Vox. Tres letras, una palabra, un monosílabo. Del latín “voz”. Es el fenómeno que está de moda.

Copa todos los grandes titulares de los periódicos digitales y tradicionales. Está en boca de todos; en las reuniones familiares, en las cenas de amigos. Los telediarios nacionales abren a diario con alguna noticia referente a la polémica formación política que ha irrumpido de manera estridente en el Parlamento Andaluz, a raíz de las elecciones autonómicas celebradas el 2 de diciembre del 2018. Nunca antes tres letras tuvieron tantas interpretaciones y debates. Pero, ¿es correcto estamparle la categoría de partido fascista?

El partido está liderado por Santiago Abascal Conde (Bilbao, 1976), un ex militante del Partido Popular Vasco, denominado antaño como “el partido de los valientes”, dadas las oscuras circunstancias que transcurrían en esa región española durante la década de los ochenta hasta bien entrado el nuevo milenio, donde la banda terrorista Euskadi Ta Askatasuna (E.T.A.) atentaba, secuestraba y asesinaba a políticos y población civil contrarios a su lucha e ideología, con especial fijación por el PPV. Y aunque Vox sea la sorpresa en la actualidad, no es un partido nuevo, más se fundó hace ya un lustro.

Santiago Abascal

Vox, del ostracismo al estrellato mediático

Tal y como hemos explicado en los párrafos introductorios, la formación de Abascal no es una creación de anteayer, sino que lleva ya cinco años en la actividad extraparlamentaria española, que no mediático, dato a tener en cuenta. Vox fue constituido como partido político y registrado en el Ministerio de Interior en el año 2014, fruto de una escisión del partido de centro-derecha “Partido Popular”, cuyos ex militantes vieron traicionados sus principios básicos por el entonces Presidente del Gobierno de España, Don Mariano Rajoy Brey.

Sus primeros años fueron complicados y envueltos en polémicas desde el principio. La crítica a la corrección política, reuniones con el Frente Nacional Francés o el apoyo informal de plataformas religiosas como Hazte Oír, supusieron de entrada una mala aceptación por sus conciudadanos y analistas políticos.

Las imágenes de sus miembros con altavoz en mano subidos a un taburete de madera cual predicador evangélico no les auguraba un buen futuro. Su persistencia, tenacidad y convicción, les han reportado buenos resultados y su discurso está a debate de manera cotidiana en todos los platós de televisión.

¿Un partido fascista del siglo XXI?

Son infinitos los articulistas, opinólogos y politólogos que se han apresurado en colgar esta etiqueta al partido que ha logrado un resultado inesperado, al conseguir 12 escaños dentro del Parlamento de la Junta de Andalucía. Sus mecanismos de comunicación, discursos disruptivos, palabras altisonantes y puesta en escena les ha valido esa categorización. Pero, ¿es realmente Vox un partido fascista? Analicemos algunos datos.

Según las ciencias políticas -la politología-, el fascismo es una ideología de enaltecimiento al líder, un discurso de constante apelación a la representación del pueblo (en estos casos desatendido), una visión autoritaria y, sobre todo, antidemocrática de lo que es el poder, cuyos medios de comunicación y opinión pública están controlados por el gobierno que le ha cedido el pueblo. Ceder libertad a cambio de seguridad y estabilidad, como ocurría en la Europa de los años 20 y 30. La autoría de esta ideología corresponde a Benito Mussolini, pensamiento que tuvo lugar en el período de las dos Guerras Mundiales del siglo XX.

Para la gran mayoría de los medios de comunicación españoles, Vox cumple con los requisitos básicos para definir a esta formación de fascista. Algunos expertos en la materia de la Universidad Complutense de Madrid y de la Universidad Autónoma de Barcelona, no les cabe ninguna duda. Los autores se basan, entre otros puntos, en los apoyos que ha recibido en sus inicios, y que sigue recibiendo en el presente: Marine Le Pen y algunos miembros de la Fundación Nacional Francisco Franco mostraron públicamente su alegría por los resultados cosechados el pasado 2 de diciembre del 2018.

No obstante, otro referente del análisis político y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de Madrid, Jorge Verstrynge, aseguraba en los micrófonos de A3 Media que “Vox no tiene nada de eso. Se lo digo yo que sí fui un fascista de verdad. Esta gente se ha presentado a unas elecciones democráticas, lo cual rompe con el elemento esencial del fascismo”. Íñigo Errejón, fundador y Secretario de Análisis y Cambio Político de la formación socialdemócrata Podemos, fue más irónico: ”a los de Vox no les han votado 400.000 fascistas”.

El antecedente de Podemos

¿Es Vox un partido fascista? Este partido se ha ganado cierta enemistad entre la opinión pública por sostener algunos de los puntos más controvertidos de su programa electoral, como son la derogación de la Ley Integral de Violencia de Género, la recentralización de la Administración Pública, la defensa -no por ley- de la familia tradicional y de los valores culturales judeo-cristianos que constituyeron la España moderna.

Pero, es esto fascismo, ¿o se corresponde a una estrategia mediática para demonizar a la formación de Abascal? Existe un precedente similar, tampoco nada lejano, del partido que obtuviera un éxito inesperado hace cinco años en las Elecciones Europeas del 2014, y que se encuentra en el eje contrario a Vox del espectro político: Podemos. Desde la España Constitucional, la actividad y gobernanza política residió en la llamada “alternancia” del bipartidismo que formaban la derecha (Partido Popular) y la izquierda (Partido Socialista Obrero Español).

Así pues, los vínculos de Podemos con el comunismo y el chavismo, que existieron y existen, sirvieron para polarizar la opinión pública y retratar a Podemos como un partido comunista, sin más, a pesar de que no cumplía con ninguna de las características típicas de los partidos comunistas (empezando por fijar como uno de sus objetivos principales la colectivización de los medios de producción).

Algo muy similar pasa con Vox, que si bien expresa abiertamente ideas que desde la izquierda política se tildan de antidemocráticas, como por ejemplo la discriminación contra los homosexuales (plantea retirarles el derecho a casarse, con todos los impedimentos legales que eso genera), o bien el posible apoyo de sectores franquistas, no es un partido fascista. Ni justifica el uso de la violencia por encima de la ley, ni intenta movilizar a civiles para darle apoyo al partido mediante el dominio del territorio, ni manifiesta culto al líder.