La falta de motivación a la hora de conseguir sus propósitos es uno de los obstáculos más frecuentes de los que se quejan quienes acuden a consulta. Arguyen que les es imposible realizar ciertas tareas porque no tienen las ganas suficientes o porque no se sienten capacitadas para hacerlo.

La falta de motivación como excusa

Normalmente, estas personas han intentado anteriormente realizar ejercicios mentales como pensar en positivo o visualizar aquello que les gustaría conseguir, obteniendo resultados muy pobres o simplemente no obteniendo nada, con la consiguiente frustración tras comprobar que sus expectativas no se han cumplido.

Y es que por el mero hecho de que pensemos en algo, por más que insistamos no va a ocurrir. La fórmula más propensa a darnos los resultados que esperamos es aquella que tiene como variable indispensable la acción.

Creer que para realizar una cosa o para conseguir ciertas metas debemos estar motivados se fundamenta en una creencia equivocada y limitante. Si pensamos de esta manera, estamos delegando nuestros posibles logros a factores muy volátiles.

La importancia de los hábitos

Puede que un día me levante con gran motivación y que otro día no aparezca ni se la espere. Esto, como el tener ganas para hacer algo, depende de muchos factores, algunos propios y otros ajenos a nosotros. Puede que me sienta con un pequeño dolor de cabeza o que mi jefe esté enfadado y esto haga que me desanime para el resto del día y decida no ir al gimnasio, ni ponerme a estudiar, ni salir a caminar…

Por otro lado, si observamos cómo funciona nuestra mente, nos daremos cuenta de que cuantas más veces repitamos una actividad, mejor se nos dará hacerla. Si practicamos un poco diariamente con un instrumento musical, es probable que al cabo de unos meses sepamos sacar alguna melodía y en unos años consigamos tocar varias canciones. Si escribimos un poco todos los días es más probable que progresivamente vayamos consiguiendo textos mejores, que nos entusiasmen cada vez más. Si vamos al gimnasio unas pocas veces por semana durante unos cuantos meses es posible que nos sintamos mejor y que tengamos músculos más fuertes.

En todos estos ejemplos lo que ocurre es que dando pequeños pasos, hemos construido hábitos que posteriormente nos ayudarán a conseguir metas más ambiciosas. ¿A que si pensamos que para ir al gimnasio antes debemos tener una buena musculatura, esa nos parecerá una premisa absurda?

La clave está en la palabra mencionada anteriormente: hábitos. Se trata de crear rutinas en nuestra vida que se conviertan en pilares, cimientos estables, que nos ayuden, con mayor probabilidad, a conseguir aquello que nos gustaría conseguir.

Debemos partir de lo más pequeño para que, posteriormente, casi como una consecuencia natural, este avance se convierta en logros más grandes. No podemos correr una maratón habiendo simplemente entrenado una semana en nuestra vida. Debemos partir de metas pequeñas, asequibles, y comportarnos como si formaran parte de nuestro repertorio. Un pequeño avance cada día va creando avances más grandes y, como consecuencia, surge en nuestra mente la tan deseada motivación. Sin buscarla, sin ejercicios mentales, demostrándonos que somos capaces de hacerlo.

Conclusión

Debemos esforzarnos sin forzarnos. Esforzarnos supone hacer un poco de fuerza cada día, sin agotarnos, sin frustrarnos. Forzarnos supondría hacer más de lo que podemos. Sería querer conseguir la meta sin el proceso, lo que nos llevaría a generarnos falsas esperanzas que nos portarían nuevamente a la casilla de salida, alejando definitivamente nuestra motivación. Y aquí reside la paradoja. Si insistimos en que surja de manera espontánea aquello que intentamos alcanzar, menos probabilidades tendrá de venir a nosotros. Sin embargo, cuando nos centramos en el proceso, en cambiar pequeñas cosas, se produce el desbloqueo.

El cambio en nuestro proceder nos lleva a un cambio en nuestra percepción, en nuestra manera de sentirnos.