procrastinación es un hábito y como tal tiende a perdurar. Uno podría pensar que es a causa del perfeccionismo, no terminar nunca las cosas por la obsesión de que queden perfectas, pero lo cierto es que los datos indican lo contrario.

Durante mucho tiempo se creía que la postergación y el perfeccionismo iban de la mano, este error se explica porque los perfeccionistas que postergan son los que tienden a pedir ayuda en terapia (y de ahí se obtenían los datos), pero existen muchas otras personas que son perfeccionistas y que no van a terapia y que no incurren en el hábito de la dilación. En concreto, un papel mucho más fundamental es el de la impulsividad: vivir impacientemente en el ahora y querer todo ahora mismo.

El papel de la impulsividad

El autocontrol y la demora de la recompensa tienen mucho que ver con la impulsividad y esta nos hace muy difícil la tarea de pasar un mal momento en aras de una recompensa futura. Las personas muy impulsivas tienden a ser desorganizadas, se distraen con facilidad, tienen dificultad en controlar sus impulsos, les cuesta ser persistentes, así como trabajar metódicamente. Esta dificultad en la planificación y esta fácil distractibilidad las hace víctimas perfectas de la procrastinación.

Las personas impulsivas tratan de zafarse de una tarea que les provoca ansiedad, se distraen, la apartan de su conciencia. Las excusas y autoengaños son habituales. Esto parece muy lógico, claro está, pues generalmente las personas intentamos evitar el sufrimiento. No obstante, esto solo tiene lógica si miramos las cosas en el corto plazo, pues a largo plazo esto conlleva un sufrimiento aún mayor. Evitar pasar por el desagradable chequeo rutinario del médico nos puede conllevar detectar un cáncer de próstata cuando ya es demasiado tarde.

A veces la presión de todo lo que debemos hacer resulta tan angustiosa que nos entregamos a tareas que nos distraigan para así no pensar en eso que tanto nos trae de cabeza. Sucede a menudo que estamos haciendo algo que en el fondo sabemos que no deberíamos estar haciendo porque hay algo más importante y prioritario que atender. Eso conlleva que no estemos haciendo lo que debemos que tampoco disfrutemos de ese tiempo de relax, pues nuestra conciencia constantemente nos recuerda nuestras obligaciones.

No obstante, la impulsividad no lo explica todo, la procrastinación se debe a múltiples causas.

La tríada de la procrastinación

Las expectativas, el valor y el tiempo constituyen los pilares que sostienen este tipo de autosabotaje.

Expectativa

La expectativa se refiere a nuestra confianza en la consecución de nuestros objetivos y si bien la procrastinación a veces está vinculada al exceso de confianza es mucho más habitual lo contrario. Es decir, si aquello que perseguimos nos parece que no lo podemos asumir, simplemente nos rendimos. La impotencia, el verse incapaz, nos lleva a dejar de esforzarnos.

Esto nos lleva a un estado de decaimiento y frustración conocido como indefensión aprendida, en el cual nos rendimos a las circunstancias por creernos incapaces de cambiar nada y dejamos de luchar. Este fenómeno está muy vinculado a la depresión.

Al final esto se convierte en una profecía autocumplida: creer que no seremos capaces nos hace desistir. Al dejar de intentarlo efectivamente nos hacemos capaces y eso confirma nuestras creencias con respecto a nosotros mismos. Es un círculo vicioso.

Valor

El valor tiene que ver con lo atractivo que nos resulta aquello que estamos aplazando. Normalmente nuestra lista de la procrastinación está repleta de tareas aburridas como fregar los platos, aprenderse aquellos interminables artículos de la constitución o hacer las compras de Navidad. Como es de suponer, el valor de cada cosa depende de las apetencias de cada uno y algunas personas tienden a procastinar más unas tareas que otras.

Como es más fácil aplazar algo que no nos gusta, que no nos motiva, cuanto menos valor tiene para uno mismo una tarea menos probable es que nos pongamos a hacerla. La carencia de valor placentero hace que otras actividades más agradables nos distraigan y así fácilmente nos distraemos y nos evadimos en cosas más estimulantes, aplazando todo lo posible las tareas que nos parecen soporíferas.

El factor tiempo

El tiempo nos lleva a la procrastinación porque elegimos la gratificación inmediata, porque nos resulta más tentador una recompensa que se materializa inmediatamente, aunque sea pequeña, que luchar por un objetivo a largo plazo, aunque nos proporcione mayor beneficio.

La impulsividad, de la que hemos hablado antes, es lo que está tras todo esto, y algunos otros rasgos vinculados al temperamento impulsivo son la poca meticulosidad, el bajo autocontrol y la propensión a la distracción.

Actuar sin pensar, no ser capaz de tener los sentimientos bajo control… nos lleva a procrastinar. El factor tiempo nos hace ver las metas y recompensas de mañana de forma abstracta, tanto es así que les resta realidad. En cambio, todo lo que tiene que ver con hoy es más concreto y eso hace que nos parezca más real.

En conclusión

La procrastinación es un hábito muy enraizado que puede provocar grandes dosis de sufrimiento, nos lleva a la distracción y nos aleja de nuestros objetivos. Está muy vinculado a la impulsividad y a la gestión del tiempo, se ve influido por el valor de la recompensa que perseguimos y por las creencias que tenemos con respecto a nuestras propias capacidades.

Nota del autor: este artículo debería haberse publicado el mes pasado, pero lo he estado procastinando. En el próximo artículo hablaré de algunas pistas útiles para vencer este autosabotaje.

Referencias bibilográficas:

  • Steel, P. (2010). The Procrastination Equation: How to Stop Putting Things Off and Start Getting Stuff Done. Canada: Random House Canada.