Nuevo día en la consulta. Él, que siempre se había mofado y creía que la ansiedad y la depresión eran inventos de perezosos y adinerados, hoy se sentaba frente a mí arrepentido. Le había tocado sentirlo en propia piel y ahora entendía que había sido injusto. Pero ya estaba mejor y empezábamos a hablar de cómo funciona, sobre emociones y estilos comunicacionales. Ese hombre rudo, irrespetuoso y en ocasiones agresivo, e incluso violento, quería cambiar. Estaba motivado, dispuesto a probar. Exploramos juntos nuevas maneras más amables de hacer y de estar.
Ese día necesitaba cita con el especialista para el próximo mes. Amablemente lo pidió en el mostrador del centro de salud. No hay horas disponibles. Explica su caso, pone contexto. No hay horas disponibles. Le habla de su urgencia y de la indicación médica. No hay horas disponibles. Busca ayuda, soporte, en su mujer que le acompaña. No hay horas disponibles. Golpe en la mesa, alza el tono de voz, falta al respeto y pierde el control. Llega seguridad. Contienen. En el mostrador aparece, de repente, una cita para el próximo mes con el especialista.
Así me lo contó en la sesión de psicoterapia del jueves. Él quería hacerlo bien: “Lo hice como hablamos aquí y no funcionó. Al final, lo conseguí con mis métodos”. Yo lo miraba, sin palabras. No tenía palabras que añadir, esta vez él tenía razón. Llevábamos unas sesiones inmersos en dejar de lado la violencia, en abrir nuevos caminos. Pero hoy estos nuevos caminos para él no nos llevaban a la meta y yo me sentía enfadada. Con rabia, veía cómo se habían premiado conductas inaceptables; conductas violentas, y me preguntaba por los límites; por si todo vale para conseguir lo que deseamos.
Sin más reconocí: “Joder, tienes razón; intentas cambiar y el sistema te lo pone difícil, el sistema te lo impide”. Y en este punto, nos convertimos en aliados. Él ya no era el responsable, lo eran los otros. Pero desde ahí ya era imposible trabajar ni la violencia, ni el cambio.


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