Pautas para saber cómo afrontar estas situaciones. Unsplash.

Buena parte de lo que somos como individuos tiene que ver con la manera en la que los demás nos perciben. Esto significa que, aunque no nos demos cuenta, una faceta de nuestra identidad está relacionada con la imagen que proyectamos, la manera en la que los demás reaccionan al vernos o al interactuar con nosotros.

La vergüenza es un fenómeno psicológico relevante que tiene que ver con lo anterior. Gracias a su existencia, nos preocupamos por lo que los demás pensarán de nosotros, de modo que en muchas situaciones será menos probable que nos quedemos socialmente aislados. Sin embargo, en ciertos contextos la vergüenza deja de ser una ayuda y pasa a ser un obstáculo, algo que nos leja de lo que nos gustaría conseguir y que nos lleva a una forma extrema de timidez.

En este artículo veremos algunas claves para perder la vergüenza y atreverse a dar un paso hacia lo que nos hemos propuesto, a pesar de que eso suponga tener una exposición social que en un principio causa respeto.

Cómo superar la vergüenza

Los pasos a seguir a continuación deben ser adaptados a las circunstancias particulares en las que vives pero, además, no es suficiente con leer y tener en mente estas ideas. Hay que combinar el cambio de creencias con el cambio de acciones, dado que si solo nos quedamos con lo primero, probablemente no se producirá ningún cambio.

1. Acostúmbrate a exponer tus imperfecciones

Es imposible mantener una imagen perfecta o hacer que los demás nos idealicen constantemente. Todo el mundo comete pequeños errores, cae en malinterpretaciones, y se expone a situaciones incómodas. La tensión que genera intentar mantener esa ilusión puede generar un sentido del ridículo muy elevado y un gran miedo a sentir vergüenza.

Así pues, hay que aprender a adueñarse de las propias imperfecciones y mostrarlas a los demás sin miedo. De esta manera se da la paradoja de que se les resta importancia reconociendo su existencia.

2. Márcate objetivos y oblígate

Si te detienes mucho pensando en si debes o no hacer aquello que te genera nervios por la posibilidad de hacer el ridículo, crearás automáticamente excusas que te permitirán tirar la toalla y rendirte a la mínima oportunidad, aunque no sea razonable cambiar de opinión de esa manera.

Así pues, adopta compromisos contigo mismo y, si puede ser, con los demás. En estos casos, ponerse límites ayuda a expandir los márgenes de la propia libertad, ya que facilita dar el paso y hacer algo que suponía un desafío y que, una vez realizado, ya no nos costará tanto volver a repetir.

3. Rodéate de personas deshinibidas

El contexto social importa mucho. Por ejemplo, cualquiera que haya pasado por una clase de actuación sabe que los primeros días, el hecho de ver a los demás perdiendo la vergüenza hace que uno mismo se suelte mucho más en cuestión de minutos, llegando a hacer cosas que nunca antes había hecho.

Este mismo principio puede ser aplicado a los pequeños hábitos del día a día, fuera de la profesión de los actores. Si nos acostumbramos a estar rodeados por personas que no se obsesionan con la imagen pública que dan y se expresan de manera espontánea, tenderemos a imitar esos patrones de comportamiento y de pensamiento, a pesar de que nuestra personalidad siga ejerciendo su influencia en nosotros.

4. Trabaja tu autoestima

Si creemos que valemos menos que el resto, es fácil que terminemos asumiendo que hay algo mal en nosotros que debe ser ocultado a los demás, ya que en cuestión de segundos puede dejarnos en evidencia.

Así pues, hay que trabajar en las propias creencias para hacer que estas se ajusten a una visión más justa y realista de uno mismo. Teniendo en cuenta que quien tiene baja autoestima acostumbra a atribuirse las culpas de cosas que le pasan por accidente o por influencia de otros, el foco debería estar en aprender a ver las propias limitaciones como un producto de las circunstancias en las que se vive (y se ha vivido en el pasado) y las decisiones que uno toma.

5. Distánciate

Muchas veces resulta beneficioso dar un paso atrás y distanciarse de lo que se está experimentando en el presente; es decir, verlo tal y como lo vería una tercera persona que no está directamente involucrada en lo que ocurre. De esta manera es más fácil dejar de pensar en el qué dirán y perder la vergüenza.

Dejar de obsesionarse con lo que estarán pensando los demás y concentrarse en lo que objetivamente está ocurriendo, tal y como pasa cuando vemos una película o jugamos a un videojuego, suele ser de ayuda. Eso sí, solo en las ocasiones en las que la vergüenza esté cerca, ya que en otras situaciones, esto tiene efectos negativo, al despersonalizar a los demás y hacer más complicada la empatía.

Referencias bibliográficas:

  • Broucek, Francis (1991), Shame and the Self, Guilford Press, New York, p. 5.
  • Fossum, Merle A.; Mason, Marilyn J. (1986), Facing Shame: Families in Recovery, W.W. Norton, p. 5.