La mayoría de nuestras acciones las hacemos pensando a corto plazo y en nosotros mismos. Por ejemplo, puede que no queramos reciclar porque nos da pereza tener que ir a varios contenedores distintos para tirar la basura, o que nos gastemos todo nuestro sueldo en vivir bien y cuidarnos.

Independientemente de si son acciones moralmente correctas o no, está claro que sus consecuencias no van a ser únicamente a corto plazo. No reciclar supone contaminar más el planeta, mientras que no ahorrar puede sernos un gran problema si, en el futuro, tenemos hijos y no podemos mantenerlos.

Pensar a largo plazo es algo que no solemos hacer, y ya ni hablemos de pensar a muy largo plazo, en un tiempo en el que ya no estaremos vivos. Por fortuna, han sido muchos quienes sí han pensado así, siendo este tipo de fenómeno psicológico llamado pensamiento catedral. Veámoslo más a fondo a continuación.

¿Qué es el pensamiento catedral?

Antes de explicar la idea del pensamiento catedral, primero entendamos cómo eran construidas las catedrales unos siglos atrás, en plena Edad Media. Por aquel entonces las catedrales eran proyectos que bien podían tardar años en acabarse. Catedrales como la de Notre Dame, la de Burgos o la de Canterbury tardaron varios siglos en completarse, algo que era totalmente normal en la época y que los arquitectos eran plenamente conscientes al momento de poner la primera piedra.

Los arquitectos sabían que nunca verían sus obras terminadas, pero no por ello dejaban de construirlas. A pesar de saber que morirían mucho antes de que sus diseños se materializaran en templos totalmente acabados, los artistas no lo hacían para tener un edificio bonito hecho por ellos mismos, sino pensando en que dejarían a las generaciones futuras una catedral resistente, duradera y hermosa que dejaría huella en todos aquellos que la vieran. Sabían que su obra podría estar acabada en cientos de años, incluso casi mil como es el caso de la catedral de Canterbury ¡tardó hasta 900 años en acabarse!

La idea del pensamiento catedral viene a tomar esta misma idea. Consiste en la capacidad de concebir y planificar proyectos con un horizonte temporal amplio, de varios años, incluso décadas o siglos. Se trata de hacer algo con una visión a muy largo plazo, pensando en un tiempo en el que quizás ya no se esté en el mismo lugar o, incluso, ya no se esté vivo, pero que las gentes de ese momento puedan disfrutar o beneficiarse de las acciones que hayamos decidido tomar en el presente. También supone plantearse si las acciones que hagamos hoy pueden perjudicar a las generaciones venideras.

Más allá de las catedrales

A lo largo de la historia han sido muchos las personas que han pensado a largo plazo, siendo empáticos con generaciones venideras, muy relacionado con la moderna idea de la justicia intergeneracional. Además de la construcción de catedrales y otros edificios como los castillos, murallas y bastiones de varias ciudades, tenemos eventos históricos que se demoraron varios siglos y que han repercutido en cómo es el mundo hoy en día.

Un ejemplo de ello es la época de las grandes exploraciones, período que contempla desde finales del siglo XV hasta finales del XIX. Los exploradores de las Américas, Indonesia, Australia o África de varios siglos se adentraban en las profundidades de tierras desconocidas que sabían perfectamente que no iban a descubrir por completo, puesto que era humanamente imposible. Lo que hacían era poder llenar ese gran hueco que había todavía en los mapas y que, una vez uno de esos exploradores no pudiera continuar fuera otro quien ocupara su lugar y, así, seguir completando el mapamundi.

Hoy la exploración ha despegado y se ha adentrado en el espacio. Primero se enviaron animales al espacio, luego seres humanos y, más tarde, se pisó la Luna. Estos no han sido pequeños pasos para la Humanidad, pero vendrán de mayores. Algún día conseguiremos explorar y colonizar nuevos mundos, eventos que nunca hubieran sido posibles si Yuri Gagarin no se hubiera atrevido a estar ahí arriba o el equipo del Apollo 11 no hubiera pisado nuestro satélite.

Pero no hace falta explorar nuevos mundos para encontrar a personas cuyas hazañas bien nos sirven para ejemplificar qué es el pensamiento catedral. Pensemos en las familias, en todas ellas. El simple hecho de que unos padres ahorren pensando en el futuro de sus hijos cuando ellos ya no estén y que sirva también para sus nietos es un ejemplo de este tipo de pensamiento. Es empatizar con personas que todavía no existen, pero en algún momento vendrán y que, si se les puede dar la mejor de las vidas, es un imperativo ético contribuir en la medida que se pueda.

Por qué deberíamos empezar a aplicarlo

Podríamos dar muchos más ejemplos de casos de pensamiento catedral, tanto pensando en nuestros descendientes de dentro de 100 años como en personas que no serán de nuestra sangre, pero que por pura empatía nos gustaría que tuvieran la mejor de las vidas. Son muchos los pequeños gestos que podemos hacer hoy que, de ser constantes, pueden ayudar a las personas del futuro.

Hay cuestiones que son de gran actualidad que como no notamos (o no queremos ver) sus consecuencias no hacemos mucho por cambiar la situación. Pese a que lo ideal es pensar a largo plazo, en un mundo en el que se premia la inmediatez y donde queremos que se nos den resultados y feedback rápidamente, a veces nos olvidamos de pensar que las cosas pueden tardar en aparecer.

Cambio climático

El cambio climático es un claro ejemplo de por qué deberíamos empezar a cambiar nuestra forma de gestionar y explotar los recursos en la actualidad, aplicando el pensamiento catedral pensando en hacer que las generaciones futuras puedan tener un planeta sano en el que vivir. La mayoría de personas adultas en la actualidad es bastante poco probable que lleguen a vivas cuando la Tierra se encuentre ante un desastre climático de proporciones propias de una película de ciencia ficción, pero no por ello es menos probable que en algún momento esto pueda suceder.

Pensemos por un momento qué pasará si seguimos consumiendo y contaminando como lo hacemos. Cierto que de la noche a la mañana no va a subir la temperatura 5 grados ni los casquetes polares se derretirán cuál helado en verano, pero, ¿cómo será la situación en 100 años? ¿habrá hielo en el Ártico? ¿El aire será respirable? Si nuestras respuestas a estas preguntas son más bien negativas, deberíamos hacer algo para revertir la situación. Dentro de 100 años no estaremos vivos, pero nuestros nietos sí ¿queremos que sufran?

Pandemia COVID-19

Pero también podemos ver un ejemplo en el que el futuro es ahora. La pandemia de COVID-19 ha trastocado la situación mundial, provocando una crisis económica, sanitaria y humanitaria que nadie de los que la hemos vivido la vamos a olvidar en la vida. ¿Qué hubiera pasado si alguien, hace 50 años, se hubiera imaginado que esto podría ocurrir? ¿Qué se le ocurriría que serían los métodos más adecuados para evitar nuevos contagios? ¿Cómo evitaría las repercusiones negativas en la economía?

Si se hubiera hecho este ejercicio de pensamiento catedral la situación sería bien diferente en países como Italia o España. No sería la panacea, pero el simple hecho de haberse planteado la posibilidad de que una enfermedad vírica transmitida por aerosoles podría provocar una pandemia hubiera hecho que se tuvieran almacenes con mascarillas, pantallas de metacrilato de sobra y también se hubieran buscado formas para que todo el mundo tuviera alimentos sin necesidad de salir de casa y arriesgarse a enfermarse.

Futuro: mejor hacer algo hoy que esperar a que llegue el mañana

Está claro que el futuro es impredecible y siempre pueden ocurrir imprevistos que hagan que muchos de nuestros esfuerzos no hayan servido de mucho. La mala suerte es parte de nuestras vidas, pero no es necesariamente el final de ellas. De la misma manera que los constructores de catedrales no siempre tenían a disposición buenos materiales o que sus obreros no hubieran hecho la estructura correctamente, nuestros intentos por conseguir que las generaciones posteriores vivan mejor pueden verse frustrados por eventos que no controlamos.

Sin embargo, es mejor hacer algo hoy para que el futuro sea mejor que no hacer nada y que las generaciones que vengan nos recuerden como aquellos egoístas que no quisieron cambiar su estilo de vida por comodidad. Si cambiamos nuestra forma de consumir los recursos, dentro de cien años habrá un planeta sano en el que vivir, y si alguien hubiera pensado en que podía haber una pandemia en el futuro hoy no tendríamos la crisis económica y sanitaria que ha supuesto el COVID-19.

La idea principal del pensamiento catedral es hacerse la siguiente pregunta: ¿Cómo las acciones que hago hoy van a influir en las personas de dentro de varios años? Si la respuesta a esta pregunta es que lo que hacemos hoy va a perjudicar o no va a suponer ningún beneficio para las generaciones futuras, entonces ¿para qué hacerlo? Debemos ser más empáticos con quienes todavía no han nacido, porque no hay nada más cruel que condenarlos a vivir en un mundo en el que es imposible vivir.

Referencias bibliográficas:

  • Cathedral thinking (s. f.) What is Cathedral Thinking. En Cathedral Thinking. Extraido de https://cathedralthinking.com/