¿Existió de verdad Don Pelayo, el héroe de la Reconquista?

Analizamos cuánta leyenda encierra la historia del caudillo astur.

Existió de verdad Don Pelayo, el héroe de la Reconquista

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Don Pelayo es, probablemente, uno de los personajes más conocidos del paisaje legendario español. Ascendido por el nacionalismo decimonónico a uno de los mayores héroes de la nación, la épica del caudillo astur continuó exaltándose en el siglo XX, especialmente durante la época del franquismo, que vio en Don Pelayo al líder modelo que guiaba a su pueblo contra un ‘enemigo común’, el Islam, y apoyado en una ‘fe verdadera’, la religión católica. Pero ¿cuánta verdad histórica hay en todo esto?

Los personajes históricos están construidos, por un lado, de hechos; por otro, de leyendas. Más todavía si el personaje en cuestión posee un simbolismo especial; en este caso, Don Pelayo se configura como uno de los ‘fundadores’ de la nación y se convierte en bandera y excusa para una ideología determinada. Todos los nacionalismos tienen a su ‘Pelayo’ particular; se trata de una piedra básica y necesaria para edificar el discurso nacionalista.

Entonces, ¿quién fue este legendario caudillo astur que, según la leyenda, capitaneó la resistencia del norte de la península contra el invasor musulmán? Más aún: ¿existió de verdad Don Pelayo, el famoso héroe de la (mal llamada) Reconquista? Analizamos a continuación qué sabemos exactamente de él y cuánta leyenda encierra la historia del caudillo astur.

Don Pelayo, el héroe de la (mal llamada) Reconquista

Cuando denominamos a Pelayo ‘héroe de la Reconquista’ ya empezamos mal nuestro discurso. La ‘Reconquista’ es un concepto que no obedece a ninguna base histórica y que empezó a usarse mucho después de la muerte de nuestro personaje. Etimológicamente, ‘reconquista’ significa ‘conquistar de nuevo’, es decir, volver a poseer un territorio que, de facto, ya se poseía en el pasado.

La idea comenzó con el rey Alfonso III de Asturias, en el siglo IX. Este monarca era hijo del rey Ordoño I, que pertenecía a una rama secundaria de la casa real de Asturias, pues descendía de Fruela, el hermano de Alfonso I, que, por otro lado, no compartía ni una gota de sangre con la dinastía de Pelayo.

Pues bien, fue Alfonso III, apodado El Magno, quien inició la campaña propagandística que más tarde recogerían los historiadores nacionalistas del XIX. En las tres crónicas más célebres de su reinado (a saber: la Crónica Profética, la Crónica Albeldense y la Crónica del rey Afonso III) se recoge la idea de que el reino de Asturias es el legítimo sucesor del extinto reino visigodo de Toledo y que, por tanto, las conquistas emprendidas por aquel son legítimas en tanto que intentan recuperar lo que ya le pertenecía. Da comienzo el concepto de Reconquista, que tanta fortuna tendrá en los siglos posteriores.

¿Descendiente de godos?

Ahora bien, ¿era legítima esta reivindicación dinástica de Alfonso III? Ya hemos visto que él no provenía de la línea de Pelayo, pero, en tanto que rey legítimo de Asturias, el reino considerado continuador del reino de Toledo, Alfonso se veía plena y moralmente capacitado para ejercer de sucesor de los antiguos reyes visigodos.

Porque el primer reino Astur recogió el relevo del extinto reino de Toledo y, por tanto, se consideraba el legítimo poseedor de Hispania. Para ello, era necesario que el fundador de ese reino asturiano, Don Pelayo, fuera descendiente de aquellos godos que gobernaron la península durante dos siglos.

Se empezó a fraguar así la leyenda de que el caudillo astur era un visigodo emigrado al norte tras la derrota de Guadalete, que huía de los invasores musulmanes solo con el objetivo de acaudillar un ejército de cristianos que les pudiera hacer frente. Ahora bien, ¿era en realidad Pelayo un noble visigodo?

En la actualidad, los historiadores ponen en duda la procedencia goda del personaje. Algunos, incluso, dudan de si existió realmente, ya que no poseemos ninguna fuente contemporánea que lo cite. Es decir, cuando se supone que Pelayo estaba levantando a un ejército en el norte para hacer frente al avance musulmán, nadie, absolutamente nadie, menciona tal suceso, lo que no deja de ser sorprendente.

Las tres grandes crónicas

De hecho, la primera fuente que lo nombra es la ya citada Crónica Albeldense, escrita en 881 y, por tanto, más de un siglo después de la supuesta muerte del caudillo. En la crónica se dice: ‘primero reinó en Asturias Pelayo, en Cangas, durante dieciocho años’. Y, por cierto, la alusión al caudillo se inscribe en una supuesta lista de ‘reyes godos’, entre los que Pelayo está incluido. Tenemos aquí la legitimación sucesoria en pleno proceso.

En concreto, en la Crónica Albeldense se le considera un proscrito visigodo, expulsado de la corte por el rey Witiza por apoyar al otro candidato, Rodrigo, en el marco de la guerra civil que facilitó la entrada a los musulmanes. Según esta crónica, Pelayo fue elegido caudillo en asamblea por los nobles astures y, como tal, lideró la rebelión contra el poder del bereber Munuza, establecido cerca de Gijón.

Una de las versiones de la Crónica de Alfonso III, la denominada rotense, lo convierte en spatharius de los monarcas visigodos, una figura de protección real parecida a la guardia de corps. En este caso, Pelayo se trasladaría a Asturias para huir de la invasión musulmana. En su huída se lleva a su hermana que, en un giro casi romántico de la narración, es pretendida por Munuza. Pelayo se indigna ante tal hecho y escapa de Córdoba, donde Munuza lo envía como prisionero, para reclamar venganza.

Por último, en la segunda versión de la Crónica de Alfonso III, la llamada versión sebastianense, se menciona por primera vez el nombre del supuesto padre de Pelayo, un tal Favila, duque visigodo.

El prosaico asunto de los impuestos

Fuera Pelayo godo o, simplemente (como resulta lo más probable) un caudillo astur o cántabro, la historia lo sitúa en el norte de la Península, levantando a la población contra el avance musulmán o, más bien, contra los impuestos establecidos por los recién llegados.

En la época en que encontramos a Don Pelayo como líder de los astures, un bereber, llamado Munuza por las fuentes cristianas y de verdadero nombre Uthman bin Naissa, está al frente de la recaudación de impuestos en la zona de Gijón. Este Munuza habría sido compañero de batallas de Tariq, el famoso caudillo musulmán que entró en la Península Ibérica en 711, favorecido por las guerras intestinas entre visigodos.

Y aquí encontramos un capítulo de la supuesta historia de Pelayo que debió molestar, y mucho, a los que pretendían convertirlo en una especie de fundador patrio. Al parecer, Don Pelayo fue enviado, junto con otros nobles cristianos, al sur de Hispania (concretamente, a Sevilla) para ayudar en la recaudación de impuestos que los invasores obtenían de los no musulmanes. Un aspecto espinoso de su biografía que la citada Crónica de Alfonso III se encargó de borrar, justificando su presencia en el sur como prisionero de un Munuza enamorado de Ermesinda, la hermana de Pelayo.

¿Es factible creer en este enfado? En realidad, no. Tenemos constancia de muchos miembros de la aristocracia cristiana de otros reinos que pactaron alianzas matrimoniales con musulmanes: es el caso, por ejemplo, de Oneca de Pamplona, viuda del rey Íñigo Jiménez, que se casó en segundas nupcias con el musulmán Musa ibn Fortún y, por cierto, casi contemporánea de Pelayo.

Todo apunta, pues, a que lo que las crónicas han denominado ‘levantamiento cristiano contra el enemigo musulmán’ no fue otra cosa que una escaramuza local en respuesta al abuso de impuestos. Un episodio del todo prosaico que se embelleció para resultar mucho más épico y, por supuesto, mucho más patriótico.

La ‘épica’ batalla de Covadonga

En esta adulteración de la historia destaca la famosa Batalla de Covadonga, acaecida en 718 o 722. Al parecer, Don Pelayo, definitivamente sublevado contra Munuza (por el motivo que fuere), se refugia en las montañas de Covadonga con algunos guerreros fieles. En aquel momento, la nobleza astur ya lo había elegido caudillo, o, como apuntan algunas fuentes tardías, rey.

La tradición épico-nacionalista hispánica ha atribuido a esta batalla un protagonismo crucial del que muy probablemente careció. Se enviaron tropas desde Córdoba para frenar el levantamiento; tropas que, según las crónicas cristianas, alcanzaban los 180.000 soldados musulmanes. Un número francamente más que dudoso, considerando la orografía de la zona, notablemente montañosa y poco transitable.

Según estas mismas crónicas cristianas, los astures acaudillados por Pelayo no pasaban de 300. Llama la atención el engrosamiento del número de soldados musulmanes y la parquedad de hombres que se le adjudican al bando cristiano, fruto, sin duda, de una tergiversación histórica que pretende otorgar a la victoria de Pelayo un aura divina y milagrosa. El mensaje era claro: Dios estaba de parte de Pelayo y los suyos.

La leyenda fue añadiendo algunos elementos épicos a la modesta trifulca, cada cual más apoteósico: cuenta la tradición que Pelayo construyó una cruz con dos palos y que, al mostrarla al enemigo, los cielos se abrieron y los musulmanes huyeron despavoridos.

Es célebre la crónica musulmana que narra la batalla, en la que se considera a Pelayo y a sus hombres como ‘treinta asnos salvajes’. Obviando el hecho de que los cronistas musulmanes tenían el objetivo contrario (es decir, menospreciar a los rebeldes), este dato nos hace pensar que, quizá, ni el ejército de Pelayo era tan espléndido, ni la batalla de Covadonga fue tan crucial para la historia. Probablemente, de hecho, no pasó de una escaramuza en las montañas.

El mito que sobrevivió

A la luz de las fuentes, muchos historiadores dudan en la actualidad de la existencia real de Don Pelayo, puesto que ningún documento contemporáneo cita al caudillo astur. La crónica más antigua donde encontramos una mención a este líder es la Crónica Albeldense, escrita más de cien años después de su desaparición.

Sin embargo, y considerando el hecho de que las fuentes musulmanas también lo nombran, podemos concluir que Pelayo sí que existió, aunque nos es imposible saber a ciencia cierta quién era. ¿Un noble visigodo huído al norte por la guerra civil establecida entre los dos candidatos al trono? ¿O puede que huyera de la invasión musulmana, iniciada en 711 por Tariq? ¿Era simplemente un caudillo astur, cántabro o vasco escogido en asamblea por los notables del norte?

Otro punto oscuro en la historia de Don Pelayo es el motivo por el que se sublevó contra los invasores. Pudo ser para defender su territorio; de forma más concreta, para evitar el pago de los cuantiosos impuestos que los musulmanes imponían a los que no seguían su religión. En la Crónica de Alfonso III, del año 880, se narra que Pelayo subleva a los nobles astures contra Munuza por un motivo absolutamente personal: la obsesión del bereber por su hermana Ermesinda. Un motivo demasiado romántico y, sobre todo, demasiado anacrónico, como para ser creíble.

La que sí parece histórica es la batalla acaecida en las montañas de Covadonga en el año 722, que enfrentó a las tropas de Pelayo y sus hombres contra los musulmanes, que fueron enviados desde Córdoba para sofocar la revuelta. Ahora bien, ¿cuál fue la naturaleza de la batalla? ¿Una batalla épica, como sostienen las fuentes cristianas (con milagros divinos por medio) o una simple escaramuza sin importancia, como parecen indicar las fuentes musulmanas?

Sea cual sea la verdad, lo cierto es que el mito de Don Pelayo y su insurrección contra el invasor sirvió al recién nacido reino asturiano para legitimar su reivindicación de Hispania. Al establecer a Pelayo como un noble visigodo, sus sucesores dinásticos legitimaban la ‘Reconquista’, es decir, la recuperación de un reino que les pertenecía, el antiguo reino de Toledo, conquistado y depuesto por los musulmanes.

El mito sobrevivió a Alfonso III y alcanzó la era dorada de los nacionalismos. En el siglo XIX, Don Pelayo se consolidó como ‘fundador de España’, o incluso, como todavía rezan algunas lápidas de las paredes del santuario de Covadonga, como ‘primer rey de España’. Conceptos absolutamente anacrónicos y erróneos que, sin embargo, sirvieron de mucho al franquismo para construir su propia versión de la historia.

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  • EVARISTO CASARIEGO, J. (1983), Historias asturianas de hace más de mil años: edición bilingüe de las crónicas ovetenses del siglo IX y de otros documentos, ed. Instituto de Estudios Asturianos
  • MENÉNDEZ BUEYES, L.R (2001), Reflexiones críticas sobre el origen del reino de Asturias, ed. Universidad de Salamanca
  • MIRANDA GARCÍA, F., y GUERRERO NAVARRETE, Y. (2008), Historia de España medieval. Territorios, sociedades y culturas, ed. Sílex
  • VALDEÓN, J. (2002), El reino astur-leonés, ed. Historia de las Españas medievales
  • Don Pelayo no fue el principio. El mito de Covadonga y el origen de la Reconquista, en Noches de Historia, podcast de Patxi Gómez Gallego

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Sonia Ruz Comas. (2026, marzo 6). ¿Existió de verdad Don Pelayo, el héroe de la Reconquista?. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/cultura/existio-don-pelayo-heroe-de-la-reconquista

Periodista

Licenciada en Humanidades y Periodismo por la Universitat Internacional de Catalunya y estudiante de especialización en Cultura e Historia Medieval. Autora de numerosos relatos cortos, artículos sobre historia y arte y de una novela histórica.

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