Lucía duerme sus ocho horas. Entrena tres veces por semana. No toma alcohol entre semana y hace terapia desde hace más de un año. Si le preguntás, te va a decir que hace todo lo que hay que hacer. Y, aun así, hace meses que se despierta cansada de una forma que ningún consejo de bienestar le explica.
No hubo nada que diera lugar a pensar que pudiera haber generado ese cansancio, como un accidente o una pérdida; tampoco una fecha que ella pueda señalar y decir: «Ahí empezó».
Lleva años coordinando un área con responsabilidad creciente: el teléfono siempre a mano, decisiones que la esperan incluso los domingos a la noche, cuando todavía no arrancó la semana, pero la cabeza ya está ahí. La palabra que más se usa para esto es estrés. Pero «estrés» ya casi no dice nada: se volvió el cajón donde metemos cualquier cosa que cansa.
Qué es la carga alostática
Hay algo más preciso, y bastante menos conocido, en lo que le pasa al cuerpo de alguien como Lucía. Se llama carga alostática. Este término fue acuñado hace más de veinte años por un neuroendocrinólogo, Bruce McEwen, para nombrar el costo que paga el cuerpo cuando tiene que adaptarse, una y otra vez, a una exigencia que no da tregua, sin un evento traumático puntual detrás.
Para entenderlo, ayuda mirar primero su opuesto, que suena parecido, pero es sano: la alostasis. El cuerpo se ajusta al momento: sube el cortisol cuando hace falta, acelera el corazón, se pone en alerta y, después, vuelve.
Ese volver es la parte que casi nadie nombra, y es la que importa. El sistema está diseñado para tensarse y soltar, en ciclos. Se vuelve costoso cuando el ciclo se rompe: cuando la tensión se sostiene y el soltar no llega nunca.

Alejandra Dabos
Alejandra Dabos
Neuro-Liderazgo & Psicoterapia | External Brain Partner para C-Suite
Por qué no se arregla durmiendo más
Por eso, tantas personas que por afuera funcionan perfecto describen lo mismo, casi con las mismas palabras: «Duermo, pero no descanso». El problema no está en la cantidad de horas. El sistema nervioso perdió la costumbre de bajar. Se puede dormir ocho horas con el cuerpo todavía en guardia.
Con los años, esto deja una marca medible, más allá de cómo se sienta la persona un día puntual. Y esa marca no queda en un solo lugar del cuerpo: se reparte en varios sistemas a la vez, que van pagando la cuenta cada uno a su manera.
El corazón es uno de los primeros en notarlo. El cortisol y la adrenalina sostenidos elevan la presión arterial de forma continua, lo que, con el tiempo, endurece las arterias y aumenta el riesgo cardiovascular.
El metabolismo también cambia: el cuerpo libera glucosa a la sangre pensando que hace falta energía para escapar de algo, pero esa energía nunca se usa —nadie corre una maratón en medio de una jornada de reuniones— y termina acumulándose como grasa abdominal, con más resistencia a la insulina, el paso previo a la diabetes tipo 2.
El sistema inmune, que al principio responde reforzándose, se agota con el desgaste sostenido, y eso deja el terreno listo para una inflamación crónica de bajo grado y una mayor vulnerabilidad a las infecciones.
Y el cerebro no queda afuera: el cortisol alto daña de a poco el hipocampo, la zona que sostiene la memoria y el aprendizaje, mientras la amígdala —el centro de la alarma y el miedo— se agranda.
Por eso, alguien con carga alostática alta no solo se siente cansado: además, le cuesta más concentrarse, se irrita con mayor facilidad y siente una ansiedad de fondo que no tiene un motivo puntual al que señalar.
Todo esto, además, se puede medir.
No es una sensación difusa: hay análisis de sangre y de orina, además de estudios físicos simples, que, en conjunto, le dan a un médico un número bastante concreto sobre cuánta carga alostática acumuló un cuerpo. No hace falta memorizar esa lista para entender lo importante: este desgaste no es una opinión sobre el carácter de alguien; es algo que un análisis de laboratorio puede confirmar.
No es lo mismo que el burnout, aunque se confundan todo el tiempo
El burnout ya lo conocemos más: agotamiento emocional, ese distanciarse casi cínico del propio trabajo, la sensación de que nada de lo que hacés alcanza. Es un cuadro instalado, visible, que la persona suele terminar reconociendo en sí misma tarde o temprano.
La carga alostática viene antes. Se acumula mientras la persona todavía rinde, todavía cumple, todavía no diría «estoy quemada» porque, en los hechos, sigue sosteniendo todo. Lucía sigue liderando sus reuniones, sigue respondiendo a horario y nadie en su equipo notaría nada raro. El cuerpo, mientras tanto, ya empezó a cobrar una cuenta que la cabeza todavía no está leyendo.
Se puede tener una carga alostática alta sin estar, todavía, en burnout. El cuerpo suele facturar mucho antes de que la mente se entere de que algo anda mal. Ese desfasaje —entre lo que el cuerpo ya sabe y lo que la conciencia todavía no registra— es, para mí, el dato más incómodo de todo esto.
Lo que no se nombra cuesta cuidarlo
En el mundo del bienestar también circula la idea de que el cuidado empieza después del quiebre: cuando ya hay un diagnóstico, cuando ya hubo una licencia, cuando el cuerpo dio un portazo tan fuerte que ya no se puede seguir ignorando.
Hay una diferencia real entre el cansancio que una buena noche de sueño resuelve y el que sigue ahí a la mañana siguiente, intacto. Esa diferencia tiene una explicación biológica. Nombrarla —tener la expresión «carga alostática» a mano, en lugar de «estrés» a secas— ya cambia algo porque describe con precisión lo que le está pasando al cuerpo, en vez de quedarse en una palabra tan genérica.
Lucía no necesita más disciplina; de eso ya tiene bastante. Lo que le serviría es poder ponerle nombre a lo que su cuerpo lleva años sosteniendo sin pausa. Y, a partir de ahí, empezar a preguntarse qué significaría soltar realmente la tensión.
Sobre la autora
Alejandra Dabos es Neurosicoeducadora (UBA), Psicoterapeuta Integrativa y Coach Internacional ICC (Matrícula 13759). Fundadora del Real Mind Method™ y del Executive Sovereignty Program™. Se desempeña como External Brain Partner para directivos de alto rango y figuras del C-Suite. Es columnista en Psicología y Mente, además de ser citada frecuentemente por Infobae como especialista en neurociencia aplicada al liderazgo. Autora de El Impuesto Invisible: Lo que tu cerebro decide antes de que tú lo sepas, y lo que le cuesta a tu empresa (2026).

Alejandra Dabos
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Neuro-Liderazgo & Psicoterapia | External Brain Partner para C-Suite










