A muchas personas les sorprende descubrir que en terapia no siempre se busca una explicación definitiva de lo que ocurre, sino entender cómo se ha ido contando esa experiencia a lo largo del tiempo.
La psicoterapia constructivista trabaja justamente con esas narraciones internas, con las ideas que se repiten y con el valor que se les da. Es un enfoque que confía en la capacidad humana para reorganizar su mundo interno, siempre que exista un espacio de diálogo cuidado y una mirada que no juzgue, sino que acompañe.
Una forma distinta de entender la realidad
La psicoterapia constructivista propone un cambio importante en la manera de comprender la realidad psicológica. No parte de la idea de que existe un mundo interno fijo que solo hay que descubrir, sino que entiende que las personas van creando significados de forma constante. Lo que se vive no llega en bruto, porque siempre pasa por filtros previos: creencias, aprendizajes, emociones y vínculos.
Desde esta mirada, la realidad psicológica se construye, se ajusta y se reorganiza a lo largo del tiempo. Esto implica que dos personas pueden atravesar situaciones similares y darles sentidos muy distintos, debido a que sus historias y sus contextos no son los mismos.
Y, claro, esto no significa que “todo valga”, sino que el foco está en cómo cada quien interpreta lo que ocurre y qué efectos tiene esa interpretación en su bienestar.
En terapia, este enfoque invita a observar esos significados sin imponer una lectura externa. El trabajo se da en colaboración, porque el conocimiento sobre la propia experiencia no está solo en manos del profesional, sino también en quien consulta.
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Raíces teóricas y aportes clave
El pensamiento constructivista en psicoterapia se nutre de varias corrientes que dialogan entre sí. Una de las bases más conocidas proviene de Jean Piaget, quien mostró que el conocimiento se desarrolla por etapas y que la mente organiza activamente la información. A partir de ahí, otros autores ampliaron esta visión hacia el mundo adulto y emocional.
George Kelly, con su teoría de los constructos personales, aportó una idea sencilla y potente: cada persona interpreta la realidad a través de “gafas” propias. Estos constructos no son buenos ni malos en sí mismos, pero pueden volverse rígidos y generar malestar si ya no permiten comprender lo que sucede.
Más adelante, la terapia cognitiva posracionalista puso el acento en las narrativas personales. Aquí el interés está en la coherencia interna de la historia que cada quien se cuenta sobre sí, porque esa coherencia influye directamente en la estabilidad emocional.
También aparece con fuerza la idea relacional: la identidad no se forma en aislamiento, sino en contacto con otras personas. Los vínculos, el lenguaje y la cultura participan activamente en la construcción del sentido, debido a que es ahí donde se validan, cuestionan o transforman las interpretaciones.
Cómo funciona el proceso terapéutico constructivista
En la práctica clínica, la psicoterapia constructivista se aleja de la búsqueda exclusiva de síntomas o etiquetas. El objetivo principal es comprender cómo se han armado ciertos significados y qué valor emocional se les ha asignado.
Y todo esto podría explicarse a través de una secuencia: experiencia, significado, valoración y acción. Nada de lo que se vive es neutro, porque siempre pasa por esa cadena.
Por ejemplo, una misma palabra, un gesto o un “no” pueden vivirse de maneras muy distintas según la historia personal y la carga afectiva asociada. La valoración emocional es la que determina si algo genera sufrimiento, alivio o indiferencia. Y es justamente ahí donde la terapia encuentra un punto de trabajo interesante.
El espacio terapéutico permite revisar esas valoraciones que se formaron, muchas veces, en etapas tempranas de la vida. No para borrarlas, sino para flexibilizarlas. El terapeuta actúa como acompañante y facilitador, ayudando a que la persona observe sus propias interpretaciones desde otro lugar.
En cuanto a las herramientas, se utilizan técnicas variadas, siempre con coherencia teórica. Puede aparecer la escritura reflexiva, que ayuda a ordenar pensamientos y emociones, o ejercicios de imaginería que permiten explorar futuros posibles. Pero, ojo, ninguna técnica se aplica de forma automática, ya que lo central sigue siendo el diálogo y la comprensión compartida.
Aplicaciones clínicas y recomendaciones prácticas
Este enfoque tiene aplicaciones muy amplias, ya que se adapta a distintas problemáticas. Resulta especialmente útil en procesos de trauma, ansiedad, depresión y conflictos vinculares, porque permite integrar experiencias difíciles dentro de una historia personal más comprensible. De la psicología constructivista pueden considerarse algunas claves habituales en el proceso terapéutico:
1. Revisar las propias narrativas
Observar cómo se cuenta la propia historia ayuda a detectar repeticiones, juicios rígidos y conclusiones que ya no se cuestionan.
2. Identificar los significados heredados
Muchas interpretaciones se formaron en la infancia o en contextos pasados. Reconocer su origen permite decidir si hoy siguen teniendo sentido.
3. Explorar la carga emocional
No basta con entender una idea; también es importante ver qué emoción la acompaña, porque ahí se activa o se frena la acción.
4. Dar lugar a nuevas versiones
En terapia se ensayan lecturas alternativas de la experiencia, sin obligar a adoptarlas, pero dejándolas disponibles.
5. Fortalecer los vínculos
Dado que la identidad es relacional, trabajar la comunicación y la comprensión mutua suele tener efectos directos en el bienestar.
En conjunto, la psicoterapia constructivista ofrece una mirada respetuosa y activa sobre la experiencia humana. Confía en la capacidad de las personas para reorganizar sus significados y construir formas de vivir más acordes con su presente, siempre dentro de un vínculo terapéutico basado en el diálogo y la colaboración.

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