Las emociones son como radares internos que nos ofrecen información sobre las experiencias que vivimos, para que podamos responder de la manera más adaptativa posible.
La palabra emoción proviene del latín emovere, que significa “mover hacia afuera”. Y ahí está la clave: las emociones nos mueven. No están hechas para quedarse atrapadas dentro de nosotros, sino para orientarnos.
Toda emoción tiene un componente cognitivo —cómo interpretamos lo que ocurre—, pero también un componente corporal: cambios en la respiración, en el ritmo cardíaco o en la tensión muscular. El cuerpo y la mente reaccionan de forma simultánea, preparándonos a actuar.
Incluso aquellas emociones que solemos etiquetar como “negativas” nos ofrecen una oportunidad: la de elegir cómo actuar en sintonía con lo que estamos viviendo. Por eso, comprenderlas y aprender a relacionarnos con ellas es tan importante.
Por qué a veces son tan difíciles de gestionar las emociones
¿Qué pasa cuando, durante la infancia, tuvimos que aprender a reprimir ciertas emociones? ¿Qué pasa cuando nuestros cuidadores no supieron ayudarnos a regular lo que sentíamos —quizá porque tampoco aprendieron a hacerlo—? ¿Qué sucede cuando evitar sentir fue una estrategia de supervivencia que ahora se ha convertido en una coraza?
Estamos biológicamente programados para buscar sintonía emocional. Necesitamos que nuestras emociones sean vistas, nombradas y acompañadas. Cuando esto no sucede, el cuerpo aprende a adaptarse. A veces eso significa desconectarse, minimizar lo que se siente o priorizar las emociones de los demás para no perder el vínculo.
Con el paso del tiempo, todas esas emociones bloqueadas se convierten en una mochila pesada, con consecuencias acumulativas en la vida adulta. En algún momento pueden desbordarnos y expresarse en forma de ansiedad, depresión o incluso a través del cuerpo, somatizando un malestar que no tiene una causa orgánica clara.
Cómo gestionar mejor las emociones
Estamos sintiendo emociones continuamente, más o menos agradables, más o menos intensas. ¿Te has parado a reflexionar sobre ¿Cuáles son tus emociones más frecuentes?, ¿Qué tipo de situaciones suelen activarlas?, ¿Cómo te hace sentir cada persona con la que te relacionas?, o ¿Qué interpretaciones sueles darle a esas emociones?
Aprender a reflexionar sobre lo que sentimos es fundamental. Cuando la emoción está muy activa, puede resultar difícil hacerlo, porque nos sentimos desbordados o bloqueados. Por eso es importante practicar la reflexión desde la calma. Hay muchas formas de mejorar la gestión emocional. Aquí te propongo un ejercicio sencillo:
- Piensa en una emoción significativa que hayas sentido recientemente y trata de nombrarla.
- Cierra los ojos y trata de conectar con las sensaciones físicas que te genera (calor, frío, palpitaciones, cansancio…).
- Ubica esas sensaciones en tu cuerpo: ¿dónde las sientes? ¿En el pecho, en el estómago, en las manos, en la cabeza…?
- Valora la intensidad de la emoción del 1 al 10.
- Si esa emoción tuviera una forma, ¿cómo sería? Permítete simbolizarla.
- Pregúntale a esa figura por qué se siente así. Escúchala sin juzgar. ¿Qué te está queriendo decir? ¿De qué intenta protegerte?¿Qué necesitaría para bajar un poco el volumen?
Este ejercicio no busca eliminar la emoción, sino comprenderla e integrarla para generar un aprendizaje.
Las emociones más difíciles de gestionar
Regular las emociones no se trata de reprimir, de esconderlas debajo de la alfombra como si no pasara nada. Tampoco se trata de controlarlas, porque eso solo puede intensificarlas. Y mucho menos identificarnos completamente con ellas (“soy nervioso” en lugar de “estoy sintiendo angustia en este momento”).
A veces incluso nos sentimos culpables por experimentar determinadas emociones, lo que nos lleva a evitarlas o distraernos para no sentirlas. Sin embargo, cuanto más luchamos contra una emoción, más tiende a intensificarse y cronificarse.
Hay emociones que tienen “mala prensa” y de alguna forma tratamos de evitarlas o minimizarlas, muchas veces con la mejor de las intenciones. Sin embargo, todas las emociones cumplen una función protectora.
Tristeza
La tristeza suele aparecer ante las pérdidas —de seres queridos, tras una ruptura o al cerrar etapas vitales—, así como ante experiencias de soledad. También puede surgir cuando sentimos que nuestra vida no nos gusta, cuando lo que vivimos no está en coherencia con lo que necesitamos o deseamos. Si la escuchamos, la tristeza puede hablarnos de la necesidad de consuelo, de compañía y apoyo, o invitarnos a detenernos y mirarnos por dentro para comprender qué necesitamos cambiar o cuidar.
Ansiedad
La ansiedad suele estar relacionada con una preocupación excesiva. A veces sentimos que preocuparnos nos protege, como si eso no preparase mejor ante posibles amenazas. En realidad, esa hiperactivación mantiene la ansiedad y puede llevarnos al bloqueo, la irritabilidad o el agotamiento. Buscar calma —a través de la respiración, música agradable, el movimiento suave o el contacto con la naturaleza— es clave para desactivar esa alarma interna. También puede ser útil cuestionarnos las ideas catastrofistas, sabiendo que eso no equivale a protegernos.
Rabia
La rabia nos impulsa a defender límites y a luchar por lo que consideramos justo. Es una emoción muy importante, que puede empoderarnos. Pero si sube mucho de volumen, se genera una sensación de ira que puede llevarnos a conductas impulsivas, que luego nos harán sentir culpables. Por eso es importante detectarla a tiempo y parar, antes de actuar. Puede canalizarse de forma saludable a través del movimiento, la escritura o la expresión verbal consciente, desde la tranquilidad.
Culpa y vergüenza
La culpa y la vergüenza son emociones sociales que facilitan la convivencia y la adaptación a los grupos. Pero cuando son excesivas pueden volverse muy dañinas. En estos casos conviene preguntarse si realmente existe una responsabilidad objetiva o si estamos intentando ser lo que otros esperan para obtener aceptación y validación.
Conclusiones
Lo importante que quiero que sepas es esto: las emociones no son tus enemigas, ni siquiera las más dolorosas. Al contrario, siempre intentan ayudarte. Quieren que las identifiques, las atiendas, las valides y hagas algo con toda la información que te aportan. Las emociones pueden aprender a gestionarse, y existen enfoques terapéuticos que ayudan en este proceso. Dejarte ayudar no es un signo de debilidad, sino un acto de autocuidado y valentía.


Newsletter PyM
La pasión por la psicología también en tu email
Únete y recibe artículos y contenidos exclusivos
Suscribiéndote aceptas la política de privacidad


















